La inocencia – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

La había acechado durante un buen rato antes de atreverse a acercarse a ella. Estaba sentada en un banco en mitad del parque y la tenue luz amarillenta de la farola la hacía parecer un pequeño ángel. Tenía el pelo rubio peinado en cuidadosos bucles sujetos a ambos lados de la cabeza por dos grandes lazos blancos. El vestido era un cursi despliegue de volantes y puntillas rosas, como el de una de esas pastorcitas románticas más parecidas a princesas de los cuadros europeos que se exponían en el Museo Metropolitano de Arte. Sobre sus rodillas, un largo cayado decorado con un enorme lazo del mismo color completaba el vestuario. Al estar de espaldas no podía verle los ojos, pero se le antojaban grandes e inocentes, del color del cielo sobre las praderas de Wyoming en las que se había criado. Ese cielo que ahora era inundado por la tormenta de las lágrimas mientras los hombros convulsionaban al ritmo del llanto.
La bolsa con el generoso botín del “Truco o trato” se encontraba olvidada y abierta en el suelo con algunas chocolatinas pugnando por escapar. Imaginaba que se había perdido de la mano de sus hermanos mayores en el caos de Halloween (seguramente adolescentes irresponsables más preocupados por tomarse una cerveza furtiva al amparo de la oscuridad que por vigilar a su molesta hermana pequeña). Pronto el parque se iluminaría con la luz de los focos y se llenaría de gritos angustiados de familiares y vecinos llamándola por su nombre al darse cuenta de su desaparición.
Miró una vez más a su alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca que pudiera frustrar su plan y salió de detrás del arbusto relamiéndose con anticipación al imaginar su infantil cuerpo desnudo, el olor a colonia de su pelo, la calidez y la tersura de su piel, la vida extinguiéndose en esos inocentes ojos llenos de terror…
—Hola, pequeña —le dijo con dulzura poniendo una mano sobre su hombro—. ¿Te has perdido?
“La Inocencia”, de autor desconocido, sólo llevaba 24 horas expuesta en el Met y ya había supuesto todo un récord de visitas. “Nada como una leyenda negra para animar al americano medio a visitar un museo” pensaba Thomas P. Campbell, director del Metropolitano, mientras daba su paseo matutino por las salas vacías. El arte solía interesarles muy poco, pero si añades una supuesta historia de violencia, fantasmas y cadáveres, asistirán en masa a donde sea.
El cuadro, perdido durante décadas, había sido donado al Met por un benefactor anónimo y, dada su oscura fama (y una inteligente campaña publicitaria basada en esta), se había convertido en un éxito rotundo desde el primer minuto.
Se decía que era una representación bucólica e inocente de una jovencísima Erzsébeth Báthory y que el autor, al parecer un antiguo amante, aunque no estaba probado, había encerrado su alma mediante la magia negra para poder mantenerla joven y pura a su lado incluso después de muerta. Se cuenta también que, cuando se extendió el rumor, una turba enfurecida asaltó el castillo donde éste se escondía con su obra y le quemaron vivo, pero que, cuando trataron de destruir el cuadro, la pintura había desaparecido.
“Absurdo, estúpido y maravilloso morbo” pensaba al abrir la puerta de la sala donde se encontraba el cuadro, encendía la luz y… vomitaba violentamente en el suelo para después salir corriendo al grito de “¡Policía, socorro, que alguien me ayude!”
“La Inocencia” medía un metro sesenta de alto por uno veinte de ancho y representaba a una niña alrededor de los siete años vestida de pastorcita. El kit completo: Bucles dorados, enormes ojos azules, lacitos, volantes, zapatitos completamente desaconsejados para la vida en el campo, enaguas, cayado y, para dejarnos totalmente claro que era una pastora, aunque no lo pareciera, una oveja adorable a su lado más parecida a una algodonosa nube que a una auténtica oveja.
Bajo ella, el cuerpo abierto en canal de un hombre de unos treinta y pico. Sus intestinos se desperdigaban por todo el suelo como una blanda alfombra roja. Los brazos, clavados en la pared abiertos en cruz, brindaban una macabra bienvenida a los visitantes y la cabeza, separada del tronco, se encontraba clavada en su cuello en lo que, a todas luces, era un cayado blanco con un enorme lazo rosa.

 

Visita el perfil de @Moab__