La chica de la curva – @GraceKlimt

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M30 dirección Sur, salida Casa de Campo, segunda rotonda, silla de camping, y allí está.
Como siempre.

La chica de la curva.

Ni ella misma recuerda cuando llegó a este trozo de carretera, lo que sí recuerda, entre pesadillas nocturnas, temblores y arcadas, es cómo. Engañada. Arrastrada. Enjaulada como un animal. Viajando miles de kilómetros dentro de un camión apestoso, rodeada de más niñas como ella, muertas de miedo, frío, y hambre. Como ganado.

La chica de la curva un día tuvo un nombre. A veces, lo recuerda, y sonríe. Se llamaba Angelina. Las monjas del orfanato en que vivió su niñez rusa, le contaban que le pusieron ese nombre, porque aquella mañana de diciembre, al abrir la puerta y encontrarla dentro de una caja de cartón, les recordó a un ángel. Así eran las monjas.

Ahora se llama Ámbar. Sus dueños han decidido que Angelina no es un nombre atractivo para los clientes, que Ámbar suena mejor, y que además combina con su peluca rubia platino y su minifalda de látex azul eléctrico. Ella se calla, y se jura que algún día, desterrará ese nombre odioso, mientras ve arder en un fuego inmenso ese maldito uniforme que le hace presa.

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Y Angelina, que era alta y guapa y de piel blanquísima y sonrisa enorme y caderas curvadas y cintura de avispa y pechos de diosa, y tenía miles de sueños en su cabecita loca de niña de 15 años, no vio la trampa.
Y las monjas del orfanato no han vuelto a saber de ella nunca más.

Cuando llegó a Madrid, la pusieron a prueba. La pasó con nota alta, después de pasar por tantas manos, bocas, cuerpos y pollas, que perdió la cuenta de los hombres, las horas, los días, y el tiempo. Al principio se resistía, pataleaba, luchaba como una leona y lloraba, pero unas cuantas palizas y encierros sin agua ni comida después, aprendió a dejar de hacerlo. La domaron. Y se dejó domesticar. Le tatuaron un código de barras en el brazo, y una cantidad en euros bajo ella. Para que no tuviese dudas, también se lo grabaron en rublos.

El precio de su libertad. Imposible de pagar.

Hace tiempo que Ámbar tiene una radio. Sintoniza los 40 principales, y tararea mientras espera sentada en su silla que paren los coches. Ya sabe hablar un español con acento extranjero que a los asiduos les encanta y a los ocasionales les pone a mil. Ha descubierto un cantante de moda que hace que sus pies se muevan solos, y a veces fantasea con ir a alguno de sus conciertos. Y es que aún no es mayor de edad.

Suena Bambi Ramone. Un día escuchó a Iván Ferreiro contar que a la protagonista de la canción la llamaban así porque a los 12 años murieron sus padres. Qué crueldad. Pero a ella le hace gracia. Qué sabrán de crueldad quienes aún son dueños de su vida. Tararea la canción, y se repite sin parar, Bambi no tiene padres, Ámbar no tiene vida, Bambi no tiene padres, Ámbar no tiene vida, Bambi no tiene padres, Ámbar no tiene vida, hasta que las palabras dejan de tener sentido, se convierten en mantra, y por un momento, solo baila, y la música le salva del naufragio.

Hoy, al lado de su silla de camping, Ámbar ha escondido una mochila. En ella lleva toda su vida, que no es mucho, casi nada. Espera ansiosa a Riqui. Le conoció en primavera, aún recuerda que cuando él bajó del coche una tarde de domingo ella sonrió, por primera vez de verdad. Él no quiso usarla. Con el tiempo le contó que era un policía encubierto. Y hoy la va a salvar.

Enciende la radio, Bambi Ramone, buena señal. Se acaricia el tatuaje en señal de despedida, cierra los ojos, se balancea con la música, tararea su mantra por última vez, y dice adiós a Ámbar.

A la chica de la curva le quedan pocas horas para volver a ser Angelina.
Shhh, no hagáis ruido. Dejémosla bailando mientras llega su libertad.

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