La catedral del miedo – @tijeramanca

Javier Esteban @tijeramanca, krakens y sirenas, Perspectivas

La carretera se perdía en una negrura pedregosa a partir del último estertor de las farolas. Más allá, aún se intuía la mole de algunos pocos edificios a medio derruir: viejas naves o tal vez casas abandonadas bajo la luz de guardia que el centro comercial, sólo a un par de kilómetros, proyectaba contra el cielo atiborrado de nubes.

Raúl se había apartado un poco para escanciar otra meada sobre lo que quedaba de un seto, junto al vado de un taller de maquinaria pesada. Yo cerré la portezuela del coche con una onomatopeya sin entusiasmo. Me enderecé todo lo que pude estirando los brazos en cruz y tomé aire con un bostezo laborioso, pero me vi obligado a subirme a la acera cuando un Clío enfiló por la misma callejuela en la que habíamos aparcado. Vi cómo uno de los pasajeros —chavales todos de menos de veinte— pegaba la cara a la ventanilla para ofrecerme una mueca entre chula e inmaculadamente borreguil. Incluso le colgaba un poco la mandíbula. Rebusqué el reloj bajo la manga de mi jersey. Las tres menos cuarto. Ya habrían cerrado los bares de copas del centro, pronto empezaría a formarse una pequeña caravana a la entrada del polígono. Justo en ese mismo momento regresó Raúl, arrastrando los pies hasta mi altura.

—Vamos, ¿no?

Lo decía como si pensara en serio que yo tenía algún interés en quedarme ahí plantado. Para tranquilizarle me colgué los pulgares de los bolsillos traseros del vaquero y eché andar con parsimonia. Él se apuntó al compás de mis pasos. Volvió a enumerarme las gozadas que me aguardaba en la paralela, en cuanto llegáramos de una vez al garito del cuñado de su jefe. Por lo visto todas se resumían en que aquí, al contrario que en la mayoría de los antros de la zona, nunca te servían garrafón.

—Eso está bien —asentí un par de veces, sin molestarme ni en maquillar la desgana. De repente, Raúl me rodeó el hombro con el brazo y le endosó un apretón afectuoso a mi pobre nuca. Como tiene que ser, le correspondí con un codazo en las costillas. Él marcó aún más esa sonrisa afilada, lechosa como los destellos de los faros en tránsito que nos iba devolviendo el muro.

—Eres un cabrón —susurró, extinguiendo la frase en una carcajada que era también un halago. No me quedó otro remedio que acompañarla con un guiño mientras doblábamos la esquina.

Desde varios metros por delante, uno de los porteros —calvo, trajeado y con perilla— nos escrutaba bajo el ceño que prescribe el manual de bufo coñón para fingir perspicacia. Un grupito de pibas se entretenían tonteando con su compañero y, por la manera en que se colocó, supe que se había resignado a bloquear nuestro avance en solitario. Sin embargo, un leve brillo de reconocimiento casi humanizó sus rasgos según nos fuimos acercando. Al final se contentó con saludar con un cabeceo apático a Raúl. Le reconocía como otro de los habituales.

Éste respondió alzando los brazos en un gesto alegre, tan repentino que yo creo que el pobre capullo se temió que hasta fuera a propinarle un abrazo. En lugar de eso se arrojó, conmigo a rastras, lejos de su rapado alcance a través de las puertas de metal contrachapado y rematadas por un enorme ojo de buey. Por suerte, una bocanada de humo seco nos saltó a los pulmones —debían de estar probando la máquina—, tras lo cual nos atrevimos a aflojar un poco tanta mímica pueril, desgastada, y acabamos haciendo nuestra entrada en medio de un destello de silencio.

 

No, la verdad es que no estaba dispuesto a conceder crédito a la propaganda, por mucho que dejara resbalar brevemente los ojos por el escote de la camarera que me llenaba el vaso, y de ahí hacia ese tatuaje reciente que asomaba del ombligo todavía un poco rojo. En realidad la tipa no era nada que me llamara especialmente la atención.

