La librería del mar – @LaBernhardt

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Viña del Mar tiene nombre de festival casposo y huele a ciudad de plástico, a autobuses llenos de turistas, a menú pactado y a Pisco Sour instantaneo.
Galo no lo sabía cuando, una tarde de marzo, la línea Santiago de Chile- Viña del Mar lo dejó en la estación de buses. No tenía nada, y nada ya es tener demasiado, recordó que decía su padre. Bueno, tenía una maleta con una muda y un cepillo de dientes.
Cuando bajó del bus vestía un traje gris. Se lo hizo en una sastrería de la Avenida Independencia hacía varios años
—Una gran adquisición, caballero, porque este sastre nunca pasará de moda— le dijo el muchacho que le tomó las medidas.
Esa noche decidió gastarse parte de los pesos en una cena en condiciones y en encontrar un hostal barato. Lo de las sábanas limpias, ni lo soñó.
Sí soñó, sin embargo, que su llegada al pueblo costero le daría una, cien, mil oportunidades.
La mañana de ese diciembre se despertó lleno de calor y de optimismo.
Se aseó y empezó a buscar laburo, —¿Y qué sabe hacer?
—Lo que usted me enseñe.
26 veces lo repitió en la mañana y 12 más por la tarde.
Y por no volver a contar lo mismo, valga hacer una multiplicación sencilla: lo mismo del primer día por 30 es igual a seguir en paro.
Se le acababan las ideas y los pesos pero mantenía impecable el sastre color gris.
Un día, Zorita, la del hostal, le vino con que ya no podía darle más chance.
Antes de dejar su cuadra, Zorita le regaló una cámara de fotos, es bien buena, que se la dejó un español hace tiempo y nadie la reclamó, y claro que la usaría, agradecido, que le vaya bueno, y a usted también.
Sentado en el mirador, a media mañana, se vio arrollado por una multitud de turistas, oh, El Pacífico, qué belleza, ponte, ponte que te saque una foto.
Una foto, pensó, y empezó a maquinar: alguien que revele las fotos, a gran velocidad, alguien que me cuente el itinerario de ese grupo… si yo pudiera vender esas fotos…
Tardó mucho en encontrar buena gente que quisiera echarle una mano a cambio de nada pero la encontró justo cuando llegaba julio y ni el frío espantaba a los turistas.
Se camuflaba entre la multitud y disparaba a la recién casada que posaba mirando el océano, a las amigas con cara de resaca, a la pareja recién inaugurada en un hotel de Santiago… todos tenían su fotógrafo particular, sí, pero él también atrapaba esas sonrisas.
Luego, los seguía hasta el restaurante en donde comerían el menú pactado con la agencia de viajes. Y él, corría a la tienda de revelado y dejaba el carrete. En una hora ya estaba de regreso y, fotos en mano, esperaba paciente la salida de los turistas. Cada poco, se abría la puerta del local y él, tan educado, mostraba la foto a cada uno de los protagonistas.
A veces, alguno le compraba las fotos, la mayoría, lo ignoraban.
Un día, un turista holandés se paró a ver su foto:
—No me quedan pesos pero tengo un libro, tal vez pase usted muchos ratos esperando, ¿me lo aceptaría?
—Agradecido, señor.
Era “El Barón rampante”, de Italo Calvino y se lo leyó en menos de una semana.
Pasó algo curioso: comenzó a recibir libros de otros turistas. A veces, revistas. Otras, una bufanda, unos guantes, un abanico… libros, pensaba Galo, déjenme libros que ya veremos qué cenamos.
5 años dan para mucho frío, mucho calor, unas gafas de pasta esportilladas, coderas en el sastre, sonrisa cansada y una pila de libros que crecía cada vez más.
Superando su pudor, comenzó a pedir un libro por una foto, y si pudiera ser, señor, ¿tendría usted la bondad de escribir en dónde lo adquirió? De dónde venía el libro y cuándo fue leído, eso también le escribían.
Dejó de ser un incordio, alguien de quien evitar la mirada y se convirtió en leyenda urbana: si vas a Viña del Mar, déjale un libro al de las fotos.
Un día, un periodista de un canal de viajes lo entrevistó.
Galo había conseguido una pequeña furgoneta, a orillas del Pacífico. Allí tenía miles de libros, de todo el mundo, en todos los idiomas.
—¿Y qué hace con todos estos libros, Galo?
—Cuido de los viajes de sus dueños.
Si alguna vez vais por allí, dadle un abrazo a Galo y buscad el libro que dejé; se titula “Te regalo un cuento”.

A él le llaman El fotógrafo de los libros y a su furgoneta, La librería del mar.

 

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