La ciudad de los puentes rotos – @ordinarylives

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“Es preciso que París no caiga en manos del enemigo, si no es convertido en un montón de ruinas.”

Adolf Hitler.

 

7 de Agosto de 1944.

Desde la azotea a aquellas horas, el mundo parecía un lugar tranquilo. El sol caía sobre los edificios que aún quedaban en pie y sobre aquellos que estaban desinfectando sus heridas, buscando algo que llevarse a la boca o intentando reposar sus huesos en algún sitio decente.

En época de guerra no hay respiro, y nunca nadie se siente tranquilo, por mucho que los disparos ya no suenen tan cercanos como lo hacían cuando estábamos en el frente. Hacía meses habíamos visto la noche encenderse por completo por culpa de los bombarderos enemigos, habíamos visto venir La Muerte rodeada de fuego. Recuerdo la sensación asfixiante, de angustia incontrolable, la opresión en el pecho, la boca seca, las piernas temblando. Quien no tenga miedo de irse al otro barrio que levante la mano. Había aprendido que el miedo era sano, te permitía seguir vivo la mayor parte de las veces. La suerte había estado de nuestro lado pero muchos otros no podían decir lo mismo. Los putos alemanes. Durante el resto de mis días no pude mirar a un sólo germano sin sentir asco, algunas cosas no se superan.

El bueno de Philippe estaba ya criando malvas con sus parientes. Lo enterrarían con honores, como a todos los muertos en combate. Enterrados y recordados como héroes de guerra, si es que participar en una carnicería podía considerarse un acto heroico.

Dejé escapar el humo del cigarrillo entre mis labios y entré cuando la noche tocó suelo. Los sentimientos se entremezclaban en según qué momentos de la vida y cuando estábamos a la espera de órdenes todavía más. Las ganas de huir, de que todo acabara y las de cumplir con el deber. Al parecer, y después de todo, todavía quedaba algo de honor, lealtad y valor entre mi carne. En las situaciones adversas es cuando uno tiene la oportunidad de conocerse. Antes de la guerra no había dado ni un solo puñetazo, mis ideas utópicas me lo impedían, y ahora llevaba ya un par de medallas en el pecho bañadas de barro y sangre. Había dejado atrás el Ebro, el Ejército de Levante y a muchos camaradas.

Apoyé la espalda sobre una de las paredes desconchadas del interior del piso en el que estábamos resguardados, cerré los ojos sin darme cuenta, escuchando de fondo la respiración de mis compañeros de penurias como si se tratara de un quinteto de viento. Era extraño querer descansar y tener que estar alerta al mismo tiempo, y el cuerpo nunca se acostumbra. Cada vez que dejaba caer los párpados cientos de imágenes me venían a la cabeza: ráfagas de disparos, soldados corriendo, el olor de la carne quemada, orina mezclada con miedo y sudor. No me llevaba buenos recuerdos de aquello, ni de nuestra deshonrosa guerra civil, ni siquiera de los días de calma y camaradería.

Pensaba todas las noches, hasta cuando me tocaba hacer guardia en cómo sería volver, me preguntaba si podría dormir como antes de haber matado, si sabría bailar de nuevo con una mujer, sin podría meterme entre sus piernas sin parecer un animal. Me preguntaba si sería capaz de soportar el silencio, si podría volver al pueblo y abrazar a madre, y probar una tortilla en condiciones con un chato de vino y un cuscurro de pan. Al final, después de repetir de un modo casi rutinario esa hilera de pensamientos solía sucumbir al sueño y me mecía casi como lo hacen aquellos que van en la barca por la laguna Estigia.

Abrí los ojos con el alba, cuando el sol permitía observar la ciudad de los puentes rotos sin que nada molestara. La imagen desoladora de los edificios en ruinas y las columnas de humo elevándose hacia el cielo en busca de ayuda o consuelo se había convertido en nuestro habitual paisaje. Eran tantos los rumores de que venían a liberar París que casi no podíamos creerlo, París resurgiría de sus cenizas, y Francia, y el resto de Europa. Pero España, en España siempre hemos llevado un ritmo distinto, debe ser culpa del estar presos entre el Atlántico y el Mediterráneo, y el no respetar ni al padre ni al vecino.

 

25 de Agosto de 1944.

¡París ultrajada! ¡París destrozada! ¡París martirizada! Pero París ha sido liberada, liberada por ella misma, liberada por su pueblo, con la colaboración de los ejércitos de Francia, con el apoyo y la colaboración de toda Francia, de una Francia que lucha, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna.

Charles de Gaulle.

A los alemanes les obligaron a firmar la paz en Montparnasse mientras por la ciudad corría el vino y se paseaban banderas tricolor. Los parisinos y los soldados sonreían después de mucho tiempo, y aunque todavía quedaba mucho por delante se olvidaron las tragedias durante unos días. El nido del águila lo habíamos destrozado para que volara lejos y la sombra de sus alas no volviera a verse sobre la Torre Eiffel. El sol de agosto brillaba en la ciudad después de mucho tiempo, como si el clima también supiera lo que necesitábamos.

Fue durante aquellos días en los que me olvidé de las armas y volví a vivir, mientras probaba un tinto algo picado en una taberna cerca del Sena. Me prometí no coger un fusil por el resto de mis días y volver a los libros y a las clases. Con las pesadillas me ayudó la hija de un panadero y con sus besos acabó curándome todas las heridas que los médicos no pudieron.

El barro, la suciedad en el rostro y la sangre seca bajo las uñas se fueron yendo poco a poco, igual que el miedo.

 

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