Raúl debió de entender lo contrario, porque después de recoger las vueltas raquíticas de nuestros dos billetes de diez euros se puso a cuchichearme no sé qué historia que le habían contado acerca de las que se montaban ella y uno de los pinchas en el almacén. Sin dejar de ignorarle, le di un barrido a la sala hasta que localicé una par de mesas vacías en una esquina cerca de la máquina de tabaco. Era una suerte, no estaba tan lleno.

—Esto se pone bien a partir de las cuatro o por ahí, ya lo verás —rugió prácticamente Raúl cuando nos sentamos. Habíamos ido a parar justo debajo de un enorme bafle. Yo no lo lamenté mucho, a pesar de que ese cajón negro cubierto de parches de cinta aislante se hubiera empeñado en graparme su juego de graves en los tímpanos con machacona determinación. Al menos hacía juego con el repiqueteo de los dedos de Raúl sobre mi antebrazo, ansiosos por cerciorarse de que seguía la cháchara con la que me iba regalando. La cosa llevaba ya dos horas degenerando a marchas forzados a través de frases que se retorcían, mezclaban y remedaban en una prosodia a medio camino entre el jazz y una partida de pinball, pero sin salirse de los tres o cuatro temas que traía como tatuados de serie en su cerebro. Seis años a borbotones, según le venían a dentelladas de puro gris.

En un momento, sin que ni siquiera yo supiera muy bien cómo, un papel pintarrajeado con trazos granates se manifestó delante de mis narices. Las sombras amarillas de sudor que se habían filtrado al papel me picaron por un segundo como un poso de mostaza rancia en el paladar.

—Esto lo hizo Mario para mí —la voz le bailaba con el trémolo sostenido de la paternidad. Me chocó lastimeramente contra el sonoro sopapo que le había visto largarle a aquella bolilla berreante cubierta de mocos y lagrimones esa misma mañana. “Papá está hablando”, sí, y el amigo de papá había tenido que desviar hacia otro lado mordiéndose los carrillos, incómodo. Lo único que consiguió fue darse cuenta de que toda la cola de la ventanilla nueve de la oficina del registro de la propiedad les observaba con un estupor cómplice. Me hago cargo de que en realidad cualquiera de ellos hubiera hecho lo mismo. El puto crío era de los que se hacían odiosos a primera vista.

—¿Cuánto tiempo me dijiste que tenía ya? —pregunté, rogando por que la redundancia me librara de buscar ningún cauce cabal a todo aquello.

—Cinco cumplió en marzo. Es muy bueno, lo que pasa es que Miriam le tiene muy consentido. —Se notaba que estaba acostumbrado a disculparse por haber perpetrado un bichejo así: soltó la frase de carrerilla y sin cambiar ni un ápice la entonación—. Si yo pudiera pasar más tiempo en casa… Pero el trabajo, ya sabes cómo es.

Como si me estuviera viendo impelido a brindarle algo de consuelo, lo mejor que se me ocurrió fue callarme. Las palabras también sirven para cosas así.

—Y esta mujer, que no hace más que malcriarle.

Para ahorrarle las cinco o seis puyas que mi cerebro estaba pergeñando a toda velocidad, mareado por aquel embarazoso vendaval de jodiendas.

 

Empezaba a sonar igual que la matraca de un contestador automático. Recuerdo que lo pensé tal cual un segundo antes de que volviera a soltarme por quinta vez lo de que le oyera, que sentía mucho lo de mis padres, que lo tuviera bien claro. Me quedé mirando fijamente mis rodillas unos segundos y apuré de un trago lo que me quedaba de copa. El sabor del whiskey era un paso en falso. Algo tan anodino como el del hielo, el humo del tabaco o, estoy seguro, el cristal si me hubiera atrevido a hacer la prueba y morderlo.

—Necesito mojarme la cara, a ver si me espabilo —dije a modo de disculpa desde una brusquedad muy mal disfrazada al levantarme. Sabía de sobra que cuando regresara, me estaría esperando la cara de circunstancias de Raúl, un par de vulgares rebufos y, por supuesto, cómo no, otro puñetero pésame.

