Juicios públicos – @netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

Giulio Corleone hallado muerto en su cama

Las letras del titular son tan grandes que no necesito las gafas de cerca para leerlo y eso que la edad no perdona. El artículo en primera plana destaca que el mafioso, a punto de ser exculpado de sus crímenes por un defecto de forma durante la instrucción del juicio, había sido encontrado la pasada madrugada muerto en la cama, por uno de sus muchos abogados. El cadáver estaba en una de sus lujosas mansiones, pagadas con los millonarios beneficios obtenidos con la droga y la prostitución de mujeres del este de Europa y no presentaba signos evidentes de violencia…

— Tan sólo una punción en un ojo, con un objeto todavía desconocido, que le atravesó el cerebro y lo dejó seco en un santiamén— acabo de relatar la noticia susurrando bajito para mí mismo, mientras doblaba el periódico.

 

 

¡Casi me pilla, joder! — Pienso, mientras mi corazón desbocado intenta calmarse— Me ha dado el tiempo justo a meterme debajo de la cama cuando he oído el tenue silbido de un cable corriendo por una polea al otro lado de la ventana. Desde mi comprometida posición sólo puedo ver una parte de la habitación pero puedo escuchar el suave deslizar de la hoja de la ventana y sentir la ráfaga de aire fresco nocturno. Una rodilla y una mano, caen suavemente sobre la mullida alfombra apoyándose para mantener el equilibrio y, mientras, escuchar. Leggins y una camiseta negra ceñida. Guantes y un mechón largo de cabello negro. No puedo ver nada más pero me llama la atención, entre lo que puedo adivinar de sus formas, un precioso culo. “Estás tú ahora como para pensar en culos, cojones” pienso para mis adentros… pero, aun así, me fijo.

La figura, femenina sin duda, se pone en pie despacio intentando no hacer el más mínimo ruido. Cierra la ventana y se dirige hacia la cama, sigilosa. Observo la forma curiosa que tiene de apoyar el pie derecho de lado al andar, como si lo arrastrara un poco, mientras se acerca hacia mi precario escondite. Instintivamente me retiro un poco hacia el lado contrario de la cama. Justo a tiempo. Donde segundos antes había estado mi cara, veo aparecer la punta afilada de una varilla de metal mientras escucho un gemido apagado.

Pasan unos segundos y la figura femenina se sienta a los pies de la cama. Veo como usa la punta de la sabana que cuelga para limpiar algo y se pone en pie. Llega hasta la ventana, oigo un par de clicks metálicos y desaparece de mi vista en cuestión de segundos, acompañada por el silbido de un cable al pasar rápido por una polea.

Después de esperar lo que a mí me parece una eternidad, salgo de mi escondite para ver a Corleone estirado en la cama, tieso como un palo. Con la boca y el ojo izquierdo abiertos como platos. El derecho, es un simple amasijo de carne reventado y perforado. Está muerto, así que sin hacer ruido salgo buscando la escalera que me lleva al garaje por donde he entrado y de ahí salto la tapia que da al parque. Al otro lado, escondida entre las sombras, mi moto eléctrica arranca silenciosa a la primera y mientras me aleja de allí, sigo rumiando quien será esa misteriosa desconocida.

 

 

— Julián— oigo que me llama el ujier de la sala 3— anda ven que ha terminado el juicio anterior y hay que adecentar la sala. Tienes media hora hasta el siguiente que es uno de esos juicios públicos que tanto te gustan— me dice con retintín ya que después de uno de esos espectáculos mediáticos los asistentes suelen dejar la sala hecha un asco.

Y allá va Julián, “el chico del carrito de la limpieza”, a limpiar la sala. Un elemento de la decoración del edificio de los juzgados desde hace más de veinte años. Discreto, callado, siempre eficaz y atento… He visto tantas injusticias, tantas lágrimas, que un día hace ya bastantes años, después de la absolución de un asesino por una tontería decidí que, al no tener más objetivos en la vida que sobrevivir, podría ayudar a la justicia que en los últimos tiempos tenía más de circo que de justa.

Tengo todas las llaves, conozco al dedillo todos los despachos y al personal, sus miedos, filias, fobias. Sé quiénes son amigos y quienes enemigos cordiales pero irreconciliables. Entro y salgo de todas las dependencias como una sombra. Gris como el uniforme y con mi eterna gorra calada, parezco ausente pero estoy siempre atento a todos los detalles.

