Killer Robot – @tearsinrain_

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No hay una razón ni exacta ni clara por la cual el señor Sandemetrio (sexo masculino, apariencia de 57 años, redactor de esquelas en un periódico nacional, padre de una familia descompuesta formada por una mujer a la que apenas ve y dos hijos, Alejandra que no le habla y Pedro, que le habla a base de gritos y desprecio; calvo por la coronilla, pelo castaño claro a los lados, algo pasado de peso y posición que denota baja autoestima) se encuentra sentado enfrente del androide (sexo virtual femenino, apariencia de 27 años, pero creada hace cuatro meses, funciones de información, guía y asesoramiento en relaciones personales de carácter sentimental, sexual y social genérico; pelo negro lacio, delgada y posición erguida que denotaría, si no fuera una máquina, seguridad y estilo propio) sin decir nada. Hace un calor de mil demonios en un agosto como no se recuerda, o que no se quiere recordar que viene a ser lo mismo sin serlo, se oye de fondo el ruido del agua cayendo por la cascada artificial del enorme hall de la empresa multinacional y también el rumor de algunas conversaciones y el pitido melódico de los ascensores cuando llegan y cuando se van. La imagen de Sandemetrio podría bien confundirse con la de una estatua de las que se pusieron de moda hace tiempo, hiperrealistas las llamaban, que se encontraba uno por azar al ir paseando por los barrios de la ciudad, sentadas o moldeadas sobre un banco, de pie frente a un escaparate o simulando recoger flores en un jardín urbano. Lleva puesta la americana de trabajo, una de ellas, de color azul atardecer con unas rayas blancas finísimas, apenas perceptibles, la corbata de un azul amanecer, los pantalones del mismo tono que la americana sin las líneas verticales, zapatos negros que le causan dolor en los pies, sobre todo en el derecho en el que los dedos se le cierran en garra. El androide sonríe tontamente, pero es una tontería de esas que te hacen pensar, o al Sr. Sandemetrio se lo hace pensar, que es alguien agradable, que solamente tiene palabras amables y que debe tener la piel fresca y su aliento oler a pasta dentífrica mentolada. Sin embargo el pensamiento de Sandemetrio no tiene ningún mérito, pues es un androide creado especialmente para resultar agradable y tener solamente palabras amables. Alguien que conociera al hombre y que tuviera, como tiene casi toda la especie humana, una tendencia a emitir juicios de valor que rozan la psicología de bolsillo, juzgaría que él está allí debido a que el androide es el único ser que no le juzga, que no le infravalora, que le trata con cortesía, y que eso hace sentir bien al hombre y por eso está allí, sentado, sin decir ni hacer nada. Los peores de esos que juzgan, dirían incluso que el buen hombre tiene fantasías sexuales con la máquina de facciones humanas, tan parecida a una humana que resulta irreal, por paradójico que pueda resultar. Hace tiempo que Sandemetrio dejó de tener fantasías sexuales, su lívido desapareció confundida por los poros de la suela de unos zapatos deportivos que se calzaba cuando salía a caminar por el parque que hay cerca de su piso.

La androide abre la boca después de un tiempo de silencio durante el cual a cualquier ser vivo le dolerían las comisuras de tanto sonreír, y pregunta a su preguntador si necesita algo más. Él suspira, ella ladea la cabeza, pero no como haría un perro sino en la forma en que lo hacen las personas que quieren hacer ver que entienden cómo estás, un intento mecánico de empatía programada.

-Lo que yo necesito –dice al final Sandemetrio, con su voz plácida y suave, tan suave que en muchas ocasiones sus interlocutores tienen que acercarse más o pedirle que hable más alto– es que me mates.

