La culpa es tuya – @_soloB

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La primera vez que la vi, fue en un semáforo de Gran Vía en Madrid. No pude dejar de mirarla, la señal se ponía en verde para cruzar. Fueron unos segundos eternos y, a la vez, hipnóticos, fugaces. Suficientes para reproducirlos una y mil veces en mi cabeza, porque su mirada se clavó hasta el fondo de mi alma desde la acera de enfrente.

Era imposible no fijarse en ella, rodeada de ese halo de misterio, con su cara aniñada y su melena moviéndose al antojo del viento. Daba igual que estuviera despeinada, joder, porque ese detalle le daba un toque de erotismo que jamás en mi vida había visto y me estremecía.

Su sonrisa. Esa boca tan peculiar, tan besable, tan inocente y a la vez, tan de perder la cordura y comérsela sin pensar. Con esa expresión enigmática de dulce lujuria salvaje.

Ya casi está verde.

Y su cuerpo un templo perfecto para adorarla, con esas curvas en las que regodearse, marearse y emborracharse sintiendo hasta el último centímetro de su piel.

Verde. Y me pongo en marcha porque la persona de detrás me empuja, pero antes de llegar al centro la veo venir, sonriente, directamente hacia mí. En mitad de la calle, sin importarle nada, me coge la cara con sus manos y me besa suavemente pero metiendo la lengua hasta el fondo de mi deseo.

Ignorando los pitidos de los coches, coge mi mano y me lleva en volandas hacia el otro lado.

Una hora después de callejear sin rumbo y de no dejar ni una esquina sin besarnos, llegábamos a su apartamento.

Jamás había devorado a nadie así en mi vida, no daba crédito a lo que me estaba sucediendo. El corazón me iba a estallar mientras ella desabrochaba uno a uno los botones de su camisa. No llevaba sujetador y me seducía ver sus pechos erguidos; con esos pezones desafiantes que pedían ser homenajeados con mis dientes y mis labios, acariciados con los dedos húmedos de mi propia saliva y pellizcados suavemente después de rodear toda su aureola.

Levantó mis brazos y me quitó la camiseta, se agachó muy despacio sin dejar de mirarme, bajando mi falda y mis braguitas entre mordiscos, lentamente.

Estaba más excitada de lo que jamás había estado con ningún hombre en toda mi vida. Sabía perfectamente que yo estaba empapada, me miró y cogiéndome del cuello, me besó como una diosa. Su lengua era puro placer para mí. Rozó sus pezones con los míos, mientras metió despacio su rodilla para separar mis muslos. Una vez me tuvo completamente desnuda con la espalda apoyada en la pared, quitándome las gafas lentamente me susurró al oído: “Eres mía…”, antes de bajar besando, lamiendo y mordiendo cada milímetro de mi piel, hasta que su lengua se convirtió, al contacto con mi sexo, en la llave del paraíso. Mi boca entreabierta, mis gemidos, mi espalda arqueada… Sus caricias me llevaban en una espiral de placer y éxtasis desbordante.

Perdí la cuenta de mis orgasmos, había perdido el control. La empujé sobre la cama, ahora el turno era mío. Su coño era perfecto, olía tan bien que no podía dejar de lamerlo. De lado a lado, suavemente, para detenerme en su clítoris y besarlo, rozarlo con mis labios, meter mis dedos acompasados con los movimientos mi lengua y con la otra mano no poder parar de acariciar sus nalgas, sus pezones…

Noté como cambiaba su sabor a un poco más amargo, eso fue una puta maravilla, me bebí su corrida caliente. Toda la habitación olía a perras en celo, a sudor, a vicio, a puro placer.

Estaba exhausta, confusa, muerta de placer. Sí, yo: la caóticamente ordenada, la que tenía las cosas tan claras y a la que, aún así, arrasó como un huracán.

Entonces ella, mientras yo acariciaba su espalda, se giró sonriente:

– ¿Te quedas a dormir?

Y mis dudas cayeron, una detrás de otra, como un castillo de naipes azotado por el viento. Me quedé, claro que me quedé, esa noche y muchas más.

Mientras, en mi doble vida:

Abro la puerta de casa y ahí está Miguel, con sus lienzos, sus manos llenas de pintura y su móvil que no deja nunca de sonar.

Me pongo a cocinar para los dos, como siempre. Todo perfecto, la mesa preciosa con sus servilletas simétricamente dobladas, las copas brillantes y su vino preferido.

Pienso dejarle, con una nota, mientras duerme.

Que le den, a él, a su egocentrismo, a su vida bohemia en la que yo soy su criada, su amante cuando él quiere, su esposa perfecta. La amargada soy yo, la que pasa horas y horas sola mientras él se tira a una de las modelos que pinta y vuelve a casa oliendo a sexo, dándome la espalda al meterse en la cama, culo con culo, sin tocarme un solo centímetro de mi piel.

Ada me manda mensajes, por la mañana, por la tarde, por la noche. Enloquezco cada vez que leo su nombre en mi móvil. Mojo mis bragas y el corazón se me acelera. Jugamos a cosas que ya no creía posibles.

Hemos quedado para vernos en un bar esta tarde. Como dos buenas amigas, sentadas una frente a la otra, coge mi mano… Lame mis dedos abriendo su boca hasta casi meterse mi puño. De ahí vamos al baño, de la mano, oigo el sonido del cerrojo y pierdo la noción del tiempo, se me nubla la vista, pierdo la cuenta de las veces que me he corrido.

¡Dios, qué puta locura!

Regreso a casa, por última vez, decidida. Tan solo ha pasado un mes desde que cruzamos nuestras miradas en aquel paso de cebra, pero no necesito más. Cuando la pasión arrasa, no hay lugar a la cabeza. La miro y sé que es Ella. La amo, me escucha, me entiende, me hace los días verano y ya no veo el gris que me inundaba.

La culpa es tuya Miguel, por haberme dejado marchar. Ahora soy feliz mientras te escribo la última nota:

Te jodes cabrón. Púdrete con tus cuadros y tu mierda de vida, que yo te dejo y no por otro…Sino por ella”.

 

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