Hace bastante tiempo que me di cuenta de lo descuidada que es la gente. Creyéndose en un entorno seguro se dejaban carpetas y expedientes comprometedores encima de las mesas, pruebas guardadas en los cajones, armas cargadas dentro de armarios sin cerrar. Un día encontré en la parte alta de un estante un maletín antiguo, lleno de los más curiosos y letales venenos que había pertenecido a un famoso médico. Acusado de haber matado a más de cincuenta pacientes se libró de la cárcel porque era mayor. Ese fue mi primer trabajo. Estudié el caso, incluyendo las propiedades de cada tósigo; recopilé información; encontré la residencia de ancianos donde se había refugiado el asesino y simplemente le di una dosis de su propia medicina, calculada para que le diera tiempo en su agonía nocturna a reflexionar sobre el mal que había causado en vida.

Desde ese día me he ocupado de cerrar muchos casos, o cuando yo no podía llegar, de indicar al Comisario Martínez cómo hacerlo para que él se apuntara el tanto de la detención al haber encontrado la prueba necesaria para condenar al culpable. Haciendo crecer su fama y engordando su ya de por si abultado ego, conseguía que su sombra me tapara. La única precaución a tomar era que nunca supiera de donde le llegaban las pruebas que le ayudaban en su labor, por eso todos los jueves, como un clavo, se pasaba por los lavabos del segundo piso del juzgado que es donde había encontrado la primera nota y donde yo, desde entonces, le dejaba sus pistas.

Hablado del papa de Roma, acaba de aparecer por el fondo del pasillo, resoplando por el esfuerzo de subir las escaleras, mientras se sube el cinturón tratando de disimular su enorme barriga. Como siempre el palillo en la boca. Al intentar acertar a meterlo en la papelera, se le cae fuera, pero tan caballeroso como siempre no se agacha a recogerlo. Me ha visto y levantando la mano como pidiendo un taxi, creyendo que no me he dado cuenta, me llama la atención:

— Julián, a ver si limpias esto que está hecho un desastre y luego el Juez Castro se enfada, con razón— me recrimina mientras, sin darse cuenta, al girar para marcharse le da un golpe a una administrativa que hace volar por los aires el montón de carpetas que llevaba en precario equilibrio, pegadas al pecho.

— Mecagüen la leche Merche.— Exclama contrariado el comisario.

— ¡Merche no¡ ¡Coño! Marta. Me llamo Marta y podría ir usted con más cuidado— le recrimina, furiosa, mientras empieza a recoger las carpetas y los papeles esparcidos por el suelo.

Antes de que Martínez, pueda contestar, ya estamos allí su ayudante Peláez y yo, ayudando a Marta a recoger el estropicio. Entre los tres lo hacemos en un momento mientras Martínez se escabulle hacia el lavabo del segundo a ver si hoy hay buena pesca.

— Gracias Julián, gracias Peláez— nos sonríe Marta al poner la última carpeta en equilibrio otra vez sobre sus brazos. — Ya está todo.

— De nada— contestamos los dos a la vez, mientras observamos cómo se aleja, inclinando los dos la cabeza a la vez, para admirar su culo con descaro.

Al girarse la muchacha de repente, los dos intentamos disimular. Peláez escabulléndose escaleras arriba en busca de su jefe y yo inspeccionando atentamente el suelo para encontrar el palillo que había tirado el Comisario. Al agacharme cerca de la papelera, veo que tengo que meter la cabeza debajo del banco para alcanzarlo y, al girar el cuello, vuelvo a ver marcharse a Marta desde esa posición… y entonces me doy cuenta…

Marta es la chica de Penal que se pasa los turnos de guardia tejiendo jerséis para sus compañeras, Perdió a su hermana pequeña por sobredosis y, visto desde esa perspectiva, arrastra el pie derecho de una forma peculiar… Un accidente de pequeña, creo recordar que me dijo.

Me doy contra el banco al sacar la cabeza y mientras me froto el golpe puedo ver como ella no ha perdido detalle de mi maniobra y me mira con expresión curiosa. Tengo que invitarla a café un día de estos, me gusta mucho su forma de caminar, sus habilidades… y su culo…

 

 

Visita el perfil de @netbookk