Jugar al despiste – @iAlterego84 + @_soloB

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Penal de Sing Sing. 1930. Pasillos oscuros. Rezumantes de humedad y salitre. Frío. Tanto en el ambiente como en el alma de los que están allí. Es de noche y a estas horas no hay distinciones entre carceleros y prisioneros. La luz eléctrica parpadea en los pasillos y arroja sombras inquietas, en las que se difuminan las fronteras que marcan los barrotes. La media noche aquí no es precisamente la hora de las brujas. Más bien es la hora en la que los espíritus de aquellos a los que les han freído la sesera en la silla eléctrica parecen despertar y arrancar ecos misteriosos a los pasillos desiertos a las cañerías que durante del día están silenciosas y ahora gotean.

Los presos duermen. Los guardas dormitan en la sala de control, alargando el tiempo hasta la llegada de una nueva ronda rutinaria. Paseos con los pies helados. Porra en mano. Ojos desquiciados que miran a las celdas, temerosos de encontrar a otro inquilino ahorcado del techo, las venas abiertas con el filtro de un cigarrillo carbonizado, o simplemente despierto, fumando en mitad de la noche a la espera de los sueños que dejó junto a sus pertenencias antes de vestir el mono de presidiario.

Y en mitad de esta atmósfera, un hombre se apremia para cumplir con su cometido. Está en el lavabo. Frente a un espejo grasiento que devuelve una imagen algo distorsionada de él mismo. Sonríe ante lo que ve, antes de pasarse un peine sobre unos cabellos que perdieron el color hace tiempo. Comprueba una vez más su aspecto y sale. Su ronda nocturna no ha hecho más que comenzar.

Otra noche de ronda con estos putos bastardos. No quiero pensar. Prefiero darles lo suyo con mi amiga esta que llevo colgada del lado derecho de mi cadera. Rechino los dientes. Ya está la hija de puta de mi ex mujer dando órdenes en mi cabeza. Menos órdenes y más mamármela a mí en vez de al hijo de puta con el que me engañaste durante tres años. Total, para desaparecer una mañana con una nota de tres al cuarto de «Lo siento. Llevo tiempo soportando tu mierda. Que te jodan». Qué zorra… ni valor para dejarme a la cara. Una nota. Una puta nota. ¿Quién te has creído que soy? ¿Una de tus marionetas? Toda una vida siéndote fiel y llevando dinero a casa para tus caprichos para pagarme con esta moneda. Bebo como un animal. Necesito mucho hielo en el whisky para seguir echando bilis. Me he convertido en el borracho que siempre odié, mi padre. Todo por tu culpa, zorra. Tengo el estómago a prueba de bomba. Ni siento ni padezco. Bebo para olvidar, pero no, el calor en mi garganta se convierte en ángeles vestidos de negro en mi cabeza queriendo saciar mi sed de venganza en esos inútiles que tienen aquí sus días contados. Y así, antes de freírles en la silla eléctrica, se van calentitos con mis aberraciones y mi aliento en sus caras mientras mi sonrisa se dibuja al coserlos a hostias.

La ronda sigue su curso. Pasillos desiertos. Sombras inquietas que danzan en los rincones. Miedos animales que afloran sin poder remediarlo. Hasta que el pabellón de presos violentos queda atrás al cruzar una puerta de barrotes. Nuestro amigo entra en el módulo de las mujeres. En el ambiente flota un aroma distinto. No ese aire acre y cargado de testosterona que acaba de dejar atrás. Lo que le rodea es otra fragancia. Más humana. Más cargada de ese aroma capaz de hacer que hasta los tipos duros curtidos y cuajados por la vida, se sonrojen y sonrían como niños de teta.

Sin ser consciente de ello, guarda la porra en la funda que cuelga de su cadera y aprieta el paso. El corazón le late con fuerza en el pecho. Las manos le sudan y tiene la boca seca. Trata de tragar saliva, aunque sólo queda en el intento. Tanto tiempo pensando en lo que está por hacer…

Escucho los pasos de mi presa desde la celda 211. Me acicalo. Desabrocho los dos primeros botones de esta horrenda camisa para insinuar el comienzo de mis pechos. Doy brillo a mis labios con vaselina, suelto mi larga melena. Armas de seducción apuntando a un pobre enamorado de una fiera que desconoce lo que trama. Siempre se me dio bien cazar hombres. Y eso me ha servido para llegar en mi vida a muchas cosas que de otra manera hubiera sido imposible. Dios me dio una genética envidiable. Y bueno, una que aquí también hace lo que puede para mantenerse en forma. El patio, la celda, cualquier sitio es bueno para unas flexiones, cien abdominales diarias y sentadillas en el hueco entre el retrete y mi cama. Espero que me traigas los cigarrillos que te he pedido. Sé que lo harás. Llevas 67 guardias conmigo. Me he abierto a ti como una zorra. No todo es mentira, cariño. Pero tanto tú como yo necesitamos esto. Tú recibes sexo, compañía, y alguien que en tu vida te escuche. Y yo… yo, …quiero salvarme. Y tú serás mi héroe. No es tan mala idea, ¿verdad amor?

La puerta de la galería se abre y yo no pierdo detalle. Sonrío con un cigarrillo apagado en la comisura de la boca. Desde lo alto de la torre de vigilancia parecen dos pulgas avanzando a hurtadillas sobre el lomo de un perro de presa. ¡Joder, hoy estoy inspirado! Si llego a viejo prometo escribir un libro de poemas. Pero de momento toca lo que toca. Pelarme los huevos con un frío de mil demonios y un Winchester que parece sacado de un museo de la Guerra de Secesión.

Enciendo el fósforo y doy dos chupadas. Toso y escupo. La parejita sigue a lo suyo, avanzar pegados a los muros del edificio para evitar sombras que delaten. La luna está cubierta de nubes. El muy cabrón ha sabido elegir la noche perfecta y todo. Bueno, eso y las botellas de whisky de contrabando y cartones de Lucky con los que nos ha sobornado han hecho el resto.

Doy otra calada. A tu salud, compañero. La verdad es que me alegra verte así, feliz, enamorado como un jodido colegial. Huyendo de la cárcel en la que tú mismo te habías metido tiempo atrás para empezar una nueva vida junto a alguien que parece corresponderte. Sonrío como un pánfilo. Estáis casi en mitad del patio. Ahora os toca cruzarlo de lado a lado. Espero que nadie más os esté vigilando. Dejo el cigarro en el cenicero y apoyo la culata en el hombro. Un trueno retumba a vuestro alrededor. Pareces no entender qué está pasando. Ella sí. Un mordisco de plomo en su vientre da paso a la sangre. Después, la caída contra el suelo a cámara lenta. Está lista de papeles. Vuelvo a cargar. Clac, clac. Te dejo que montes el numerito unos segundos. Pumb. Media cabeza que no tendrás que volver a peinarte en el más allá. O donde quiera que los viejos verdes como tú paséis el resto de la eternidad.

Hecho esto apuro el cigarro. Lo desmenuzo entre los dedos y me siento a esperar. Para muchos seré un héroe. Un ejemplo a seguir. Ya lo estoy viendo. Mi nombre en los periódicos y mi madre enmarcando recortes de prensa para presumir frente a las visitas.

Lo que nadie sabrá, a menos que yo se lo cuente, es que simplemente soy un hijo de puta al que le gusta jugar al despiste. La vida es un juego en el que la diferencia entre ganar y perder es seguir respirando o acabar con las tripas fuera en mitad de un callejón. Y de momento, esa puta que llaman Fortuna parece sonreírme.

 

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