La casa sin ventanas – @dtrejoz

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“Quedas en cada trozo de nostalgia
en el abrazo por la espalda,
en los azules en el viento,
entre los puntos suspensivos de
un suspiro eterno”

     Todo empezó una tarde de primavera, como suelen empezar las historias bellas, las de ocasos que se detienen en las ventanas, las de brisas que llegan desparramando el aroma de los geranios y el murmullo de las voces del pueblito en su garganta, las de cielos proclamando una promesa entre nubes blancas.

     Fue ahí cuando ella se asomó por la ventana y le arrancó en un pestañeo la indiferencia y el hastío. Su nombre era Natasha, pero eso él jamás lo supo.

     El hombre era un saxofonista de los que se dicen: “acabados”. Había guardado, desde hace un buen tiempo, su viejo instrumento marchito de sueños, mientras él se fue quedando, lentamente, ermitaño de vida, decía que a nadie le interesaba escuchar a un anciano tocando el saxofón. No tenía un motivo que lo sacara del letargo, nada que lo impulsara a crear las melodías de antaño, la música moría de frío en el metal del saxofón.

—Todos morían…el viejo, la música y el saxofón.

    Aquella tarde un motivo floreció (se los dije… era primavera). Todo el horizonte se resumió en la ventana de marco blanco de la casita del frente, porque cuando Natasha asomó su carita a ojos cerrados, cuando sus pestañas tocaron la luz, una tierna sensación de querer besarle la frente se apoderó de su silencio.

    Entonces ella abrió sus ojos y dejó que se le saliera el cielo. Tenía la mirada perdida, miraba la oscuridad desde sus ojos azules, la dejaba salir al viento.

    El corazón del viejo se quebró, aunque nadie más escuchó el estruendo. Fue a la esquina de su lúgubre habitación, desempolvó su saxofón para intentar besarle los oídos. Y lo hizo. Una melodía empapada de nostalgia atravesó el cielo por el ocaso. Las aves que hacían la siesta, volaron, dejaron temblando el alambrado. La melodía brotaba del instrumento, pero parecía venir de un lugar aún más lejano…del corazón de un hombre que se hizo anciano. Pero eso a la música nunca le ha importado, llegaba más allá de los oídos, abriendo puertas y ventanas en las paredes de sus almas, convirtiendo en universo cada espacio suyo. El corazón del viejo empezó a reír mientras sus ojos lloraban, porque advirtió que Natasha giraba sobre su eje, ensayaba un baile cómplice con la melodía que él tocaba, movía sus hombros despacito de un lado a otro, con sus ojitos cerrados y sus manos imitando el vuelo de las aves que escuchaba, como le habían dicho los que saben, los que ven. De frente, la música parecía besarla, de espalda, era un abrazo que la envolvía, era un blues herido de olvido que despertaba en su mirada. Nunca supo que ella fue la razón de aquella tarde y sus sonidos, como tampoco conoce el color del cielo aunque lo lleve en sus ojos vacíos. Pero sí que pudo dejarse llevar por los azules en el viento, pero sí que supo quedarse en el vaivén de los acordes, entre los puntos suspensivos de un suspiro eterno.

    No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero qué afortunado se siente uno cuando el alma consigue sentir la belleza de los milagros que no se ven, una emoción, un despertar de sueños, una conexión de almas…un coincidir de vidas. Pensar que un hombre viejo y tembloroso pudo hacer las paces consigo mismo y perdonarse sus derrotas, y hacer una tregua con su saxofón olvidado para llenar de música el viento, y ser el motivo de una sonrisa que gira y gira en un baile lento por la ventana del marco blanco, en el segundo piso de la casita donde vive una niña ciega, y que ambos puedan entenderse en el lenguaje de los que se dejan llevar por lo que sienten.

 

    Era una tarde de primavera como cualquiera, de esas que no se asoman en una casa sin ventanas, pero eso Natasha no lo sabía, así que dejó su alma de blues tendida al viento.

 

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