Como era incapaz de orientarme hacia dónde estarían los baños, por pura inercia me dejé guiar por una pareja de minifaldas negras que caminaban abrazadas. Di por sentado que se dirigían al mismo sitio que yo: llevaban pegados al sobaco sus bolsos de lentejuelas y, además, casi podía oler a un metro esa peste a menstruación. Aunque resultó que a la puerta del servicio los tíos y a la del de las tías sólo los distinguía dos cobras obscenamente idénticas, talladas en el contra chapado, pintadas con purpurina verde y morada. Por un segundo dudé, a pesar de que las muchachas se metieron por la de la izquierda y entonces sólo podía arriesgarme con la otra. Hasta que no me encontré ante una fila de cuatro urinarios incrustados en la pared no me quedé del todo tranquilo.

Hice justo lo que dije que había venido a hacer. Fui hasta uno de los lavabos, abrí el grifo, formé un cuenco con las manos y enterré mi cara entre ellas. Al incorporarme me encontré con que alguien se había entretenido en salpicar todo el espejo de agua y de los grumos de sus escupitajos. Un rastro que recordaba a un protozoo transparente se escurría vertical abajo por el vidrio. A la altura donde deberían verse mis ojos, un ramal de minúsculas burbujas de jabón o saliva se disolvían como siguiendo una coreografía de lentitud hipnótica. Podía contar casi los pasos. Una, dos, catorce, veintiséis. Las cicatrices líquidas que devoraban la superficie iban formando curvas, eses, espirales mutiladas. El bosquejo azul de una especie de cara empezó a insinuárseme por el rabillo del ojo. Todo lo demás, el reflejo blanco, vacío, de los azulejos y de los fluorescentes que parpadeaban, se abstrajo por completo de mi campo visión por unos instantes y apenas me dio tiempo a reaccionar cuando la puerta de uno de los váteres se abrió con un crujido seco.

Reculé unos pasos instintivamente, me aparté lo que pude del lavabo e hice como si me estuviera abrochando la bragueta. Dos tipos me echaron una breve ojeada ausente, que les devolví con pereza. Veintitantos. Musculosos en sus camisas de manga corta, pelo engominado, factura clónica. Uno de ellos se acercó al espejo y se masajeó con la punta de los dedos los pómulos y las aletas de la nariz, aspirando ruidosamente. Me pegué con disimulo a la pared, pero salieron sin hacerme más caso ni percatarse del minúsculo borrón ya apenas gris que persistía en el reflejo.

Esperé casi un minuto antes de seguirles. Necesitaba tranquilizarme, transpirar. Apreté varias veces los nudillos con todas mis fuerzas, a continuación los aflojaba hasta que volvían a recuperar el riego; con esto el chispazo de ansiedad fue remitiendo. Qué bueno era, me sorprendí pensando, sentir el tibio pulso de tu propia sangre revolviéndose bajo la piel.

La mesa contigua a la nuestra, la más grande, estaba ya ocupada por un corrillo de tres parejas. Aquella chica, descolgada vete a saber por qué, se había apropiado del último taburete libre al lado de Raúl y él llevaba ya un rato tratando de darle conversación por lo que intuí al salir del baño, a tiempo de testimoniar cómo ella le devolvía un par de monosílabos que resbalaron sobre él, evaluándole, para luego concentrarse estrictamente en la pista. Ahí se acabó el flirteo: quedó bastante claro por la manera en que giró el cuerpo para poder darle todavía más la espalda. Sin embargo Raúl no se atrevió ni siquiera entonces a diluir esa mueca dentuda que se había dejado brotar estúpidamente en el rostro. Cantaba incluso desde la barra, y me hizo preguntarme si de verdad necesitaba otro de esos rones con cola que me había parado a recoger por el camino.

Desde el principio, algo de la muchacha me resultó familiar. No sé si fue la manera en la que el cabello se les escurría tapándole la cara, o la aguda barbilla que insinuaba levemente su perfil. Tampoco quise prestarle mayor atención, a pesar de que en cuanto me vio acercarme, Raúl empezó a señalarla con un guiño y un cabeceo bastante poco sutil. Ni siquiera puedo decir que fuese bonita. La salvaba del montón el liguero que se le revelaba por debajo de un vestido de tópico “mujer araña” —entallado, negro, con una red de encaje cubriendo el abdomen— al cruzar las piernas. Unas piernas demasiado delgadas y flácidas, por otra parte.

