La misma piedra – @Macon_inMotion

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El camino estaba flanqueado por altos pinos y se encontraba totalmente embarrado. Una mujer joven corría como alma que llevaba el diablo. Sus converse rojas salpicaban barro y agua sucia en todas direcciones con cada zancada. Jadeaba. Podría parecer que huía, podría parecer que corría sin sentido. Nada más lejos de la realidad, tenía la mirada fija en un vehículo con las puertas abiertas que había aparcado de cualquier manera a unos pocos cientos de metros. Ella aún no lo oía, pero dentro del coche sonaba un teléfono móvil.

El verde frío de los pinos se desdibujaba con cada respiración acelerada, con cada exhalación de vaho. Tan sólo unos pasos más…

La mujer se avalanzó sobre el teléfono a tiempo para descolgar.

-¡Sí!- respondió entre jadeos.

-Tú no eres Trevor.- una voz grave al otro extremo de la línea.

-No cuelgues, por favor. Yo puedo terminar el trabajo. – volvió a decir ella. -Sólo dime a dónde ir. ¡Dímelo, bastardo!

-…

La mujer miraba atónita el móvil. Le habían colgado. Exhaló con rabia un profundo «no» tirando el teléfono lejos, entre la arboleda. Lás lágrimas empezaban a quemarle en las mejillas, dibujando surcos en su cara, manchada de barro. De repente estaba desamparada. Se quedó inmóvil, Trevor estaba muerto con casi total seguridad. Algo le había forzado a abandonar el coche precipitadamente… de ser así ella estaba también en peligro. Miró al cielo gris metálico que no presagiaba nada bueno y eso sumado a las pocas horas de luz que quedaban por delante, convertía su situación en precaria. Tenía que moverse. Se pasó la manga de la cazadora vaquera por la cara para secarse las lágrimas y fue hacia el coche, directa al maletero. Lo abrió. Allí estaba aún la mercancía.

De pronto, gritos. Reverberaban por todo el bosque, parecían venir de todas direcciones, a ambos lados del sendero de barro. Con un rápido movimiento, la mujer se echó la mano a la parte trasera del pantalón y empuñó una pistola. Apuntaba histérica en todas direcciones hasta que vio una sombra acercarse entre los densos pinos. Estaba a punto de apretar el gatillo cuando reconoció a Trevor. Se quedó helada. Tenía un aspecto lamentable, lleno de sangre por todas partes y con la camisa destrozada. Pero aún así, seguía corriendo hacia el coche, hacia ella. Ni siquiera estaba segura de que él la había visto.

Trevor se encogió a mitad de carrera, un disparo había arrancado la corteza de un árbol a escasos centímetros de él. Le estaban disparando. La mujer se parapetó detrás de la puerta del conductor, que seguía abierta, para tratar de ver algo. Fuera quién fuese, le iba a llenar de plomo. Trevor estaba casi en la linde del camino, saliendo del bosque. La mujer pudo ver quién le había disparado, hizo fuego y le derribó. La sonrisa que se dibujó en su cara al ver caer al perseguidor de Trevor le duró poco en la cara. Al menos veinte personas corrían tras él. No había nada que hacer.

A escasos metros de ella, Trevor se desplomaba intentando infructuosamente alcanzarla con la mano, víctima de una enorme ráfaga de disparos. Ella dio media vuelta y se metió en el coche, giró la llave de contacto y arrancó, dejando atrás a aquella turba furibunda y el cadáver de su marido.

[…]

La mujer fumaba en la cima de una de las montañas mientras miraba el ocaso. El coche en marcha con el motor susurrante, con las luces encendidas,  detrás de ella y un montón de fardos de cocaína a sus pies. El viento la despeinaba constantemente y tenía que apartárselo de la cara. Le dio una última calada al cigarro antes de apagarlo. Se palpó la cazadora vaquera hasta dar con una navaja. La abrió y metódicamente fue rajando, uno por uno, todos los fardos de cocaína. También uno por uno, fue levantándolos con ambas manos para que el viento los esparciera. La venganza solo acababa de empezar. Ella nunca, en su puta vida, había tropezado dos veces con la misma piedra.

 

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