La causa de mis desvelos – @EvaLopez_M

Eva López @EvaLopez_M, krakens y sirenas, Perspectivas

«La vida no puede escribirse,
solo puede vivirse»

                                                    Oscar Wilde

Juan y yo nos conocimos en el tercer año de carrera. Los dos estudiábamos en la facultad de magisterio, y aunque coincidíamos por los pasillos y teníamos amigos en común, creo que antes no me habría fijado en sus grandes ojos negros de no haber sido por mi habitual torpeza al caminar. Un día, al salir de clase, me tropecé y caí de bruces al suelo. Él amablemente se acercó a ayudarme, me tendió firmemente la mano y ya no se la solté jamás.

Nos casamos nada más acabar la carrera.
Tuvimos mucha suerte porque ambos opositamos a la vez y obtuvimos plaza en la misma ciudad.
Encontrar el «momento perfecto» para cumplir nuestro sueño de formar una familia fue lo más complicado. Nos costó nueve años y varios tratamientos de fertilidad asistida.
La mañana en la que cumplía 34 años, el enésimo test de embarazo nos confirmó la tan ansiada noticia, por fin conseguíamos lo que hasta ese momento había sido imposible.
Ahora sí teníamos todo lo que se puede desear en la vida. El amor nos hacía cada día al despertar. Éxito profesional. Un bonito hogar…

Estaba embarazada de trece semanas cuando mi ginecóloga me recomendó hacerme unas pruebas genéticas, concretamente un «triple screening». En la última ecografía habían detectado alguna irregularidad y querían empezar con las pruebas de cribado antes de pasar a las de diagnóstico, más invasivas. Me empecé a preocupar seriamente cuando me llamó a las ocho de la mañana, dos días después del cribado, para comunicarme que había salido con un alto índice de riesgo de alteración cromosómica, y que el siguiente paso era hacerme una amniocentesis, para disipar cualquier error en la analítica.
En la semana quince me extrajeron líquido amniótico y con él una parte de mi ilusión de ser madre. Los cinco días posteriores a la entrega de los resultados fueron los peores de mi vida. A pesar de tener que guardar reposo, el insomnio se apoderó de mí y esas noches infernales las pasé completamente en vela.
Al sexto día, en la consulta del hospital, nos confirmaron el temido pronóstico.
Gestaba en mis entrañas una niña con un cromosoma de más, el 21.
Síndrome de Down.
Parecía que estuviéramos viviendo en una película a cámara lenta. El mundo de repente se detuvo en seco, y yo solo quería bajarme de él.
Cualquier decisión que Juan y yo tomáramos, cambiaría nuestras vidas para siempre. Nunca había estado a favor del aborto, pero el miedo y la incertidumbre al futuro de la vida de nuestra pequeña, también nos encogía de pena e impotencia el alma.

Decidimos seguir adelante, y hoy nuestra hija, aunque nació con una cardiopatía congénita, tiene ya tres añitos, y es la mayor alegría de nuestras vidas.

Nos ha enseñado el valor intrínseco del ser humano. La pureza en el más amplio sentido de la palabra. La ternura ha invadido cada rincón de nuestra casa, y el amor… el amor es su sonrisa personificada.

Lo siento, creo que no me he presentado, mi nombre es Carmen, y la causa de mis desvelos, se llama Esperanza.

 

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