La niña que miraba al suelo – @distoppia

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Lo único en lo que Eva podía pensar era en la pequeña mancha gris de su zapato izquierdo. No había salido a jugar en los últimos dos días y, aún así, tenía sucio su mocasín. ¿Cómo era posible? ¿Cómo habría ocurrido?

— Pero cielo, nosotros vamos a quererte siempre, aunque ya no vivamos juntos. Eres nuestro tesoro más grande. Ante todo, queremos que estés bien.

¿Cómo se manchan de gris unos zapatos blancos? De barro, claro, pero ¿de qué otra cosa se mancha una los pies? Era todo muy curioso. ¿Habría sido en el supermercado? ¿Al salir de la papelería? El vestido de flores y la trenza seguían intactos. Sólo era en su zapato izquierdo.

— Puedes pasar el verano con tu padre en su casa nueva, te ha preparado una habitación preciosa sólo para ti. Cuando regreses en septiembre, todas tus amigas de la escuela te estarán esperando.

Nadie se ensucia los zapatos mientras hace los deberes. Eso era obvio. Quizá debía seguir haciendo la tarea de la maestra Kampf, para asegurarse de que todo siguiera en orden. Tenía deberes de matemáticas y esta vez no eran fáciles. Lo mejor era que se pusiera a hacerlos cuanto antes. No había tiempo que perder. Ni un solo minuto. Por suerte, tenía todo lo que necesitaba en el pasillo.

— ¡Eva! No estás prestando atención a tu madre: papá y mamá ya no se quieren y van a vivir en casas diferentes, ¿entiendes lo que digo? nos vamos a separar.

La niña salió corriendo sin decir nada, cogió su mochila y atravesó la puerta principal a toda velocidad. El portazo sonó a tragedia. A fracaso adulto. Por eso su madre, al instante, se puso su abrigo para salir en la misma dirección, pero el brazo del padre la agarró con firmeza, mientras decía «Necesita espacio, no vayas ahora».

Corría Eva y giraba muy deprisa el mundo. Todo se movía direcciones extrañas: los árboles, los coches, el horizonte. Daba vértigo mirar alrededor. Las lágrimas como cubos de agua caían por sus mejillas y sollozaba inconsolable. Llegó al parque del vecindario y se sentó a la sombra del que siempre había sido su tobogán favorito. Traía consigo más de mil tormentas en la cabeza. Toda ella era un desastre natural. Tenía que llover y llovió. Tenía que tronar y tronó. Se le agrietaba la vida bajo los pies.

Intentó en vano hacer la primera cuenta. Que estúpida, niña, nadie llora por un par de divisiones. No había estado tan triste en toda su vida. No conseguía recordar sus tablas de multiplicar y siempre había sido la mejor de la clase. Qué fracaso no poder recordar cuánto era cinco por cuatro. Sería mejor no decir nada a mamá, porque sólo era una pequeña duda, le pasa a todo el mundo. Trató de concentrarse en los números, pero no podía. ¿Qué le pasaba? ¿Qué tenía en la cabeza? Entonces lo vio claro: la maldita mancha del zapato no le dejaba pensar con claridad. Intentó limpiarla con un pañuelo que llevaba en la mochila, pero por más que apretaba y apretaba, la mancha no salía. En un momento de lucidez, se quitó los dos mocasines blancos con la rabia de mil huracanes y los lanzó tan lejos como pudo, a la vez que gritaba por dentro y gritaba también por fuera. Gritó incluso cuando ya no había nada por lo que gritar. Gritó por gritar. Y cuando, agotada, volvió a sentarse descalza, se quitó la trenza ya medio muerta de la pena. Se quedó en silencio, mirando a ningún lugar, con la mirada y la vida perdida, intentando entender qué era todo eso que sentía. Al rato, encontró con la vista sus zapatos y supo que ahora sí estarían sucios de verdad. Suspiró como suspiran los adultos y se levantó a recogerlos. Ahora sí que no habría forma de repararlos.

Sin pensarlo demasiado, se dirigió a los columpios y apenas se enteró de que no estaba sola. La niña del columpio de al lado estuvo mirándola un buen rato, hasta que al fin preguntó:

— ¿Qué tienen tus ojos, niña? ¿Quién te ha hecho llorar? ¿Lloras de risa?

Tardó un poco más de lo debido en responder: no era una pregunta fácil. Aquella niña parecía estar triste y serena al mismo tiempo. Le resultó muy fácil hablar con ella de columpio a columpio.

— No. Lloro porque tengo el zapato sucio y, bueno, un poco también porque mis padres se van a separar. ¿Tú también has llorado?

— Lloro todas las noches, cuando mi madre no me puede ver.

— Con la luz apagada, ¿verdad? Lo sé porque yo apago la mía, cuando mis padres discuten. Así parece que gritan los vecinos.

— Sí, debajo de la cama, con «mi amiga», ella me da palmaditas en la espalda y me dice que todo estará bien. Aunque, ¿te digo la verdad? Ya no la creo. ¿Qué le pasó a tu zapato?

— Se ha manchado y ya no sirve. He traído regaliz, ¿quieres la mitad?

— Qué cosas tan raras comes, yo traigo golosinas en el bolsillo, ¿quieres? Pero, oye, el zapato se limpia y listo, queda como nuevo, yo los míos los limpio con un poco de baba, prueba y verás.

— No, gracias. Y no, eso no es cierto. No, eso no es verdad. Puedo limpiarlo y que parezca limpio, pero no está sucio por fuera. Está sucio por dentro. Ya no quiero llevar estos estúpidos mocasines blancos, ni esta trenza de niña de papá. ¿Vienes aquí cuando estás triste?

— Todo el tiempo, ¿escuchas la música que hacen los columpios? El día que quieras puedes venir, siempre estoy aquí y, si quieres, puedes quitarte esos zapatos y andar descalza, mira, no pasa nada.

— ¿Quieres escuchar los columpios en silencio conmigo?

Sacó de su mochila algo más de regaliz y se balanceó durante un buen rato. Se miraba los zapatos, sucios ya por todas partes, al tiempo que escuchaba el chirrido de las cadenas. Y pensaba, pensaba mucho, pensaba en muchas cosas. En las tardes de paseo por el boulevard, comiendo helado de galleta, mientras sus padres hablaban de películas. Recordó ir al cine en su cumpleaños y celebrarlo en casa de su abuela con un pastel muy feo que le hizo la vecina. Se acordó entonces de la playa de Valencia, de las canciones en el coche, de las noches de pizza, de las mañanas saltando en la cama, de todas las fotos de su habitación, del álbum de bodas donde su madre salía con el vestido más bonito que jamás había visto, se acordó de los desayunos de los domingos, de las peleas de abrazos. Lloraba sin querer, ¿quién no lloraría al pensar que nada de eso volvería a suceder? Se balanceaba y escuchaba de fondo al columpio chirriar. De repente, la otra niña dijo:

— ¿Sabes? Ahora me tengo que ir, mi madre llegará con hambre y no le he preparado nada, ¿te veré mañana?

— Claro, nos veremos mañana. Pero, espera, antes de irte, dime, ¿entonces la vida ya va a ser siempre así?

La niña triste se levantó y, mientras se marchaba, miró a Eva y se encogió de hombros como si respondiera por toda la humanidad.

 

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