Rodee la mesa por detrás, me senté y le tendí su copa sin ceremonia alguna. Raúl debió de interpretar que aquello era una especie de guiño para que volviera al ataque.

—Este es…

Antes de que terminara de pronunciar mi nombre, ella dejó escapar un bufido de auténtica exasperación, a juzgar por la forma en que hinchó y deformó los mofletes. Al menos pude ver su cara de frente, por fin. Llevaba la boca pintada de un grueso caoba, no le quedaba mal sobre esa piel tan pálida como un folio, junto a las bastas líneas de rimel que se agotaron al borde de los párpados cuando frunció el ceño en una expresión a años luz de la coquetería y se alzó para marcharse.

Supongo que Raúl había perdido el hilo en la minúscula maraña de los acontecimientos, se le cruzaron los cables y no quería dar su brazo a torcer. El caso es que hizo el amago de seguirla con una retahíla de vocativos titubeantes —“ey, preciosa”, llegó a decirle…—, se puso también de pie, dio un par de pasos. Pero en ese mismo instante una figura en mangas de camisa emergió por su flanco y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio de un empellón.

Todo estaba perdido, lo supe en el acto: no valía la pena ni que me acercase aunque toda la escena estuviera trascurriendo a unos pocos metros de mí. El otro era más joven, más alto, un amenazador punzón de plata plateado le atravesaba la napia, y Raúl estaba demasiado fofo, apagado, atrofiado. No lo bastante bebido como para no permitir que ese niñato le acojonara.

La muchacha se esfumó por detrás del bulto bamboleante al que se había visto reducido mi amigo, que ni siquiera me buscó con la mirada al regresar a su asiento. Tras lo humillante del numerito, era más que obvio que no quería gresca. Se desplomó literalmente a mi lado, con la cabeza gacha, el mentón clavado en el pecho. Los codos le quedaban colgando entre las piernas y entrelazó los dedos de unas manos que prácticamente temblaban. La pose era de foto, sólo le aguantó unos segundos.

—Es una cría —hipó de repente. El latigazo del susto no había acabado de borrársele de los ojos. Restaba bastante verosimilitud al conjunto, una lástima. Yo le palmee el hombro con dejadez. ¿Qué ganaba por no hacerlo?

 

Quizá había venido con ellos, o se trató de una mera una cuestión de lucirse como un cebo y ofrecer alguna mirada sabrosa a la noche, me daba igual. La cosa es que cuando volví a localizar a la chica, cinco minutos más tarde, caminaba aferrada al trasero del tío del pendiente en la nariz. Hasta Raúl creo que se percató del volumen de la erección que acechaba tras esos pantalones tan ceñidos. Hubiera asegurado que eran de algún tipo de tela para mallas.

Los otros dos recién habían hecho acto de presencia y no se cortaban mucho tampoco. Un par de veces alcancé a discernir cómo la sombra blanca de una tercera mano patinaba por la cadera de ella. No soy bueno para las caras, aunque lo cierto es que no contaban con casi ningún rasgo a destacar. Uno estaba más o menos pasable, al segundo el acné no le hacía ningún favor. Imagino que por eso se medio tapaba la cara con una gorra de b–boy.

Les perdí definitivamente de vista cuando Raúl volvió a reclamar toda mi atención con otro monólogo, este acerca de la mierda de música que estaban poniendo. El local ya no resultaba tan maravilloso, no. La boca se le replegaba al hablar y los dientes que le lucían de un blanco viscoso bajo los últimos rescoldos del mercurio de un tubo de luz negra. No tardó mucho en agitar teatralmente para hacer como que leía algo en la pantalla del móvil. Voceó algo más, pero ya no me preocupé de leerle los labios. Nos abrimos paso con perezosos escorzos y empellones. El marasmo de cuerpos no era tan denso, lo que ocurre es que a Raúl le traicionó un par de veces la ley de la gravedad en la órbita de una rubia. Aunque cerca de la salida ya fue otra historia. Se empeñó en saludar a alguien cuya silueta no acerté a precisar bajo un oportuno ramalazo estroboscópico. Me mantuve a unos pasos. Por suerte, Raúl seguía tan de mala leche que se olvidó de mí.

