La conjura de los necios – @CarlosAymi

Carlos Aymí @CarlosAymi, krakens y sirenas, Perspectivas

Marzo del 2022

Buenos días a todos por asistir a esta comparecencia, que no será tanto un discurso de investidura como se tenía previsto, cuanto una explicación de por qué hago lo que nadie imagina que vengo a hacer. Sin pretender ser odioso, creo que va a dar mucho juego a la Historia y mucho trabajo a quienes la cuentan.
Mis padres tuvieron un humor muy hijo de puta. Solo así se explica que decidieran llamarme como me llamaron en plena Castilla de los años 80: Ignatius. Sí, lo adivinaron, señoras y señores periodistas, me plantaron el nombre en honor al Ignatius Reilly de La conjura de los necios, ese personaje inolvidable, zampador de perritos calientes, experto en filosofía medieval y mofa de tantos lectores. Siempre estuve convencido de que bajo su capa de grasa y sus ideas mohosas se encarna la sátira de nuestros días. Pero no vine a hablar de ese Ignatius y de su circo, sino de mí y del mío.
Supongo que con lo que ya he dicho muchos de ustedes se estarán preguntando si me drogué o me drogaron antes de salir a esta rueda de prensa. La respuesta es «No», pero pongámonos cómodos, porque esto acaba de empezar. Tampoco se preocupen por mi integridad física una vez se desate la tormenta, contraté mi propio equipo de seguridad y espero que sirva de algo. Y por supuesto, no quiero dejar de apuntar que mis palabras se retransmiten por medios de todo el mundo, algunos incluso realmente independientes. Lo digo por el tema de la censura y la manipulación que se viene, me gustaría que quienes tanto la practican quedaran perfectamente retratados. Aunque ya sé que será difícil.
Sus cámaras de fotos ya están echando humo, siempre odié los flashes, aunque aprendí a disimular. Ya conocen mi biografía y solo la ampliaré lo necesario. Hijo de una pianista y de un agente de seguros frustrado por sus ínfulas no satisfechas de escritor, nací en ciudad de provincias, me eduqué en la escuela pública y como tantos de mi especie, estudié derecho. Verán, el éxito de la broma histórica que hoy confieso, se debe al pacto que hice conmigo mismo a los once años y a la lealtad que me tuve desde entonces. Lealtad hacia una promesa que he mantenido especialmente contra los trepas, los buitres, los cerdos y las víboras que me han puesto en este lugar y, a los que no tardaré en denunciar públicamente. Tengan por descontado que no he venido aquí a hacer amigos. Tampoco espero una revolución tras mis revelaciones. Los necios están en todos los bandos y no haré prisioneros.
Corría 1992, España parecía la polla en verso (perdonen una vez más mi lenguaje, pero no puedo resistir la tentación de imaginar las caras de tantos guardianes de la moral que me promocionaron hasta aquí, y que ahora mismo se estarán llevando las manos a la cabeza). En fin, íbamos por España y por la polla, estábamos como ya señalé en el 92 y como no podía ser de otra manera una mujer lo cambió todo. A mis once años me había enamorado perdidamente de mi profesora de inglés.
Yo le confesé mi amor. Ella me dijo, colorada, dulce y con una sonrisa, que todavía era un niño. Yo le dije que tuviera paciencia. Ella que ya estaba casada. Yo le dije que entonces seríamos amantes y que solo tenía que decirme en qué hombre quería que me convirtiera. Ella me dijo, muy seria, que si me hacía actor de Hollywood, o si llegaba a Presidente del Gobierno, sí que seríamos amantes. Le prometí que lo lograría. Ella jugaba, yo no. La pasión por mi profesora duró apenas hasta el final de aquel curso, mi promesa hasta hoy. En todo caso es una pena que ella no pueda verme y quiero pensar, allá donde esté, que estaría orgullosa de su alumno. Murió hace un par de años de cáncer y en parte fue por la política sanitaria de recortes que mi partido defiende.
