La niña de los ojos rojos – @CarlosAymi

Carlos Aymí @CarlosAymi, krakens y sirenas, Perspectivas

La Niña de los Ojos Rojos entra a la sala con un chándal amarillo, zapatos de charol blanquinegros y su corona de papiroflexia, hecha de cartulina azul, ceñida por última vez. No llegará a cumplir trece años. Ordena a Pepe el Bufón que se lama sus propios pies. A Juan el Vago le exige que vaya hasta el rincón a comprobar que la guillotina está lista. Al resto, que dejemos de mirarla con devoción y pena, que desclavemos las rodillas del suelo. Al levantarnos nos prohíbe llorar, si uno solo de nosotros lo hace, asegura que antes de su marcha nos castigará a todos. La creemos, vaya si creemos a nuestra reina.

Somos diez, quedamos nueve súbditos y ella. Los móviles están apagados en la bandeja de oro que se apoya en la repisa. Las ceremonias van a dar comienzo, todo será rápido y sencillo. Primero hay que celebrar el sorteo del nuevo rey para el próximo año. Luego, asistir a la capitulación del viejo, en este caso de la vieja. La reina está serena, incluso la veo sonreír. Recuerdo el día de su coronación.

—La caja —dijo nuestro rey fundador—, ha llegado la hora de abdicar.

Ocurrió hace justo un año y éramos once (me pregunto qué será de nosotros en unas pocas abdicaciones si no aceptamos nuevos candidatos). Solo el rey conoce el pasado de todos los miembros del club. El Fundador dejó, además de su fortuna, nuestro expediente como herencia al sucesor. Si fuese elegido, lo primero que haría sería saciar mi curiosidad con ella. Saber cómo llegó a nosotros, de dónde su prodigiosa tristeza. Ha sido una buena reina. Caprichosa, eso sí, como todos los niños, supongo.

—No olvidéis nunca que la vida es un juego —dijo el Fundador sacando la papeleta de la caja.

Luego, tras mirar el nombre pero sin decirlo, se encaminó tranquilo a la guillotina, una pieza de época que había comprado en una subasta, introdujo la cabeza y las manos en los cepos y ordenó a Sergio el Verdugo que accionara el mecanismo. ZAS. Su cabeza rodó hasta la cesta, su mano se abrió, en la papeleta pudimos leer: La Niña de los Ojos Rojos.

—Si la vida es un juego —dijo nuestra reina ciñéndose por primera vez la corona azul de papiroflexia—, juguemos mucho.

Y durante un año ha jugado con todos nosotros ejerciendo el poder absoluto que le otorgan las Reglas. El Fundador nos había reclutado en diversas cloacas, supongo que solo así pudimos aceptar en un principio formar parte del club, pero a pesar de sus caprichos, perversiones y exigencias, nos permitió vivir en nuestras zonas de confort. La reina, en cambio, nos ha obligado a salir a la superficie, ha hecho estallar esas zonas.

Forzó a Crescencio el Feo hasta convertirlo en todo un seductor, a Lucas el Paralítico le exigió abandonar su autocompasión, hizo de Juan el Psicópata un filántropo, que Alejandro el Gordo adelgazara y que Marcos el Tísico acabase con sobrepeso… Pero pronto se cansó de su faceta, digamos benefactora, y subió la apuesta. Ordenó matrimonios, divorcios, un embarazo y un aborto, infidelidades, confesar verdades repugnantes a nuestras familias y parejas que nos hizo perder a unas y a otras. Los últimos meses se volvieron todavía más extraños y terribles, mezclaba magnanimidad absoluta con las más altas cotas de indecencia, impropias para cualquier persona, pero mucho más para una niña. Esos ojos siempre enrojecidos deben guardar un secreto fascinante.

—La caja —nos dice la reina—.

Si soy elegido tendré un año por delante de poder absoluto sobre nueve vidas. La Niña de los Ojos Rojos ya tiene la papeleta, la abre, la mira por un segundo y la vuelve a encerrar en su mano. Nos observa a todos, uno a uno, creo que a mí, a Carlos el Pusilánime, un poco más. Se dirige orgullosa a la guillotina, en paz y me atrevo a pensar que alegre. Mete la cabeza y las manos en los cepos. Con un gesto inequívoco ordena al verdugo que cumpla la ley. ¡Zas!

El pequeño puño que guarda la papeleta se abre.

 

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