Como una especie de pinza por debajo las cejas me forzó a parpadear. Luego la sensación de una mano —pequeña, uñas afiladas— revolviendo el pelo de mi nuca. Al girar sólo encontré la pared y la máquina de tabaco. Esquivándome, la sombra azulada ya se insinuaba a la altura de mi pecho. Y entonces, un vacío se me formó en el abdomen tironeando de mis entrañas desde la boca del estómago hasta el escroto. Era ella. La chica, quiero decir. Estuve seguro. Las irrisorias pinceladas de los focos de la discoteca le rehuían las facciones, pero sus ojos brotaban bajo el flequillo, sin pupilas y de color indefinible, como dos manchas. Todo duró apenas nada: con el índice dibujó un círculo sobre mi pezón derecho, labios erizados le disfrazaron el rostro en un tic hueco que a continuación, como una sobreimpresión en celuloide, fue como deshaciéndose hacia la transparencia. Cuestión de segundos, sí. Lo suficiente.

La toba de Raúl en el brazo me hizo reaccionar. Casi me engancha de la manga. Era lógico, no tenía porqué haberse dado cuenta de nada, y parecía conservar la misma urgencia que antes por salir de allí. Empujó la jamba con un manotazo que no le bastó, tuvo que ayudarse con el resto del cuerpo, tras lo cual se arrojó en una torpe zancada desde el borde del escalón. Estupendo, le seguí en su vacilante retirada. Entre regüeldos, me rodeó el hombro. Buscaba un punto de apoyo más que mi simpatía, así que esta vez no intenté zafarme aunque a cada paso me desquilibrara. De repente, al llegar a la esquina, sentí como su abrazo se encrespaba. Seguí su mirada hacia un Fiat Punto blanco con alerones y salpicado de pegatinas en la trasera.

Los cuatro estaban ahí. La muchacha —ya no una sombra— y el del piercing comiéndose mutuamente los morros. El que no tenía granos en el asiento del conductor, en pugna con el dial de la radio y volviéndose loco por culpa de una tanda de interferencias. El que resta era sólo un bulto apuntalado sobre el capó. Ninguno se fijó en nosotros, dudo que se hubieran molestado siquiera. Raúl, sin embargo, empezó prácticamente a tirar de mí, tarareando un “putos-no-sé-qué!”, en voz muy baja, y no paró hasta que llegamos a mi coche.

En cuanto desactivé con un bip los cierres del seguro, se precipitó al interior afirmando una risilla bronca mutada en ladrido —“¡iieeeerrrdaaa!”—. Le pedí que se abrochara el cinturón y mientras forcejeaba patoso con la hebilla, vi el fulgor plateado del Fiat virando por nuestra bocacalle en dirección la carretera de circunvalación. Arranqué casi en segunda, pero aflojé el acelerón. No había prisa. Las cinco menos veinte marcaba la hora en el salpicadero.

 

Fue un pobre sucedáneo de persecución. Las luces de posición del Fiat rompían la oscuridad con una incandescencia somnolienta. Mantuve unos cincuenta metros de distancia. Raúl dormitaba o jugueteaba otra vez con su teléfono, no me fijé. Un par de maniobras suaves, curvas abiertas, la iluminación baja… La incorporación se cerraba en un camino de tierra antes de llegar a la rotonda. Redujeron velocidad, yo me pegué al arcén y el asfalto cuajado por la humedad de la madrugada me devolvió su rumor a través del volante.

—No te confundas, no es esta, es la siguiente —avisó mecánicamente Raúl.

Al emprender el giro, otros dos coches nos adelantaron. De repente, cuando pasaban junto a él, el Fiat dio un brusco bandazo, pero iban demasiado veloces: no llegó a tocar a ninguno. Sólo consiguió un berrido a dúo de los cláxones, mientras se alejaban como delfines histéricos.

