La chica de ayer – @JokersMayCry

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Mi polla entonó un canto de cisne antes de morir en tu lago de latidos de corazón que empezaba a congelarse con el frío del rubí líquido que sangra un amanecer. Las esmeraldas de tus ojos se coagularon en un radiactivo verde tóxico piel de serpiente mientras el silencio de tu boca se volvía un negro mamba negra que pretendía morder más que besar. Le había cortado la garganta al gallo con el filo de la luna menguante de mi sonrisa, pero las cortinas no se corrieron mientras las balas de plata que te había disparado a quemarropa resbalaban entre tus muslos que se agitaban aún como el rabo cortado de una lagartija. El colchón había chillado sus lamentos de dolor mientras te apuñalaba con toda la violencia que el amor corrompido por el alcohol me permitía, tus aullidos lanzados al techo agrietaron un cielo que ahora se me viene encima y Dios no está acostumbrado a caer, no sabe hacerlo de pie. Intenté hacer un verso de cada suspiro que se te escapaba de entre los labios y me condensaba la mirada. Sé que hice el amor contigo porque te clavé la mirada tanto como te penetré con mi ser, porque se me arrugó el corazón en el baño de tu piel como un mal poema en las manos de la puta más romántica del burdel que canta baladas tristes con sus labios rojo sangre resbalando por una fría barra de streptease en la que escribió con su lengua el epitafio que sus latidos le susurraban mientras le metían billetes en el tanga.
Y te dormiste como lo hacen las alas de un ángel que planea hasta acabar rozando el suelo del Infierno y que, cuando quiere batirlas, no hace más que avivar las llamas. Te dormiste encajando el iglú de tu culo en la parábola que mi figura dibujaba junto a ti mientras desfloraba una a una la fragancia de las cataratas de tus mechones de retorcido oro líquido con mi hocico de cerdo acostumbrado a la mierda que abona una a una cada estrella caída que se hace polvo en los insomnios de una razón que empieza a delirar sobre tu almohada.
La luz de la farola que se colaba por la ventana de tu habitación parpadeaba incrédula mientras mis dedos afinaban la curva de tu pronunciada cintura callada de la que me hubiera salido sin derrapar si no hubiese tirado del freno de mano. Te vuelves hacia mí, cayendo con la mermelada de tus labios a escasos milímetros de mi boca, dejando escapar el monóxido de carbono hacia el callejón sin salida de mis labios, oxidándome los pulmones mientras rezo a tus párpados caídos en guerra nocturna mil pecados por los que Cristo se hubiera arrancado de la cruz para pegarme dos hostias.
El sol chascó sus dedos prendiendo la mecha de la realidad, abriendo con las puñaladas de sus rayos tus ojos que ya eran musgo húmedo criando legañas. Y ya no eras la diosa con la que me había acostado la noche anterior, sólo eras una mortal con tus miedos, tus inseguridades y unas bragas por ponerte para que se quitara la vergüenza encendiendo un cigarro en ayunas mientras soltabas el humo con arrepentimiento.
Y, tras la niebla, te levantaste en silencio mientras mi corazón se hacía el  dormido y mis pupilas se dilataban.
—Vístete—Me dijiste.
Y esquivamos la miradas mientras nos cubrimos entre el ruido de los botones al abrocharse, las cremalleras al subirse… No sé qué habrá sido de la chica de ayer. La habré matado a polvos, pensé que sobreviviría…

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