La deuda heredada – @Macon_inMotion

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¡Clac! ¡Clac! ¡Clac! ¡Clac! ¡Clac! Las suelas de unos zapatos italianos de piel marrón claro resonaban apresuradas al impactar contra los baldosines modernistas de la avenida. Un joven de no más de 25 años, rubio y con el tupé deshecho corría desaforadamente esquivando a turistas y paseantes.
Vestía un esmoquin que hacía ya rato que era un estorbo. La camisa por fuera del pantalón, la americana desabrochada y la pajarita completamente desarbolada daban fe de ello.
Era media mañana y el calor del sol ya se dejaba notar. El muchacho se limpiaba con el antebrazo el sudor que le empapaba la cara y le pegaba el pelo al rostro al igual que la camisa al torso. Sudaba profusamente pero seguía corriendo como alma que lleva el diablo. Notaba como si los pulmones fueran a salírsele por la boca de un momento a otro pero no podía parar. No podía detenerse. Miró hacia atrás un instante, intentando visualizar a sus perseguidores pero no acertó a distinguir nada. Se le estaba nublando la vista. Cuando volvió a mirar al frente se dio de bruces con un puesto de fruta y decenas de manzanas, kiwis y melocotones salieron despedidos en todas direcciones. El joven intentó levantarse rápidamente pero las piernas le empezaron a fallar. Le temblaban los brazos y tenía la visión borrosa. Una mujer morena y con un mandil mil veces remendado le gritaba, pidiéndole explicaciones sobre toda aquella fruta echada a perder.
El chico no escuchaba nada de todo aquello, sólo tenía una cosa en mente: correr. Con ambas manos se apartó sudor y pelo de la cara y los ojos y haciendo un esfuerzo titánico consiguió ponerse en pie. Un grupito de turistas japoneses sacaban fotos con jolgorio. Estaba empezando a arremolinarse gente alrededor del muchacho y eso empeoraba más aún si cabe su precaria situación. Se llevó una mano al cuello y terminó de desanudarse la pajarita, que tiró al suelo. A continuación y sacando fuerza de algún recóndito lugar de su cuerpo donde quedase algo de glucógeno, volvió a iniciar la carrera echándose contra la gente para abrirse paso.

Apenas 45 minutos antes, la estampa era bien distinta. El joven compartía charla y brunch con un grupo de personas adineradas, dedicadas a múltiples tipos de actividades empresariales. Todo cambió cuando un hombre se le acercó y le dijo que su padre acababa de morir. El joven, con más enfado que tristeza, dejó la fina copa de champán que estaba bebiendo y disculpándose con sus dos interlocutoras, dos muchachas de su edad, hijas del hombre para el que trabajaba su ya difunto padre, se dio la vuelta y comenzó a correr.

El chico se dio cuenta de que solo tenía un plan: correr. Su mente no vislumbraba nada más allá de aquel simple verbo salvo quizás emparejarle con otro: huir.
¡Clac! ¡Clac! ¡Clac! ¡Clac! ¡Clac! Resonaban las suelas de sus zapatos italianos de piel marrón claro al impactar contra los baldosines modernistas de la avenida. Corriendo como si no hubiera mañana, que literalmente no lo habría para él si sus perseguidores le daban caza. No en vano tenían un motivo de peso para hacerlo. La deuda heredada.

 

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