La chica que quería ser cualquier otra – @GraceKlimt + @_soloB

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Los mejores polvos son los que dejan cadáveres exquisitos después.

Ni siquiera Anna sabía qué quería decir cuando decía esa frase, pero poco a poco la había convertido en su pequeño amuleto, como el que lleva la estampita de la virgen escondida en la cartera y la besa y manosea pidiendo algún tipo de milagro absurdo, o como quien huele las bragas rotas que robó del tendal de su vecina una noche de verano al volver borracho a casa.
Allá cada cual con sus manías, y que a ella la dejen tranquila con las suyas.

La cosa es que Anna estaba muy ocupada. Cada noche descorchaba una nueva botella de vino tinto, se recogía el largo cabello rojo fuego en un moño despeinado, se calzaba sus mejores zapatillas deshilachadas, y se reunía con ellos. Sus mejores polvos. Y sus recuerdos.

 

Con aquel que le prometió llevarla a la luna. La princesita. Ridículo. Ni siquiera fue capaz de hacerla gemir.

Con aquel que no la tocaba nunca. Su dama. Gilipollas. Desterrado de un plumazo.

Con aquel que solo daba órdenes. Una esclava. Malnacido. Cuánto miedo viviendo en las esquinas.

Con aquel que se creía su salvador. Pobre niña. Imbécil. Llegó a sentir náuseas con su sonrisa.

Con aquel que decía que la cuidaría siempre. Su juguete roto. Valiente cobarde. Que quiso huir a la primera que pudo.

Con aquel que le cocinaba al llegar a casa y le daba un masaje en el cuello después de una larga jornada sombría. Ilusa. Mentiroso. Se le cayó la dentadura de tanta sonrisa falsa.

Con aquel que la follaba como una diosa. Su dulce puta. Cabrón. Tenía putas en cada esquina.

Con aquel que la hizo creer en amores imposibles. Tantas horas de vuelo, tanta distancia y dificultades. Maldito. Le clavó la última espina.

Con aquel que…

 

Suena el timbre. Mierda. Anna se ve obligada a desconectar de sus dulces recuerdos para descolgar el teleportero. Si no es una cosa es otra. ¿Es que nadie va a dejar a Anna ser quien quiere ser? Se muere por gritar a quien ha osado a llamar en su mágico ritual que la dejen en paz. Calma. Un cartero a estas horas. Una carta certificada para Anna.
—Firme. Aquí y aquí.
Cierra la puerta. Tira el sobre a la hoguera de su pequeño salón. Ya sabe lo que hay dentro. Se relame. Se sirve otra copa de vino. Prosigue con sus recuerdos, sus polvos, sus pequeños héroes de bagatela.

27 cartas vacías. 27 sobres escritos de su puño y letra. 27 recuerdos con el nombre de cada hombre, Hugo, Alberto, Mario, Nico, Guillermo… 27 intentos. 27 fracasos. 27 veces que quiso darlo todo y no encontró más que decepción. 27 imposibles ardiendo. 27 recordatorios de todo lo que intentó querer ser. 27 veces que se estrelló con los imposibles. Anna ya no quiere ser otras.

Enciende su PC. A la caza. Muerde su labio inferior con ansia. Teclea la web de citas. Buscador: Chico rubio, ojos grises, sonrisa bonita. No pasan ni 40 segundos. ¡BINGO!
«A 350 metros de su ubicación».
—Hola guapa. ¿Te apetece follar?
Los ojos de Anna brillan.
—¿Quedamos en media hora en el restaurante de la esquina? Mira mi ubicación. Llevaré labios rojos a juego con mi pelo.

Anna se viste en un suspiro, maquilla su ansiedad bajo el khol y sale a la caza del 28. Los 27 iris anteriores, delicadamente recortados con escalpelo, le miran impasibles desde sus botecitos de formol, perfectamente alineados en el mueble del salón. Anna les guiña un ojo, risueña.

Y es que, joder, Anna no miente cuando dice que los mejores polvos son los que dejan cadáveres exquisitos después.

 

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