La muerte de Luis XIV – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

No puedo moverme. Mis manos están atadas al respaldo de una silla que me resulta muy incómoda. Al igual que mis pies.
La cabeza me da vueltas y siento un dolor intenso en el estómago que apenas me deja respirar. No veo nada, algo tupido impide mi visión, y una música de piano llega a mis oídos. Reconozco la canción, Ancora de Ludovico Einaudi. Las manos que dan vida a la melodía acarician el piano con delicadeza, enamorando a cada nota. Me centro en silenciar la música en mi cabeza para percibir algún sonido más que me permita situarme. El viento golpea los cristales con la firmeza justa para no pasar desapercibido, pero con la sutileza necesaria para no resultar molesto. Dentro, el crepitar de llamas me hace comprender que varias velas decoran, e iluminan, la estancia cerrada en la que me encuentro.
Descalzo mis pies lentamente para no alertar al pianista, aún no sé si es mi guardián o mi carcelero, y el frío del suelo me indica que es mármol. Apenas puedo mover mis manos, pero las yemas de mis dedos buscan lo que las mantiene prisioneras y logro distinguir una cuerda gruesa de materiales suaves trenzados entre sí y acabadas en un nudo que evita que se separen. Debe ser preciosa y no puedo evitar imaginarla de un color rojo intenso. Mi favorito.

No sé cómo he llegado aquí. Lo último que recuerdo es que tomaba una copa en un bar de la quinta avenida y un chico de impresionantes ojos marrones se sentaba a mi lado con la excusa de no estar solos. Adoro la soledad, pero el modo en que apretaba su barbilla al hablar lo hacía irresistible. Y así pasaron las horas, hablando, hasta que sus labios encontraron los míos a la salida del bar.
Y después de eso, nada.

La música ha parado y escucho unos pasos firmes, pero livianos, caminando hacia mí. No tengo miedo. Es extraño, debería tenerlo… Pero el olor a colonia masculina que percibo cada vez más cerca me tranquiliza.
Sus pasos se detienen al situarse frente a mí y con sus manos musicales desata la venda que me tapa los ojos, dejándola caer. La observo, es maravillosa la danza hechizante del trozo de seda con el aire, y la negrura de su tela contrasta con el blanco del mármol que heló mis pies.

– Bienvenida, mademoiselle. Por fin despiertas.

Tras sus palabras, fijo mi mirada en él y reconozco enseguida al chico del bar. Sonríe tímidamente, mientras sus manos buscan en los bolsillos de su chaqueta un pañuelo con el que limpiar la sangre de mis labios y, mientras lo hace, mis ojos se fijan en su extraña vestimenta. Luce una chaqueta azul con unos bordados en un tono un poco más oscuro y sus botones dorados llegan hasta el cuello. Por las mangas de su entallada chaqueta sobresalen unos puños de encaje delicado de color blanco y lo que creo son unas medias blancas culminan en unos zapatos, también azules, con una joya engarzada y acabados en punta. Me llama la atención el tacón de color rojo de los mismos y no porque no los necesite debido a su altura, sino porque tiene figuras grabadas en ellos.

– Mi bella dama, voy a liberar sus manos y pedirle que me acompañe a la mesa. Es hora de comer.

Me libera con la misma delicadeza con la que tocaba el piano y me ayuda a ponerme en pie ofreciéndome su mano al caminar. La acepto. Al pasar frente a un enorme espejo me detengo sobresaltada ante mi reflejo. Llevo un vestido azul con bordados en plata que combina a la perfección con su chaqueta. Mi cuello desnudo parece más largo gracias al complicado recogido que alguien ha hecho con mi pelo; mi cara luce más blanca de lo habitual, gracias a algún maquillaje, y mis mejillas están sonrosadas por la misma razón. Es curioso que ahora que el miedo empieza a aparecer yo me quede mirando cómo palpita mi pecho bajo mis senos exuberantes debido al corsé que ciñe mi torso. Con un ligero tirón de mi mano nos aleja del espejo y llegamos a la mesa donde nos esperan frutas, carne en abundancia y varias botellas de vino. Estoy hambrienta y no dudo en aceptar su comida.

– Con calma, amor. Usa los cubiertos.