Hasta hoy, una tarde cualquiera de un agosto como no se recuerda, no se ha atrevido a formular su deseo. Hacía preguntas a la chica máquina sobre muchos temas, ella respondía de forma natural siendo artificial igual que hay especialistas en responder de forma artificial siendo naturales, algunas veces decía que no tenía respuesta para aquello que él formulaba, en ocasiones le derivaba a otros servicios u otros androides más especializados. Sandemetrio sospecha que a nadie del departamento de programación ni del departamento de diseño de la personalidad de la empresa japonesa que construyó al androide se le ocurrió la posibilidad de que un usuario o usuaria se presentara ante un simple robot de información sobre actividades de una inmensa multinacional para pedirle un suicidio asistido o un asesinato, y por lo tanto imagina que la chica autómata no tiene respuesta, es más, que tampoco tiene una no respuesta, una evasiva, así que da por supuesto que ésta recurre a la respuesta por defecto cuando dice:

-Lo siento, no he entendido su petición, ¿puede volver a formularla?

Sandemetrio suspira por enésima vez, gira la vista para darse cuenta que solamente le observa de vez en cuando y disimulando muy mal el conserje o uno de los conserjes del hall, uno que le ha visto allí varias veces y le ha subido la mosca a la nariz a pesar de que en un edificio como aquel no pueden entrar las moscas gracias a una barrera de protección anti insectos. Luego dirige de nuevo sus ojos color plomo de imprenta vieja hacia el iris verde de la muchacha electrónica, tan bien hecho, este iris verde tirando a manzana Granny Smith algo madura.

-Quiero que me mates –repite con un volumen algo más elevado.

Si las personas que disfrutan juzgando sin conocimiento a los demás, que de formar un partido político ganarían por mayoría absoluta, estuvieran escuchando, empezarían a valorar que la razón de esta petición de muerte en manos de androide formulada por Sandemetrio se debe a su pobre y anodina vida: que si mira cómo está su familia, que si mira qué trabajo tan monótono y triste, que si el Alzheimer de su madre, que si la relación con sus hijos, que si se le murió el perro aquel tristón que era el único que le hacía caso, que si todavía está enamorado de Aurora, la del instituto que le rechazó no se sabe cuántas veces, pero muchas, antes de que su mujer actual le aceptara pues también había ella sido rechazada muchas veces, no se sabe cuántas, por otro.

Y si bien es cierto que si el río suena, agua lleva y que entre broma y broma la verdad asoma, también lo es que el Sr. Sandemetrio no considera ni pobre ni anodina su vida. Su familia es un desastre dentro de lo estándar de los desastres: dos hijos adolescentes que se rebotan ante cualquier autoridad, en especial la paterna y la materna, Alejandra no le habla porque no es un tío guay o chachi o molón o lo que sea que se diga ahora y Pedro le habla a gritos porque defiende su territorio y su necesidad de construcción personal, mejor eso que no que se encierre y se infle a drogas, piensa su padre. Con su mujer no se ve porque ella ocupa las tardes libres participando en diferentes actividades y porque él se pasa parte del día frente al ordenador leyendo muertes. Ya no se desean mucho, pero se tienen cariño y eso a él ya le basta de momento, ambos compartieron una vida sexual muy activa con anterioridad. Su trabajo es tranquilo, le permite horarios que son un lujo y no recibe más presión que las prisas de última hora o cuando algún pariente o amigo del muerto o de la muerta se queja porque no le gusta cómo ha quedado la esquela. Y de Aurora ni se acuerda.

La petición de Sandemetrio al androide no es ni exacta ni clara, es algo que lleva tiempo pensando, pero en su mente es una nebulosa, un ente abstracto en que más que saber qué es se interpreta. En realidad no tiene especiales ganas de morir. En realidad, lo que le ocurre es que es un personaje incompleto y, como tal, su presencia en la vida no acaba de cobrar mucho sentido. Sí, tiene pasado, sí, tiene presente, pero el futuro se encuentra en la misma nebulosa que su pensamiento, quizá por eso no puede ni ver clara una cosa (su futuro) ni la otra (su petición).

-Le ruego que me disculpe de nuevo, sigo sin entender su petición.

