La conjura de los necios – @chuzodepunta

David Araujo @chuzodepunta, krakens y sirenas, Perspectivas

Era frecuente enamorarse o apiadarse, ya no ignorando de quién, sino estando seguro de que no había un quién. Se envidiaba, odiaba o admiraba como si estos fueran verbos intransitivos. Los sentimientos afloraban sin lógica ni estímulos, ya fueran reales o imaginarios, que los hubiesen activado. Surgían sin más, como tics, con una intensidad que podía llegar a destrozar al más circunspecto. Había desgraciados a los que un orgullo imprevisto impelía a bailar sin música o a celebrar, saltando con los brazos en alto, no sabían qué. Un hombre, sin razones para aburrirse, se vio atacado con tal apremio por el hastío, que se arrojó desde un séptimo piso al grito de “es insoportable”, y una conocida locutora de radio explicaba, en su nota de suicidio, que había sufrido un arrebato inexplicable de compasión tan violento que ya no quería vivir por miedo a volver a sentir algo parecido.

Los médicos, además de diagnosticar la conjura a partir de una serie de cambios observable en las circunvoluciones cerebrales, poco podían hacer. Respecto a las causas y remedios solo había conjeturas. Investigaban, intercambiaban impresiones, celebraban congresos, pero no se obtenían respuestas a las principales inquietudes: ¿existía cura o, al menos, tratamiento? ¿Era una enfermedad de transmisión genética? ¿Cuál era el origen y cómo funcionaba realmente? Había varias ideas que, de forma unánime, servían de punto de partida. Se anhelaba tanto la emoción, que el organismo se las ingeniaba para proporcionarla, en una dosis difícil de soportar y de manera indiscriminada, sin esperar a la realidad o al pensamiento que la provocase. Diseñados como estamos para evolucionar de acuerdo a ciertas disposiciones y exigencias, nuestro sistema cerebral consideraba que el sentimiento nos urgía y lo proporcionaba obviando la vivencia que lo generaba. Partiendo de este punto de vista había incluso optimistas que catalogaban la conjura más que como una enfermedad como una evolución lógica que acabaría afectando a toda la humanidad, relacionando el proceso con otros como el de la pérdida de parte del vello corporal o del rabo. Si lo que nos satisface es sentir, y anunciar al mundo eso que sentimos ¿por qué no buscar atajos para sentir, sin más, y mucho? Pero enseguida se refutó esta posibilidad. Los cambios evolutivos habían sido tan paulatinos que no había periodos críticos como los que se estaban viviendo ahora. Nuestros antepasados no se suicidaban porque de repente hubieran perdido el rabo ni sufrían una desubicación existencial porque una noche se acostasen a cuatro patas y al despertar comprobasen que podían caminar erguidos.

Si la enfermedad te abordaba en medio de un problema o de un momento importante, o en un lugar desconocido, la manifestación patológica podía pasar desapercibida. Entonces, la mayoría –porque estaba de veras confundida o por la natural resistencia humana a la contemplación de la terrible posibilidad- la achacaba a una reacción fruto del nerviosismo, de la excitación, de la ansiedad. Pero Laura supo desde el primer síntoma que se trataba de la conjura. Estaba, como era habitual, en la cabina del peaje cuando de repente sintió aquella euforia desbordada. Hasta entonces nunca había llorado de felicidad -pensaba que había mucho de comedia en el llanto no asociado al disgusto o a la tristeza- y durante esa jornada, mientras entregaba tickets y recogía monedas, mal pudo disimular las lágrimas de alegría que parecían rezumar de diferentes partes del rostro.

Los resultados de las pruebas neurológicas oficializaban su condición de afectada por la conjura, pero nada había que confirmar, puesto que nunca la abandonó aquella primera certeza, y episodios posteriores la ratificaron: la rabia incontenible que la impelió a patear un contenedor, o el “te reviento la cabeza” que le espetó al dependiente de la zapatería, producto de un anhelo de venganza que proyectó sobre una persona a la que no había visto en su vida.

Laura no se lo había contado a nadie; ni siquiera había hablado con su  marido acerca de sus consultas con el neurólogo, pero estaba segura de que Julián sospechaba algo, o mucho, desde que la vio reír como una niña aquella tarde de domingo en la que no ocurría nada especial. Sintió ella entonces un ataque de ilusión que no pudo gestionar delante de su esposo, y se tuvo que encerrar en el baño hasta recomponerse.

Ahora, con los resultados en la mano, él  le secaba las lágrimas y le decía: “Míralo así: eres una buena persona”. Porque, además de la conjura, a la patología se la llamaba, con cierto sarcasmo, el síndrome de las buenas personas.

