La huida – @relojbarro

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Han pasado veinte años, prácticamente media parte de mi vida, desde que entre muchas almas más o menos atractivas, más o menos interesantes e intensas, me fijé en una que destacaba especialmente del resto de una forma que, más que verla, la sentía. Un tímido acercamiento no pareció impactarle lo más mínimo; las circunstancias, la juventud e impaciencia y, porqué no reconocerlo, el orgullo, me hizo creer que me equivoqué con ella y sí, me equivoqué y mucho, pero al alejarme.

Tiempo después varias circunstancias nos volvieron a reunir, cada uno con su vida encarrilada, a priori, pero el azar nos ofreció una nueva oportunidad y, ahí sí, nos agarramos a ella. Bajo la tranquilidad del respeto mutuo, el amparo de la fluidez y algo que aún no entendíamos, conectamos. No nos paramos a pensar, sólo a vivir el tiempo juntos como un regalo. Las conversaciones empezaban con una ironía por mi parte, una provocación o cualquier excusa y acababan en filosofía, o empezaban hablando de literatura y acababan teniendo que irnos uno de los dos porque solo mirarnos llorábamos de risa.

Los años pasan, los problemas, los busques o no, van y vienen, las risas vienen y van y yo voy, y ella viene, porque no nos buscamos, nos encontramos. A la fluidez y complicidad hemos sumado años de risas, lágrimas, alguna discusión, lealtad, respeto y admiración.

Nací sin héroes en los que fijarme, a los que admirar o imitar, crecí solo, pero hace veinte años que no me siento solo. No soy tan mayor ni maduro como para sentirme mínimamente sabio, pero sí sé percibir la belleza que subyace en contadas personas y a por ésas, voy directo, gracias a eso, ella forma parte de mi vida hoy.

A veces las rutilantes luces con las que nos quieren cegar, la belleza artificial que nos intentan vender, los ruidos con los que quieren callarnos y dejarnos sordos, los injustamente ínclitos cantantes, escritores, cineastas y demás productos faltos de talento real con los que nos quieren contaminar, las personas huecas, rémoras, la indiferencia, la falta de compromiso incluso yo mismo con mis defectos viejos, adquiridos y nuevos, mis miedos, mi decadencia, todo eso, a veces, no me permite encontrar una sombra suficientemente oscura ni un silencio suficientemente sepulcral al que poder huir de todos, de mí; ahí llega entonces ella, cuando me levanto una mañana con un peso que me hace encoger un poco los hombros, a media tarde aparece su llamada, y no sé cómo lo sabe pero lo sabe, sabe que la necesito.

No sé si tengo derecho o conocimientos suficientes para explicar qué es la amistad, pero de una profunda conexión emocional sí puedo hablar.

Han pasado veinte años tras los cuales casi ninguna verdad es absoluta, tras los cuales me cuido mucho de usar palabras como «siempre» o «nunca», pero tras los cuales sí puedo decir algo con total seguridad: la próxima vez que la vea me encontraré a mí mismo en su abrazo y el reloj correrá más rápido, la próxima vez que la vea lo haré con la ilusión de saber que ella para mí no es una ilusión, es real, tanto, que me conecta hasta conmigo mismo.

 

Dedicado a P.L.A., mi hogar, refugio y rincón favorito.

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