—¿Qué coño están haciendo?

Raúl acababa de reconocerlos, le escuché contener la respiración cuando di las largas; un parpadeo bastó para distinguir el baile de siluetas. Alguien que trataba de incorporarse, de desembarazarse de la presa de otros cuerpos. El contorno de una boca, un brazo que giraba en el aire y caía contra los trazos de un rostro descompuesto, la cabeza alzándose contra el techo del coche, el cabello alborotado, una saña vencida. Una mano se estrelló contra la luna trasera; una, dos veces y quedó ahí: la palma pegada al cristal igual la ventosa de un geco o un muñequito de Garfield. Los dedos agarrotados, salpicados de un poso —más bien un reguero— de sangre.

Corté el faro y como si acabara de liberarlo de un hechizo, el Fiat recuperó la estabilidad. Aceleró, dio la vuelta completa a la rotonda, desapareció por la misma incorporación que acabábamos de dejar atrás. Una polvareda, un rugido. Yo no les seguí de inmediato, sino que enfilé por el carril izquierdo. Levanté el pie del embrague, era una recta prolongada. Pude permitirme sostenerle la mirada de perpleja aprensión a Raúl unos instantes. La escena acababa de arrebatarle de la cómoda inopia a la que el alcohol le había reducido. Ahora, directamente farfullaba.

—No creo que sea…
Tensé los hombros.

—Llama a la policía.

Sus cejas se colapsaron y empezaron a esbozar y desechar guiños como las de un puto mimo con epilepsia mientras buscaba una buena razón para negarse. Pero al final no la encontró, o no se atrevió a decirla y acabó marcando los tres números con una lentitud casi artrítica. Tuvo que hacerlo dos veces más antes de darse por vencido. Me tendió estúpidamente el terminal.

—Aquí tendría que haber cobertura.

Me eché a un lado y frené por completo. La inercia le proyectó levemente contra mí. Adivinaba qué le estarían diciendo mis ojos, clavados en el breve horizonte de la carretera y el próximo cruce, poco más de medio kilómetro. Mi nombre empezó a brotar de su boca como un taco. No había llegado a apagar el motor. Abrí la guantera y saqué la automática de fogueo. Un modelo Beretta imponente y anguloso, con las cachas ribeteadas en dorado y el cañón sin cegar. Se la puse en la mano que tenía libre, molestándome en amartillar el percutor por un mero antojo dramático. A él no se le ocurrió rechazarla, a pesar de que aún trataba de escupirme todos los pobres reparos que se le iban ocurriendo.

—Ellos eran tres, ¿qué se supone que quieres que hagamos? Hay una comisaría en el barrio de…

Los neumáticos chillaron doloridos al derrapar y Raúl abandonó sus silogismos para unirse al coro. “Por favor, tío, por favor”.

—Cállate —le urgí.

Turbulenta, una sintonía muy diferente comenzaba a pulsar ya por detrás de mis tímpanos, disolviéndose confundida con la grava que golpeaba los bajos del coche y como imitando el chapoteo de una lluvia compacta, filosa, cuando alcancé la estrada que llevaba al descampado tras el parking del centro comercial.

 

Nos saltaron encima antes incluso de que hubiera detenido el coche. Un trallazo en plata sobre el capó, otro contra mi ventanilla. Salí con un fuerte empujón para tirarme rodando al suelo y me escurrí como una rata buscando un hueco para incorporarme. No fui capaz de identificar qué arma llevaba el otro hasta que la enterró a unos centímetros de mi oreja: una especie de zapa para acampada, usaba la pala como un hacha. A partir de aquí, me hice la composición de lugar en el acto. El que iba a por mí era el del piercing. Deduje que tenía asumido su papel de caudillo, de buen colega, y por eso cedía su turno de revolcón en el coche. Se estaba reservando para el final. Así también se aseguraba de dejarle el mejor recuerdo a la nena.

