La deuda heredada – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Despierta aquella tarde con la terrible certeza de que todas las decisiones que él ha tomado, en realidad no las ha tomado él. El Sol ya no golpea contra el cristal de la ventana de la habitación y las motas de polvo bailan ahora invisibles, protegidas por las sombras. Durante unos instantes permanece sentado al borde de la cama, mirando alternativamente al suelo y a la frontera entre la ciudad y el cielo. Hay cierto desconcierto en este despertar lleno de certeza, un desconcierto que se plasma en la falta de tristeza y de rabia que él considera sentimientos necesarios para la ocasión. No está afligido por descubrir esa vida en la que los elementos externos han tenido más protagonismo que él mismo, no está enfadado tras darse cuenta de que su existencia es el producto de dejarse llevar por las distintas corrientes que le han ido azotando y eso es lo que le trastoca, más que la verdad en sí. Y también está diluido frente a la lucidez que le proporciona la certeza. La evidencia es la conclusión final a algo que siempre ha estado allí y que ahora se materializa en este despertar clarividente y en la seguridad absoluta que se abre por partida doble: en primer lugar no quiere continuar así y, en segundo lugar, no sabe ni por dónde empezar. Apremiado por el tiempo, se calza los zapatos que reposan al lado de la cama, se levanta, se estira, se pone el reloj en la muñeca izquierda, comprueba que la batería del móvil esté casi cargada del todo, va al retrete y mea, se lava manos y cara, va a la cocina y enciende la cafetera eléctrica. Apoyado en el mármol de colores oscuros, la certidumbre revolotea a su alrededor como una mosca cojonera, de aquellas que no se irán por mucho que la espantes y que trae consigo el anuncio de un nuevo verano. Toma el café acompañado por un cigarrillo de liar en la galería, dejando que la vista se pasee entre la calle sin apenas movimientos y el horizonte cortado por la línea irregular de los rascacielos. Así pues, se dice sin decirlo, ese es el quid de la cuestión, la raíz del árbol, la médula espinal del pasado y del porvenir: siempre ha estado esperando a que sus decisiones se determinaran por el curso de los acontecimientos en lugar de que el curso de los acontecimientos se determinara por sus decisiones. Y como resultado, claro, su vida no es suya. Cuando termina el café (como en la mayoría de veces los últimos sorbos son fríos y desagradables) y el cigarrillo (como en la mayoría de veces las últimas caladas son resecas y desapacibles), pone la taza en el lavaplatos, se viste la cazadora, prepara la bandolera y tras coger las llaves, sale de casa.

A pesar de que sus pasos, ligeros y estirados, parecen llevarle a alguna parte, la sensación que experimenta es que no van a ningún sitio. Desde el momento de abrir los ojos, hace unos minutos, hasta ahora, nada de lo hecho responde a nada dado por hecho. Esta, piensa sin separar la vista de la acera con baldosas de líneas ondulantes, debe de ser la evocación del vacío. Sortea unas cacas de perro y cruza la calle por el paso de peatones casi incoloro siguiendo un camino automático y encuentra en ese aspecto de su trayecto una analogía, una metáfora, nada desdeñable: eso es lo que él hace, avanzar con el piloto automático hasta un destino predispuesto y limitándose a estar alerta para poder sortear la mierda y así evitar ensuciarse o por si encuentra una moneda o un trébol de cuatro hojas. Su vida es eso, él es eso, un algo prestado en las decisiones de los demás, empezando, claro, por los más allegados y estableciendo luego unos círculos concéntricos cada vez más amplios y cada vez más difuminados. Y sigue rondando por su cabeza decorada con piel y pelo cada día más escaso la convicción de que debería sentirse afligido o enojado y no puede determinar cómo es que no lo está. Eso, casi o seguro, es un complemento más del vacío por el que transita. Su vida no es suya, por lo tanto sus emociones tampoco.