No sé cuántos días han pasado desde la noche en el bar. Tengo demasiado apetito para que fuese ayer, pero le obedezco y cojo los cubiertos para seguir comiendo. No me atrevo a preguntarle nada, estoy confundida y solo tengo claro que ese no es mi lugar.

Por fin, tras comer, empieza a hablar y lo hace utilizando palabras que ya nadie usa y con una maravillosa entonación de voz. De sus labios escucho que lleva varias vidas buscando mi alma en otros cuerpos y que por fin me ha encontrado y tiemblo paralizada y aterrorizada con cada palabra. Sé quién es, lo he visto en la prensa. Debe ser él, el culpable de la muerte de esas 9 chicas que han aparecido en Nueva York estos últimos días. Sí, ahora todo encaja. Ellas aparecían en un parque, rodeadas de flores y con un vestido similar al que luzco yo ahora mismo. En sus manos tenían un pergamino en delicado papel, sellado con cera roja y un símbolo que nadie conocía, en el que alguien había escrito con tinta azul y una envidiable caligrafía cuatro palabras: «Te encontraré, amada mía».

Sigue hablando sobre quién se supone que soy yo, su amada. Alaba mis encantos y dice reconocerme en mis gestos y, mientras continúa relatando nuestra pasada vida en común, yo busco disimuladamente algún modo para salir de aquí. Las ventanas están cerradas y, por la lejanía de las copas de los árboles bajo ellas, deduzco que la caída me mataría y creo que él me atraparía antes de alcanzar la puerta. Debo mantener la calma, quizá la sangre fría sea lo único que me salve.

De repente, dejo de escuchar su voz. Mientras buscaba cómo escapar, él se ha levantado sin que yo me diera cuenta y se ha colocado frente a mí. Me mira fijamente, mientras su mano derecha parece esperar la mía y me percato de que suena música y entonces entiendo que su mano extendida es un ofrecimiento para empezar a bailar. Acepto y, al levantarme, escondo bajo mi manga el cuchillo con el que hasta hace unos minutos cortaba la carne.
Me dejo llevar, aunque nunca se me ha dado bien bailar, por sus pasos siguiendo la música por toda la habitación. No deja de decirme cuánto me ama y lo doloroso que ha sido para él creer encontrarme tantas veces y darse cuenta de su error. Le escucho y sonrío, intentando que mi sonrisa haga que no sé de cuenta del miedo en mis ojos y del temblor de mi cuerpo.

Conozco el adagio que bailamos y por eso sé que va a terminar. Dispongo de poco tiempo y deslizo el cuchillo hasta mi mano con cuidado para que no se caiga al suelo. Le miro, finjo escucharle, y aproximo mis labios a los suyos para hacerle creer que quiero besarle. El calor de sus labios hace arder de rabia los míos, es el momento. Con movimientos precisos apuñalo su espalda en tres ocasiones, provocando que me suelte y se aparte de mí sorprendido, buscando con sus ojos una explicación en los míos. Me quedo inmóvil mientras su cuerpo se tambalea y, como si fuera un acto reflejo, le empujo esperando que se caiga. Sale despedido hacia donde se encuentras las velas y, estas, al contacto con su ropa, hacen que empiece a arder. Me alejo de su cuerpo en llamas en dirección a la puerta y huyo buscando ayuda sin saber siquiera dónde está este maldito lugar.
Bajo corriendo por una larga escalera sin pararme a mirar atrás y escuchando los gritos a mi espalda. Abro las puertas de la mansión y salgo justo en el momento exacto en que una bola de fuego salta por una ventana, haciendo añicos todos sus cristales. Cae a escasos centímetros de mí y su cuerpo calcinado me hace pensar en la clase de historia en la que nos explicaron la muerte de Luis XIV. Parece una ironía, pero imagino que el cuerpo gangrenado del monarca tras su muerte debía tener un aspecto muy similar al que ahora mismo humea frente a mí.

Me alejo, sin dejar de percibir el olor a carne quemada de su cuerpo, caminando sin rumbo hasta llegar a una carretera en la que me siento en el suelo, agotada y confundida, esperando a que alguien acuda pronto en mi ayuda. Quiero volver a casa, quiero sentirme protegida lejos de esta pesadilla.

 

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