Raúl lo tuvo mejor. Pudo salir blandiendo la pistola mientras su adversario, el feo con la gorra y los granos, reculaba adoptando una ridícula guardia de boxeo. No le sirvió de mucho cuando, borracho y todo, Raúl se las apañó para encajarle una patada en los huevos. Pura suerte. El chaval aulló, capado más de la sorpresa que por la propia potencia del golpe. Lo siguiente fue que no tuvo mejor idea que acudir en mi ayuda. Y que la jodió. Abrió fuego.

El estruendo estuvo muy logrado, pero el triste topetazo del perdigón de algodón en el pecho del tipo del piercing arruinó todo el clímax heroico de la jugada. Una coz a la rótula le bastó para frenar a Raúl en mitad de la carga: este sí que sabía pelear. Levantó el brazo. El afilado vértice de metal brillaba a la luz de los faros y del crudo reflujo de adrenalina en sus sienes. No me quedó otro remedio que interponerme. Aparté a Raúl de un empellón —le vi soltar la pistola, perderla fuera del alcance de las luces— que prácticamente le empotró contra el capó del coche.

La secuencia entera desde el disparo hasta que la hoja me partió el cráneo no llegó a durar más de unos segundos. Se cerró conmigo cayendo de rodillas y la pastosa mancha roja regando la tierra como un escupitajo.

Entonces, ese rumor pánico me llegó desde el Fiat. La señal.

La brecha me había abierto de lleno el ojo izquierdo. Todo giraba envuelto en un azul como de celofán. Me erguí con pesadez y escuché un jadeo ansioso a mi espalda; la impresión había podido con Raúl de nuevo. Pero el del piercing prefirió considerarme una faena a terminar, antes que preguntarse cómo era capaz de mantenerme de pie con los sesos derramándose en un cuajarón pardusco sobre las mejillas. Esta vez no hice ni el amago de esquivarle. Agarré el puño que sostenía la zapa en pleno vuelo. Sus nudillos chascaron. A continuación, flexioné maquinalmente mi muñeca y le retorcí el brazo hasta desencajarlo a la altura del codo.

Una sombra se me abalanzó por el lado ciego. El contraataque de del acné ya tardaba. Mi mano libre se le estrelló en el esternón cuando aún estaba en el aire. Estoy seguro de que le rompí alguna costilla, ya lo de menos: el asunto quedaba resuelto. Lo principal era nada de abrirles, y eso lo había cumplido a rajatabla con los dos. Tendría que darse por satisfecha. Así además, del tercero, el que estaba con ella en el coche, pudo ir dando cuenta a su aire, con tranquilidad, durante todo el follón.

En cualquier caso, no dijo nada cuando se nos acercó con el vestido desgarrado, el escote dado de sí por debajo de los pechos, la falda arremangada hasta el ombligo. Llevaba los restos de un tanga negro prendidos del tobillo y la cara, los muslos y el sexo embadurnados de un púrpura a medio coagular. La manera clásica, me dije. Parecía muy del tipo de las que suelen esconder cuchillas de afeitar encajadas entre los labios vaginales.

Pero su mera presencia también era un valium y un frenético picotazo, un cóctel de feromonas y serotonina a la vez. El ritmo del corazón de Raúl se explayaba al borde de la taquicardia, sin atreverse ni a pestañear. Los otros, aun doloridos, aun reducidos a una cochambre amoratada y temblorosa, tres cuartos de lo mismo. No pude menos que admirarme de esta definición in situ del poder.

Al instante siguiente, el embrujo se esfumó, por supuesto. Cuando empezaron los gritos, los chasquidos, esas cosas, la bilis y las lágrimas formaron un reguero viscoso por el mentón de Raúl. A partir de aquí, todo se reducía al puro asco. Había que estar rematadamente enfermo para seguir cachondo viéndola comer.

 

Bastó con unas cuantas paletadas de tierra ya húmeda por el vaho de la madrugada, una manta a cuadros verdes y borgoña que encontré en el maletero del Fiat y un montón de piedras. La zapa tampoco daba juego para mucho más. Aparte, pronto empezaba a clarear y el cielo seguía encapotado. Hoy llovería, no tenía mucho sentido preocuparse de enterrarlos mejor.