Lo que tiene que hacer, sin lugar a dudas o con lugar a dudas pequeñas, es empezar a tomar decisiones, se dice en su interior mientras baja de la acera para dejar pasar a una estresada madre con un estresado carrito de bebé. Comenzar a tomar las riendas de su vida y marcar la dirección de hacia dónde o hacia qué o hacia quién si no es todo lo mismo, debería ir. Pero claro, no sabe la forma. Vuelve a él el desconocimiento absoluto de cómo decidir si nunca, nadie, le ha enseñado a decidir por sí solo. ¡Qué tristeza!, grita sin ruido, pero la tristeza no aparece. ¡Es indignante! Vocifera sin voz, pero la indignación sigue sin hacer acto de presencia. Llega a la calle principal, paralela al mar. El azul infinito, hoy algo removido por un viento del sur de aroma salado y temperatura plácida, le lleva a la imagen de él mismo como una barca pequeña, firme y resistente, que se encuentra en medio de un océano inmenso. La barca, rodeada nada más que por horizontes, no sabe cómo ha llegado allí. O sí, sí lo sabe: alguien, la marea o aquellos círculos concéntricos formados por las piedras que lanzaron otros, la han ido empujando y la barca estaba contenta porque avanzaba y miraba los peces y las nubes y las nubes en forma de pez. Sin embargo, en un momento dado, la barca se ha detenido y ahora, sin saber remar, sin islas cercanas a las que navegar, permanece quieta, en una calma exasperante.

Al pasar por un escaparate, su reflejo translúcido se queda quieto mientras él continúa avanzando. Al darse cuenta se detiene y da unos pasos para atrás. Suceden unos segundos en que se miran a los ojos, aunque la imagen no tiene ojos, los esconde en el fluorescente.

— Vamos –le espeta–, sigue caminando conmigo.

— ¿Te acuerdas de Caro? —pregunta el reflejo, sin moverse. Su voz suena igual que un pensamiento abstracto—. No te gustaba llamarla así aunque ella te lo pedía. Preferias Carolina.

— A menudo –responde él–. ¿Pero a qué viene eso?

— Fuiste tú quien decidió dejarla, no vino dado por las circunstancias.

— ¡Claro que sí! No funcionábamos en la cama, cuando se disparaba a hablar me ponía nervioso, no encajábamos.

— Pero era guapa, era culta e inteligente y por mucho que le des vueltas fuiste tú quien decidió romper aquella relación.

— Fue ella quien planteó que no nos iba bien, ella puso las cartas sobre la mesa y yo me limité a coger las que daban más juego.

— Ella estaba enamorada de ti, la dejaste porque creías que debías hacerlo.

Pensar en Caro siempre le produce cierto desánimo, su voz baja y se pasea por el suelo.

— Lo de Aurora era todavía demasiado reciente.

— ¡Oh, por favor! –exclama el reflejo semitrasparente en el escaparate–, ¿otra vez la excusa de Aurora? Ni siquiera es válida por lo que hiciste con Mery. ¿Qué vendrá luego, usarás a Natalia para justificarte?

— Estoy llegando tarde, déjame en paz.

— Eres tú quién ha vuelto atrás para recogerme. Además, no se puede llegar tarde dónde no te espera nada.

Algo ofuscado por aquella conversación, avanza por la calle de adoquines rectangulares y grises, dejando a su propio reflejo a la izquierda, con la mirada fija en su espalda, y el mar a su derecha. Sí, piensa, la decisión de dejarlo con Caro fue mía. Era un chica estupenda, pero en parte pagó por los platos que rompió Aurora, quien tenía entonces el título de amor de mi vida, Carolina llegó demasiado pronto, no fue el clavo que saca otro clavo porque yo estaba demasiado incrustado a la pared y no la dejé hacerlo. Y Natalia, bueno, Natalia fue otra historia, mi amor imposible perseguido hasta que me sangraban los pies y luego el alma. Natalia fue antes que Aurora, Aurora antes que Carolina. Pero no todo se basa en el amor, la vida es más que eso, a pesar de que eso sea vida.

— ¿Qué me dices de la carrera?

