Jugar al despiste – @J_eSeKa + @Imposibleolvido

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Viernes, 13.

∼Eva∼

Me pierdo en mis pensamientos mientras lo miro, no sé si es consciente de lo mucho que lo pienso últimamente.

Está recostado en el sofá adormilado y aún sin aire, hace tan sólo unos minutos era yo la que gemía entre sus brazos. Cada vez es un poquito más difícil ocultarle todo esto que ha despertado en mí. Me pongo las braguitas que arrancó con urgencia hace tan sólo un momento, aún palpita mi entrepierna. Enciendo un cigarro mientras lo oigo balbucear algo sobre que tiene que irse. Sonrío. Idiota de mí, pero qué esperaba, ¿que se quedase a dormir?

«Sí, Álvaro, lo sé. Asegúrate de cerrar bien, voy a ducharme. Ya hablamos.»

Lo beso despreocupadamente y me encamino segura y con paso firme hacia el pasillo. Se ha quedado mirándome como si quisiera decir algo más, pero no me apetecía quedarme a escuchar otra nueva excusa. Hoy no. Aún me siento vulnerable tras los orgasmos.

Voy hacia la ducha con la esperanza de que cuando salga de ella ya se haya ido.

Después de tan sólo dos semanas, después de dejarnos claro que esto no va a ser nada serio, después de convencernos el uno al otro de que esto que compartimos es algo transitorio, después de… Inútil, inútil de mí.

Me froto el cabello mientras el vaho, el aroma del champú y el calor del agua cayendo sobre mi espalda provocan inesperadamente que mis ojos decidan ponerse a llorar como si no hubiese un mañana.

∼Álvaro∼

Cierro la puerta. Otra mano ganada, pero la partida sigue en juego. Todo es una puta estrategia. La botella de vino elegida, mi mirada al descorcharla. Aprovechar el momento en el que monta los platos de la cena para susurrarle al oído lo espectacular que está esta noche, mientras le hago notar mi erección en su trasero. Levantarme de la silla tras el postre, besarla y descender lentamente hasta arrodillarme entre sus muslos, añadir mi lengua a sus labios sexuales para que me cuenten todo cuanto los de su boca no son capaces de decirme. Todo debe estar pensado antes de repartir las cartas. En qué momento debo hacerle callar con mis besos, en qué momento subir la apuesta para hacerle sentir que soy yo quien domina. En qué momento meterle la polla en la boca para hacerle creer que no voy de farol.

 

Jueves, 19.

∼Eva∼

Los vaqueros más viejos, la camiseta ajustada, dejo el sujetador olvidado sobre la cama, cazadora, carmín rojo y los tacones, altos, muy altos y siempre negros. Cojo las llaves del coche y vuelvo a acudir una vez más a una cita que he ido posponiendo aun deseando con todas mis ganas volver a estar bajo sus hábiles manos, bajo la calidez de su lengua.

Me perfumo ya dentro del coche, arranco. Sospecho que él sabe de antemano las ganas que le tengo, aunque sabe disimularlo bastante bien. Este sentirme en paz conmigo misma sólo entre sus sábanas me provoca cierto nerviosismo.

Me recibe sonriente, voraz, arrinconándome con su cuerpo contra la pared, agarrándome por la nuca con toda la mano, besándome con hambre, ansia pura. ¿Realmente es sólo esto lo que buscas? Eso te daré. Seré la más puta entre las putas. Te empujo con rabia volteando posiciones, ahora soy yo la que te arrincona contra la pared, la que agarra tu erección sobre el pantalón, la que muerde tus labios. Sonríes. Me matas haciéndolo. Algo dentro de mí se libera y entonces te abrazo y meto mi cara en tu cuello, aspiro y joder, ¡te necesito!! ¿Es que no eres capaz de darte cuenta?