Ya me ven, con este físico no iba a conquistar Hollywood, y aunque mi formación de actor me vino fenomenal todos estos años, siempre supe que solo me quedaba una alternativa. Empecé por convertirme en delegado de clase, seguí por educar mi labia y terminé años más tarde por liderar el sindicato de estudiantes. Los años me enseñaron que para triunfar en esta sociedad (y en todas cuantas he estudiado) debía cambiar mis principios por hipocresía. Asqueado de mucho, para cuando llegué a la universidad ya tenía clara mi idea: iba a gastar al mundo una broma de tres pares de cojones; iba a dejar sin caretas al sistema; iba a convertirme, como había prometido y aunque solo durase un solo día, en Presidente del Gobierno. Costase lo que me costase y aunque nadie entendiese el chiste, ni propios, ni extraños, ni aliados, ni enemigos. Todo el mundo se pondría en mi contra, esa sería mi victoria. Esa, y las pruebas, en realidad sobre todo las pruebas.
Lo que resta hasta llegar a las pruebas es aburrido y ustedes ya lo conocen. Entré en mi partido después de estar un par de años en la vieja guardia, porque lo viejo olía realmente mal y porque en lo nuevo entraba cualquiera, bastaba ser un experto lameculos, lo que más o menos viene a ser la llave de la mayoría de las puertas en este país y supongo que en cualquiera. Pero al caso, me interesó esta puerta, coyunturalmente pintaba bien y todo indicaba que iban a convertirse en el culo más llamativo. Y no me equivoqué, este país es previsible. Mejor dicho, España es un desastre, pero un desastre previsible.
La política es sencilla, Hobbes, Maquiavelo, Carl Schmitt y el siglo XX enseñan todo lo que hay que saber; que la Historia se repite con matices, que si repites una mentira lo suficiente y con suficiente fuerza y estilo se convierte en verdad, que la verdad no es más que el relato del vencedor, que el vencedor escribe la Historia tras humillar al perdedor, que la Historia se repite… ¿Qué les dije?
También les dije que lo emocionante llegaría con las pruebas. Tengo cuarenta años, llevo diez en el partido y desde el primer día que entré en política, sabía que debía convertirme en Judas. He besado a conciencia y los pendrives y los archivos que ahora mismo se están subiendo a la nube para distribuirse por todos los medios de comunicación nacionales e internacionales, darán buena cuenta del alcance de la pestilencia. Hay conversaciones de lo más jugosas con nuestro presidente saliente, al que gané por cierto en su juego principal, mentir sin ruborizarse nunca; abundan los audios de los grandes empresarios corruptos, en especial con la especulación inmobiliaria, van a disfrutarlo; no faltan informes de pactos entre los distintos partidos con sus medios de comunicación afines, porque hay mierda de todos los colores; y mucho más. Porque ciudadanas y ciudadanos de este país, en el fondo mi broma un tanto macabra, responde a esa idea de que si se supiese todo lo que los políticos hacemos a vuestras espaldas, arderían los leones del Congreso. Pues bien, las espaldas van a quedar descubiertas, veremos las consecuencias.
Mi sospecha es que no será para tanto, una gran conmoción al principio, algunas graves decisiones de cara a la galería, y poco a poco la calma. Por si acertara con esto, quiero cerrar este discurso de investidura a mi presidencia del gobierno denunciándome a mí y denunciándoos a vosotros, ciudadanas y ciudadanos de a pie. Porque, ¿quién es más necio y más culpable, quiénes manipulan y destrozan el mundo y su esperanza, o quiénes se dejan manipular y rubrican el destrozo? Yo no tengo respuestas, solo soy un bufón que se propuso ser rey por un día para dejar a todo el mundo con el culo al aire, aunque sí tengo un consejo: si no se interesan por la política de un modo crítico, activo y honesto, la política se ocupará de todos nosotros de una manera deshonesta, manipuladora y brutal.
Hasta aquí lo que vuestro Presidente del Gobierno por un día quería deciros, que empiece el baile y ruede lo que tenga que rodar.

 

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