Por unos instantes, Sandemetrio se imagina levantándose del banco de madera de diseño, sacando una ametralladora y empezando a disparar a toda la gente que pasea por el inmenso hall de la gigantesca multinacional. Ve en su cabeza a la gente corriendo y chillando, ve formarse charcos de sangre, resbalones de los que huyen y él descargando la munición como quién descarga la ira. Por otros momentos, se ve sonriendo con aire lastimero a la androide de sonrisa afable y diciendo algo parecido a “da igual, discúlpame tú”, levantándose y abandonado el lugar.

-Toda persona necesita una misión en la vida –le cuenta a la mujer tecnológica–. Esta misión va mutando con el tiempo a la vez que nosotros cambiamos con la edad, que no deja ser una de las muchas maneras de medir el tiempo, una cuenta atrás macabra al fin y al cabo. No obstante, creo que yo ya no tengo ninguna misión por cumplir. No porque las haya acometido todas con envidiable éxito ni porque las haya abandonado con estrepitoso fracaso, sino porque se han ido sucediendo, casi sin querer, y ahora ya no me queda ninguna.

Para sorpresa del hombre, la robot deja de sonreír y toma una expresión de preocupación y cierta seriedad. Convencido de que se trata de una respuesta automática, como así es, que intenta representar empatía ante lo que él dice, que no es así, Sandemetrio se dispone a continuar con su perorata, pero es interrumpido por una pregunta en tono seco e incluso brusco:

-Para asegurarme de que le he entendido bien, ¿me está usted diciendo que en estos momentos ya no aporta nada a la historia, que es un personaje que tenía una función determinada que ha caducado, que estaba destinado a una escena o una secuencia concreta y, una vez terminada esta escena o secuencia, ya no pinta nada en la trama de la vida?

El pobre hombre mira instintivamente a su alrededor para asegurarse de que lo que acaba de oír no es una broma, de que no hay nadie reprogramando a la mujer eléctrica y tomándole el pelo. El conserje, uno de ellos, ahora atiende a una pareja de ancianos. Nadie le mira, al menos que él pueda detectar. El iris verde de la muchacha biónica ahora es un dispositivo frío y escrutador. Todavía sorprendido, a Sandemetrio no se le ocurre otra cosa que responder afirmativamente. Al instante, el robot alarga sus brazos, coloca las manos sobre la cabeza de su interlocutor humano y le disloca el cuello, causándole la muerte instantánea.

Sandemetrio no puede verlo, su alma no pulula por encima de su cuerpo ni tiene una visión panorámica desde el cielo, está muerto y como tal ya no forma parte del mundo en el que se ha visto metido, involuntariamente, como todos, pues nadie viene queriendo aunque después decida quedarse, si es que esto se decide, pero después de que su cuerpo pasado de peso caiga de lado y de que la androide vuelva a lucir su sonrisa sistematizada, han aparecido un par de operarios con una camilla y una sábana, han comprobado que estuviera realmente muerto, han anotado algo en una tableta electrónica, han cargado el cadáver en la camilla y se lo han llevado hasta una furgoneta gris aparcada en el garaje subterráneo de la multinacional. Circulando por las calles de la ciudad a una velocidad moderada, la furgoneta ha llegado, ella sola no sino conducida por uno de los dos operarios, hasta unos almacenes, han introducido los datos de la tableta en un ordenador y después el cuerpo de Sandemetrio en una celda de un enorme depósito de cadáveres, con un número y una placa identificativa:

<<NOMBRE: Sandemetrio.

CARACTERIZACIÓN: sexo masculino, apariencia de 57 años, redactor de esquelas en un periódico nacional, padre de una familia descompuesta formada por una mujer a la que apenas ve y dos hijos, Alejandra que no le habla y Pedro, que le habla a base de gritos y desprecio; calvo por la coronilla, pelo castaño claro a los lados, algo pasado de peso y posición que denota baja autoestima.

USO: personaje de corto alcance, coprotagonista de un relato en un blog de diversos autores.

REUTILIZACIÓN: no recomendada, personaje incompleto. Muerto.>>

Los dos operarios han mirado el reloj y se han alegrado de que ya fuera el fin de su turno. Una furgoneta gris les espera a la salida.

 

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