∼Álvaro∼

Dominar. Dominar sus deseos te convierte en dueño de su mente y cada uno de sus pensamientos, emociones, sentimientos. El dueño de su cuerpo, de cada centímetro de su piel, de todas las terminaciones nerviosas. De todos los puntos erógenos. Dominar su cuerpo como si fuese una tabla de ouija en la que despertar todos los espíritus que se hayan muertos en ella. Preguntarle a los espíritus qué palabras le ponen muy perra, cómo prefiere que la desnude o qué canción ponerle para que haga un striptease. Preguntarles la intensidad de los besos en la boca, los mordiscos en los pezones y en los muslos; dónde erizan más su piel las caricias y los arañazos y los pellizcos; la fuerza de la lengua al lamerle el clítoris o cuántos dedos le encajan mejor dentro de la vagina. Cómo manejar el ritmo del vaivén mientras le penetro el coñito o en qué postura prefiere el anal. Cómo prefiere el orgasmo… ¿al punto o muy hecho? Dominar, porque mientras domino, ella no es capaz de atacarme, ni de adivinar mis intenciones.

 

Domingo, 22.

∼Eva∼

Espero nerviosa que llegue a casa, me ha llamado para, según él, comentarme algo importante. Creo que va a despedirse. No sé. Creo que de nuevo esto se me ha ido de las manos. Posiblemente no soy lo que busca, aunque, sinceramente, sé que soy justo lo que encaja. Me enciendo el cuarto cigarro, los quemo aspirando con toda la fuerza que da la ansiedad, templando los nervios. Tamborileo los dedos sobre la mesa.

Suena el timbre y me levanto cual resorte, ni siquiera sé si realmente estoy preparada para despedirme si es que ese fuese el motivo de su visita. Abro y me encuentro con su sonrisa radiante, me clava la mirada en los ojos y la baja al escote, me besa, no sé si responder con todas estas ganas que guardo adentro o es mejor retenerse, me separo de sus labios bruscamente y lo dejo pasar. Tras él, una caja de cartón enorme descansa en el suelo. Empiezo a estar bastante confundida.

∼Álvaro∼

Jugar al despiste para ganar la última partida antes de perder la última y decisiva mano de la primera.

La suerte de Eva estaba echada desde el momento en el que eligió ponerse un traje rojo e ir a aquella taberna irlandesa, cierta noche. O quizá desde el momento en el que yo decidí que, a la primera chica que viese con algo rojo, le entraría en plan tío interesante de película americana, con el típico gancho de: “Tienes pinta de ser la hija rebelde de una familia ultracatólica a la que solo visitas en el día de Acción de Gracias, porque odias a tu padre, director ejecutivo de un lobby bróker y que nunca se atreverá a echarle los trastos a su secretaria, pero que se pajea pensando en ella dos veces al día. Sientes lástima por tu madre, a pesar de saber que tu hermano pequeño es hijo del cura de su parroquia. Hermano al que detestas por haberse casado con la tía más estúpida de tu instituto. La misma que se chivó al director de que tu profesor de gimnasia te aprobaba porque se masturbaba delante de ti mientras tú le enseñabas las formidables tetas que ya tenías con 15 años. Aunque, a quien verdaderamente aborreces, es a tu hermana mayor y su marido. Y estoy de acuerdo contigo, Eva, yo tampoco soportaría estar en una mesa con un matrimonio de congresistas republicanos, escuchando como ellos mismos pondrían piedras, junto a Trump, en el muro para separarnos de México, mientras comes el mismo pavo insulso de cada año”. Eva sonrió y me contestó: “Si no fuese por el pequeño detalle de que mi familia es roja, atea y zaragozana, casi aciertas. ¿Y tú historia me la vas a contar tú o tengo que inventármela yo?” Le respondí que me daba igual quién necesitaba que yo fuese si con ello acaba en su cama esa noche.

17 intensos días han pasado desde esa noche. Sospecho que, Eva, además de necesitar saber quién soy, comienza a sentir el deseo de compartir mis días con ella, incluso el resto de mi vida. Eso le traigo en una caja de cartón. Todo lo que necesita y desea de mí. Quien he sido, quien soy y quien en 15 días dejaré de ser. Todo está escrito, desde que nací, hasta en la playa de la Patagonia en la que pienso ahogarme para no darle el placer al cáncer de hacerme sufrir hasta el final. Ya no llegaré a ser un escritor famoso, pero sí seré inmortal, porque cada vez que alguien vuelva a invocar a los espíritus sobre el cuerpo de Eva, ella me recordará.

 

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