Moví el coche hasta una franja de tierra tras unos árboles y me di por satisfecho. Tuve la precaución de apagar los faros. Habíamos dejado la carretera muy atrás, pero nunca se sabe. Yo no necesitaba tanta luz de todas formas, acababa de perder un ojo.

La chica dormitaba ya en el asiento trasero, arropada bajo un chubasquero raído por demasiadas intemperies. Estaba desnuda, le había hecho enjuagarse un poco con la botella del agua para el carburador, y me percaté de una larga cicatriz en espiral que arrancaba cinco centímetros a la izquierda de su ombligo para difuminarse en un ramillete de pliegues blanquecinos al llegar al pubis. Ella cazó mi mirada, marcándola con una sonrisa triunfal al tumbarse.

Raúl seguía acuclillado junto a la puerta del conductor. La cabeza entre las rodillas, como en estado de choque, por llamarlo así. Había pensado que lo mejor era dejarle un rato en paz. Al menos hasta que la herida se me hubiera secado del todo, asfixiando el dolor como una extraña resaca desde el coágulo ambarino que cubría mi frente. Cuando rocé su hombro con el pulgar, no se sobresaltó siquiera. Me acurruqué a su lado, encogí las piernas, la zapa en mi mano aún cubierta por grumos de textura oxidada. Levantó la cara y al hacerlo casi perdió el equilibrio contra la carrocería. Pero el tibio embeleso del mohín me sorprendió. Claro que ya había liberado sus esfínteres un rato antes, me dije, mientras la chica le excavaba a bocados un canal desde la femoral al riñón al tío del piercing.

—¿Quién es? —Sonó ineludible y trivial como el pastoso goteo de una cañería, el rubor de un viejo candado al desgajarse. Por supuesto, no era la pregunta exacta.

—Nadie. Alguien que necesitaba mi ayuda. Una mala coincidencia. Poco más —Esto al menos era cierto, ¿qué podía decirle? La respiración de Raúl vibraba en un denso chapoteo sobre mi tímpano triturado. Dejé morir una pausa.

Lentos pedazos del sol reptaban ya por los bordes del firmamento, la tierra. Tentáculos de fucsia. Él se rebulló de nuevo. Para tomar distancia o escrutar los dibujos que las esquirlas de hueso removían en mi frente al soldarse, no lo sé. Hubo como un raro chasquido de tendones contrayéndose cuando se llevó la mano al bolsillo.

—El teléfono no funcionará. —y nada más oírme, pestañeó con fuerza, como si le hubiera llamado gilipollas de una forma retorcida y cobarde, como dándose por aludido. No era el móvil lo que buscaba, sino la cartera. La abrió. Extrajo y desdobló cuidadosamente el dibujo de su hijo y yo casi me alegré de que tanta viscosa teatralidad estuviera sustituyendo a las explicaciones. Seis años, había dicho sí. En seis años pueden ocurrir muchas cosas. ¿Y qué, si ninguno de los dos teníamos nada más pendiente por hablar?

El día terminó de romper definitivamente contra nosotros depositando un aleteo anaranjado sobre el metal de la zapa. La volteé para que brillara mejor y Raúl ahogó un falsete. Tal vez le decepcionaba no ver que me deshacía ardiendo en una llamarada borrosa, pero el caso es que la luz le quitó toda la gracia al asunto cuando me repasé el pómulo con el filo de la herramienta.

Lo de ahora lo sentí: el músculo boqueando igual que una víscera perforada, una vejiga vaciándose, el cráter de mi ojo ocular que se agrietaba para empezar a supurar el lastre de flemas, la piel revestida por una lenta procesión de babosas quemadas… Un nuevo tegumento de párpados latía recién nacido bajo tanta carne echada a perder.

Lo único que veía a través de ellos era un reflujo de formas deshechas en un pálpito ansioso, así que alargué la mano; Raúl ya no intentó apartarse. Sé que mi caricia no pudo dolerle, sólo le dejó un surco húmedo en la barbilla.

Ya no le di tiempo a adivinar qué más. El siguiente tajo fue directo a su garganta.

 

Visita el perfil de @tijeramanca