El reflejo se ha trasladado del escaparate de la tienda de moda a la de deportes, apoyado sobre el hombro de un maniquí con ropa de running.

— ¿Qué carrera? Me puse a estudiar Ciencias Políticas solamente porque Mario también lo estudiaba, no tenía ni idea de en qué facultad meterme.

— Pero tenías claro que irías a la facultad, a la que fuera, luchando contra el pronóstico de que no podrías.

— Todo el mundo iba a la facultad, lo raro era no hacerlo.

— Y luego tú fuiste quien decidió cambiar a Sociología. Mario dejó Políticas después del primer año y tú continuaste. ¿Eso también fue decisión suya?

— Lo estaba suspendiendo todo, encontré un trabajo para el que necesitaba Sociología y en tercer lugar…

— No, no vas a decirlo, si usas esa ficha desaparezco para siempre y te quedas sin reflejo. Estás advertido.

— Pero es cierto, si no fuera por… ¡Eh, no te vayas sin mí!

Ahora es el reflejo quien abandona del escaparate. Él se está quieto. Acabó Sociología y no le ha ido del todo mal y le gusta. De Mario nunca supo nada más. Nat fue la excusa que siempre ha utilizado para justificar que no terminara Políticas cuando le faltaba poco. Tenerla tan cerca y no poder tocarla, oírla hablar tanto y no poder besarla, caminar tanto juntos y no poder cogerla de la mano.

— Ni siquiera lo intentaste –dice el reflejo desde la mampara de la parada del autobús.

— Claro que lo intenté.

— Mentira.

— Está bien, pero es que me lo dejó claro desde un principio, en aquel bar con un espejo enorme.

— ¿Y qué? Estabas colado por ella, deberías haberlo intentado más, te conformaste.

— Caminaré de noche por calles oscuras si así consigo que te calles –le dice echando a andar y pisando con más fuerza.

El mar sigue con su cadencia disonante. Ya no se acuerda por qué ha salido de casa. Está algo molesto por la charla con el reflejo. El siguiente cristal de exposición es pequeño, una tienda de venta de artículos de pesca.

— ¿Quieres que hurgue donde más duele? –suelta la refracción de sí mismo.

— No puedes ganarme en hurgar donde más me duele, ni te acercas.

— Hablemos pues de la que tú llamas tu oportunidad de oro, esa de la que tanto te lamentas, la que evocas constantemente para disculpar el larguísimo periodo de pasividad posterior.

— Siempre he reconocido que eso fue error mío, no sirve para lo que estamos discutiendo ahora.

— Sí sirve. Fue elección tuya no aprovecharlo y a cada día que ha pasado en que no has luchado por ello con todo lo que tienes, a cada paso que no has dado o a cada paso que has dado con la excusa de que sería un paso demasiado pequeño estabas decidiendo tú, tú solo, no obtener lo que, en teoría, en esa mente de rocambolesca picaresca interior, tanto deseas.

— Lo he hecho ahora, no me lo reproches. No quiero hablar de ello.

— Sigamos andando hacia ningún sitio –anima el reflejo, saliendo por el lateral del vidrio.

Esta vez él lo persigue, enfadado, es una discusión harto conocida, pero necesaria. Elude a dos adolescentes que andan mirando el móvil y encima se indignan. Los coches circulan por la carretera que separa el pueblo del mar en una determinación mecánica. Cuando se detiene frente a la entrada de un restaurante, su imagen provocada por la luz de esta tarde que se agota le espera leyendo el menú.

— Si miras mi vida actual, verás que tengo razón –dice él, jadeando por las prisas.

— Venga, llórame un poquito –responde el reflejo sin dejar de repasar los platos del día.

— El lugar en el que vivo, la vida que llevo, todo ha venido dado. Siempre todo me ha venido dado y por lo tanto yo no he tenido que decidir nada.

— Oh, pobre, qué desgraciado eres.

— No he dicho eso.

— Lo insinúa cada una de tus autoflagelaciones.