Las instituciones eclesiásticas no tuvieron ningún escrúpulo para asociar la expresión castigo divino a aquel padecimiento que venía, según ellas, a hacer justicia sobre la banalidad del proceder humano, sobre la hipocresía y sobre lo que llamaron materialismo del sentimiento. Años antes de que surgiera la epidemia, un obispo había escrito en un periódico conservador un artículo de opinión sobre la involución del exhibicionismo exterior hacia el exhibicionismo interior: del ansia por mostrar un buen coche, una casa cara o una ropa lujosa se había pasado, decía, a la obsesión por alardear de solidaridad, ira, deseo; presagiaba que una señal celestial vendría tarde o temprano a caer sobre nosotros, como en su momento el diluvio, a modo de reprehensión y de guía hacia el camino de la compostura y la frugalidad del sentir. El mundo se había convertido en una bacanal de emociones corrompidas por la exageración o la impostura. Todos querían aparecer como el que más sentía la muerte de alguien, el que más disfrutaba durante sus vacaciones, el que más empatizaba con las desgracias ajenas, el que más quería a su hijo. El artículo se titulaba La conjura de los necios, en alusión a un macabro acuerdo tácito que la sociedad, de manera inconsecuente, había sellado para fomentar el histrionismo y legitimar la “fiesta dionisíaca del sentimiento” y “el libertinaje del yo espiritual”. Cuando la epidemia estalló, el artículo se elevó a la categoría de profecía y, de este modo, se puede decir que la Iglesia bautizó la nueva enfermedad.

Los científicos reprochaban a la Iglesia el cinismo de sus representantes: no eran los más adecuados para hablar sobre sentimientos artificiales los que desde tiempos remotos predicaban el “amarás a Dios sobre todas las cosas” o lanzaban proclamas apocalípticas sobre los que no sintieran arrepentimiento, culpa, etc. Aunque sus estudios arrojaban poca luz, se habían apresurado a rebatir el argumento de la ira de Dios, basándose en que si la conjura fuese un castigo divino por nuestra hipocresía no se quedarían impunes, como parece que ocurría, los muy cínicos, los más desleales y los menos honestos.

La mayoría de los pensadores y filósofos aceptaba que la generalizada falta de espontaneidad había conducido al desastre: se asumía que se había fomentado de manera irresponsable lo de que nos valorasen por lo que somos y no por lo que tenemos, y ese prurito por mostrarnos por dentro se convirtió en obsesión. “Mirad cómo me duele que se muera un niño”, “Mírame bien por dentro y comprueba cómo quiero a mi pareja”, “Mirad qué sensible soy con el sufrimiento de los animales”, “Mirad cómo disfruto la vida cuando voy de viaje”. Todos pecaban, en mayor o menor medida, de falta de austeridad emocional, pero curiosamente la enfermedad se cebaba con los menos indecentes (y de ahí venía lo de “enfermedad de las buenas personas”). Esto podría deberse, se apuntaba, a que en el hipócrita genuino no existía conflicto interior. El que lleva la desvergüenza en la sangre puede mostrarse apesadumbrado porque lo exige la cortesía o porque le conviene, y fuera de la esfera de ese protocolo es capaz de cambiar de registro sin que su conciencia lo atosigue, e incluso de reconocer para sí con serenidad que la muerte de un conocido o la ruptura sentimental de sus amigos le suscita cierto regocijo porque le asegura un jugoso tema de conversación durante unas semanas. Te convence el desvergonzado de que su excursión a un desierto australiano lo ha convertido en una persona mejor y luego, en su círculo de allegados, admite que aquel viaje supuso una pérdida de tiempo y dinero, pero que mintió a sus compañeros de oficina para no ponerles en bandeja la posibilidad de regodearse de su mala experiencia. En cambio se daba por hecho que el hipócrita comedido, el que conserva algo de pudor, se ve superado por la situación: este necesita también contar que su viaje fue maravilloso, y, llegado el caso, dado que no está cómodo en la mentira, acuciado por su conflicto interior, se obliga a sentir que efectivamente lo disfrutó; cuando fallece su abuela o ante las noticias sobre niños que se ahogan durante su travesía en patera, pretende adecuar su dolor o indignación a los que se estípula que una buena persona debe padecer. Así, el hipócrita comedido, el menos indecente, va forzando sus instintos y sometiendo su sistema nervioso, emocional y cognitivo -en definitiva,  todo su ser- a un ímprobo esfuerzo para llegar a una ilusoria cuota de emoción, decían los filósofos.

“Cierto. Buena persona sí que soy”, dijo Laura, compadeciéndose, o pretendiendo compadecerse, de sí misma, mientras Julián jugueteaba cariñosamente con su pelo. Lo abrazó con fuerza y mirándolo a los ojos le preguntó si cuando perdiera definitivamente la cordura seguiría a su lado. “Estaré siempre a tu lado, pase lo que pase”, respondió él, con la serenidad propia de quien no conoce el conflicto interior.

 

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