La chica que quería ser cualquier otra – @Imposibleolvido + @reinaamora

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No recuerda con nitidez cuándo fue la primera vez que deseó ser otra persona. Posiblemente aquella mañana de Reyes en la que vio a su prima Silvia desenvolviendo aquella cocinita de juguete… ¿Cuántos años tendría, tres, cuatro?.

Gaby fantaseaba desde muy pequeña con ser cualquier otra chica. Se sentaba en uno de los bancos del patio del colegio y mientras desenvolvía lentamente su bocadillo buscaba a alguna niña que correteara por allí. A veces se fijaba en Eloísa, rubia de ojos marrones, larguirucha, solía llevar dos coletas en lo alto de la cabeza y las puntas del pelo le rozaban los hombros, Gaby deseaba poder llevar esas coletas. Otras veces en Carlota, pequeña y regordeta, solía sacar una muñeca de la mochila y pasar el recreo peinándola, Gaby deseaba tener aquella muñeca. De Lucía la de quinto A le gustaba su mochila de purpurina y estrellitas… Cuando tocaba la campana para volver a clase Gaby recogía con pulcritud las migas que quedasen sobre sus piernas y las depositaba en la papelera, entristecida y con los hombros caídos se quedaba rezagada para poder entrar la última, con su característico arrastrar de pies.

La tutora siempre acababa llamándola a gritos desde la fila, odiaba a aquella mujer. Sentía su rechazo hasta en el último pelo de su cabeza. La odiaba aún a pesar de no comprender por completo el significado de aquella palabra.

En casa tampoco podía dejar de soñar con ser otra, a veces entraba a hurtadillas a la habitación de su hermana mayor Ana y pasaba sus pequeñas manitas sobre la colcha de flores,miraba con reverencia las portadas de las revistas que guardaba en la mesita de noche o abría las botellas de cristal tallado de diferentes perfumes para olerlos entusiasmada. Si no estaban su padre o su hermano Rubén en casa, Gaby hasta se atrevía a abrir el armario y probarse algún vestido de Ana. Su madre la había encontrado en más de una ocasión subida en los tacones y arrastrando los bajos de alguno de los vestidos, pero nunca la había regañado con severidad, la reprendía con cariño y la instaba a salir de la habitación.

Para ella hasta bajar a jugar a la calle era más un castigo que un premio. No la dejaban jugar al elástico y cuando lo hacían era sólo para los saltos de altura, nunca para bailar con él aquellas canciones repetitivas en las que tenías que liar y desliar las piernas de las gomas elásticas dando saltitos.

¿Por qué no podían comprarle un vestido para ir a casa de la abuela?, ¿Por qué no podía llevar el pelo largo para que mamá le hiciera trenzas?, ¿Qué pasaba?, ¿Por qué?, Gaby no conseguía respuestas por más que preguntara, papá solía salir dando un portazo cuando ella cogía alguna rabieta sobre el tema así que aprendió a controlarlas, a callar y a seguir llenando su pequeño cuerpo de niña de miles de cuestiones que se le escapaban del entendimiento.

Abuela era viuda, muchos sábados la pasaba a recoger para ir al mercadillo del barrio, hacían las compras juntas, iban a su casa, la ayudaba a preparar la comida, a recoger la casa. Con ella Gaby era casi feliz. Le dejaba su barra de carmín rojo, sus zapatos de los domingos esos que tenían un poquito de tacón, e incluso cantaban y bailaban juntas canciones de Marifé y de Juana Reina. Gaby adoraba esos ratitos de libertad que compartían. Ella sabía que abuela sabía, ¡y qué bien sentaba!

Con 17 años Gaby marchó a Madrid, mochila en mano, dejando estudios, familia y poco más atrás. Con mil cuatrocientos euros en el bolsillo del pantalón y mucha valentía emprendió un viaje de ida del que ya sabía sería muy difícil regresar.

Aquella mañana suena un Whatsapp  y su madre lee:

“La capital se antoja enorme ante mis ojos, salgo de la estación a Gran Vía y he parado el primer taxi que me he encontrado. Le doy la dirección de Rodrigo, el chico que te dije que conocí por internet, ¿recuerdas?, él sabe cómo ayudarme, que ya tengo memorizada y sonrío al pensar que es la última vez que me van a ver vestido de chico. Aquí nadie me conoce, aquí no puede hacerle daño a nadie que por fin me convierta en quien soy. Durante mucho tiempo he sido un cuerpo sin alma, sintiendo que mis propias ideas me estaban dominando, me doy cuenta de que estas sensaciones van evolucionando a una velocidad asfixiante y que mi cuerpo está cada día más en desacuerdo conmigo, cada día me cuesta llenar la balanza con lo que pienso y lo que mi cuerpo quiere, desea… me miro al espejo y las lágrimas son cuchillos que se preguntan  por qué no puedo ser sencillamente como soy, como todas las mujeres que me han marcado en la vida, tú, Ana, abuela.

Jamás seré libre si me quedo allí, mamá, jamás estos nudos que me oprimen se desatarán sin resistencia si no hago algo por cambiar mi destino, tal vez no sea este el camino elegido si contara con el apoyo de papá o de Rubén, tal vez nunca empezaré a caminar, evolucionar si no me alejo. Quiero que sepas que lo he intentado con todas mis fuerzas. He intentado resignarme y vivir quizás siendo gay pero no lo soy mamá, no lo soy. Soy toda una mujer, me siento, respiro, pienso, camino, sufro, vivo como una mujer. Yo nací mujer. No puedo negarme a mí misma lo que he sabido desde tan pequeña. 

Te quiero, te quiero con toda mi alma mamá, no te preocupes por mí. Algún día volveré a casa cuando pueda caminar orgullosa, cuando todo mi ser sea afín a mi sentir, cuando en mi dni no diga Gabriel, algún día…
Cuídate.
Gaby.”



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