La muerte de Luis XIV – @relojbarro

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Otro año más, otro 1 de septiembre en el que se cumple un año más de la muerte de nuestro Rey Luis XIV y, por qué no decirlo, en parte, otro año más de mi propia muerte.

Nunca olvidaré aquel día a media mañana, en el que un carruaje majestuoso se paró delante de mi puesto de pan en la calle y se me hizo subir a él. Tampoco olvidaré el pánico que se apoderó de mí cuando el mismísimo Rey de Francia me habló a solas dentro de ese carruaje, mientras yo no podía parar de mirarlo, con descarado estupor, pese a saber que no era merecedor de tamaño privilegio. Debo decir en mi defensa que nunca antes un espejo me había devuelto mi rostro de forma tan precisa.

Según me explicó durante el paseo en carruaje, una persona de su total confianza había encontrado de forma casual a un panadero con un físico prácticamente idéntico, aunque varios años más joven, y desde hacía semanas me habían estado observando hasta provocar aquella reunión. Según me dijo, durante días pasó disfrazado mirando cómo trabajaba en mi modesta panadería, cómo amasaba, horneaba y vendía mis panes y pasteles esponjosos los cuales, según me dijo, había llegado incluso a probar y eran, cito textualmente, «Comestible si nunca has probado otro pan». Lo que más llamó la atención a su majestad fue que pese a la dureza y precariedad de mi vida, cada día sonreía y bromeaba, a lo que expliqué que yo adoraba mi trabajo y disfrutaba viendo a la gente comer mi pan.

Mi sorpresa aumentó cuando supe el motivo de aquel encuentro. A partir de ese momento, todo el pan que fuera capaz de hornear se me compraría al triple de su precio y, a cambio, debería ocupar el puesto del rey todos los días que se me solicitara.
Así fue cómo empecé a pasar días enteros en palacio, cómo me enteré de que existían 7 planetas, cómo aprendí a leer y reír con Molière, cómo nos reímos de Rigaud mientras pintaba nuestro retrato, mirándonos cada día más extrañado, retocando las arrugas a diario, cómo enseñé mi oficio al monarca e incluso cómo los nobles se disputaban el honor de acompañarme con velas hasta mis aposentos. Poco a poco empecé a pasar más días en palacio y mi rey más tiempo en mi casa. He podido disfrutar de manjares soñados, pasear por Versalles, oír el sonido de un piano, yacer con bellísimas cortesanas, pero, como no, todo sueño llega a su final.

He pasado los últimos años de mi vida rememorando los placeres, lujos y artes de Versalles, echando de menos las intrigas de palacio, la política, los tratados, firmando cartas, discutiendo estrategias de guerras abiertas, atendiendo nobles temerosos, despreciando clérigos, solucionando problemas de estado y demás cuestiones en las que me vi inmerso cada vez con mayor asiduidad, mientras nuestro temido Rey Sol se veía, curiosamente, más feliz cuanto más tiempo pasaba fuera de Versalles, y debo decir que para mí fue una persona mucho más amable de lo que difamaron.

Y en esta fría mañana, 1 de septiembre, no deja de sacarme una sonrisa irónica el comentario de un viejo amigo, el cual me dice, supuestamente para animarme, lo feliz que se me veía a veces amasando el pan y haciendo bollos de formas raras pero que, desde que reina Luis XV, el pan me vuelve a salir pésimo.

 

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