— Vete a la mierda.

De nuevo es él quien abandona a su imagen. Cruza la carretera por el paso subterráneo que huele a meado y con pintadas de amor y odio en las paredes hasta salir al otro lado. La arena de la playa le recibe alzándose ligeramente con la ayuda de la brisa cálida del sur. Aquí no hay reflejo que valga. Camina con dificultad, sus pies se hunden y se le llenan los zapatos de minúsculas piedras que en algún tiempo fueron rocas. La resistencia estoica de la roca frente a las contrariedades las acabó erosionando, quizá a él le está pasando lo mismo y se ha percatado justo cuando amenazaba en dejar de ser pedrusco para pasar a ser piedrecita. Si la roca se mantiene terca ante lluvias y vientos, la arena solo se arrastra, por el aire o por la marea. Piensa en su madre y en su padre, una viviendo acorde a los tiempos que se la cayeron encima, el otro acomodado a lo que viniera, un ya me está bien todo mientras me dejéis tranquilo que te quita toda la responsabilidad. También te la quita decir que es lo que hay, cuando lo que hay es lo que permites. Quizá lo suyo sea una deuda heredada, venir de padres que no decidieron por sí mismos y, por tanto, no supieron como inculcar a sus hijos la capacidad a tener juicio propio.

— ¿Sabes una cosa?

Pega un bote provocado por el susto de no saberse solo. Detrás de él, pegada a sus pies, la sombra que se alarga y ondula sobre las dunas ha tomado el relevo del reflejo.

—¿Qué? –pregunta, agresivo.

— No decidir nada también es una decisión.

— No me taladres.

— Siempre hay dos opciones, y las dos primeras son las mismas en cada encrucijada: lo hago o no lo hago. Si decides no hacer nada, ya has decidido algo. ¿Contradictorio, verdad? Hasta paradójico, diría yo, y a ti te motivan las paradojas.

— Sí, y a parte de paradójico es de manual de autoayuda para tontainas. No decidir también es decidir –repite con voz de mofa.

La sombra parece ofenderse y se desvanece un poco. ¿Él es una sombra? Si siempre sigues la luz igual es que eres una sombra. Es una sombra, un reflejo, un invitado en la vida de los demás. En la playa hay una estructura hecha con cuerdas y soportes de plástico, piramidal, que se alza unos diez metros sobre la arena, usada por los niños en verano para subir y sentirse mayores y por algunos mayores para subir y sentirse niños, así como la usan también los jóvenes, que ni quieren ser mayores ni niños, para hacer piruetas y saltos mortales. Se quita la grava de los zapatos y, descalzo, sube por el armazón de sogas y resortes, venciendo a su miedo atroz a las alturas. Al llegar arriba, bien agarrado pero con las piernas flaqueando, observa primero el mar hasta el horizonte. Hay algunos barcos de vela, barcas de pescadores y en el fondo se ven cargueros y cruceros. La ciudad y sus rascacielos forman un paisaje medio armónico medio discrepante entre naturaleza y civilización. Una pareja pasea cogida de la mano, un señor le lanza un palo a un perro que corre tras el como si tuviera que rescatar a la madera de caer en las fauces de la tierra, una madre deja a su bebé jugar sobre un pareo mientras ella cierra los ojos y absorbe la presencia envolvente y embriagante del ponto. Algunas gaviotas sobrevuelan el agua o la playa, hay palomas dejando sus pequeñas huellas de tres puntas en la arena. Al otro lado está la ciudad donde vive, tirando a fea, a la que ha cogido cariño más por roce que por deseo, y más allá todavía está el monte lleno de verde que un día decidió que ya era suficientemente alto. Al cabo de unos instantes, baja, con cuidado y con una pizca de pánico en cada uno de sus movimientos, le parece de una valentía extrema haberse atrevido a subir tanto. Al llegar al suelo, le guiña un ojo a la sombra:

— ¿Nos vamos para casa?

— Decide tú –contesta ella–, que yo solo puedo seguirte.

 

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