Juegos de cama – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

Una lágrima rueda, silenciosa y lenta por su mejilla, mientras termina de doblar las sábanas que cubren la cama del apartamento y cae sobre el colchón desnudo. Caperu mira cómo se funde con la tela sintiendo una extraña sensación que dura apenas unos instantes, los necesarios para hacerla dudar. No consigue recordar cuándo fue la última vez que se permitió el lujo de llorar.

Ese juego de cama le encantaba, y ahora debía quemarlo. Termina de meter las sábanas arrugadas y sucias dentro de la bolsa de basura, junto a todo lo que Lou le había dicho que recogiera, se acerca a su bolso y enciende un cigarrillo aunque no puede evitar que el temblor de sus manos. Una larga calada llena sus pulmones de culpa caliente y entonces ya no puede aguantar más, se sienta en el borde de la cama dejando que las lágrimas resbalen silenciosamente por su cara.

En la niebla que precede a la inconsciencia, escuchó los tacones de Caperu, alejarse por el callejón hacia las sombras, mientras las sirenas de la policía se acercaban cada vez más. Justo cuando las luces rojas llegaban iluminando las sombras, Lobo entiendo de repente que he sido utilizado por Lulú y se desmaya.

– Un whisky con hielo, Lou, por favor.

Caperu se apoya sobre la barra sintiendo como, de repente, la vida le pesa demasiado y descarga su cuerpo sobre la madera raída que cruje, también fatigada, al sentir la presión. Lou la mira de reojo y sin hacer preguntas, le pone un vaso algo más cargado de lo habitual y deja la botella a su lado. Recoge, discretamente, la bolsa con todo lo que ella ha traído de su apartamento y la esconde en el almacén. Caperu, mientras tanto, se queda mirando el hielo flotando en ese mar ámbar del vaso y sus remordimientos se sumergen con él. No quiere pensar en ellos dos, pero le resulta imposible no hacerlo.

Lulú intentó obtener de Lobo algo más que información, para ella él sólo fue un instrumento, alguien a quien usar para alcanzar su objetivo, escapar de las garras de Bruno y, de paso, acabar con su organización llevándose todo el dinero. Y Caperu la había ayudado, sin querer, a poner otro trofeo más en su vitrina… ¡Que estúpida había sido! Lo que para ella era importante, para Lulú había sido solamente una conquista más, y ella había colaborado en el engaño. Cerró los ojos y sintió como otra lágrima, pequeña e imperceptible, rodaba lentamente por su mejilla. Con los años, se había olvidado de llorar como se había olvidado de amar y ahora continuaba negándoselo a sí misma a pesar de ser consciente de que esa lágrima caía por Lobo y, sobre todo, por lo que había ocurrido en su apartamento….

-Toc, toc, toc.

Lulú se miró por última vez en el espejo del recibidor y, antes de abrir, sacó el carmín retocando sus carnosos labios. Se había citado con Lobo en el apartamento de Caperu con la intención de pasarle algunas pruebas de los chanchullos de Bruno, o eso es lo que les había hecho creer a los dos. En realidad, lo único que quería era tener entretenido a Lobo el tiempo suficiente para convertirlo en una buena coartada. Unas horas era bastante para que los secuaces de Bruno encontraran los billetes que ella misma había escondido en su coche, para inculparle a él del robo y así, mientras los matones acababan con Lobo, ella escaparía con el grueso del botín… Pero Lulú era puro capricho y pensó: “¿Ya que debo entretenerlo, por qué no follármelo? Intuía lo que le pasaría cuando Bruno descubriera todo así que, ¿por qué no regalarnos unas horas de placer? Quizá las últimas”.

Mientras se miraba en el espejo, pensaba en lo mucho que le apetecía la idea de seducir a Lobo. Ese aire de boxeador derrotado y ausente le estaba empezando a excitar mucho y, aunque le llevara algunos años, la mirada, su voz tranquila y esas grandes manos le habían llamado la atención desde el primer día. Había escogido un vestido muy ceñido con un vertiginoso escote que le sentaba como un guante y no dejaba espacio para llevar ropa interior, resaltando sus curvas de manera casi obscena. “Lobo nunca se ha cortado al mirarme”, pensó Lulú, sonriendo al imaginar cómo se la comería con los ojos, y quizá con todo lo demás…

-Toc, toc – Volvieron a llamar a la puerta. Era la señal convenida.

Lulú abrió la puerta y, como esperaba, Lobo se encontraba al otro lado. Ella se apoyó en el dintel de la puerta, balanceándose suavemente sobre los altísimos tacones, dejando que Lobo recorriera a placer su cuerpo con la mirada todo el rato que quisiera y obligándole a pegarse a su cuerpo para poder entrar.

-Bienvenido. Te esperaba hace rato – le sonrió zalamera, mientras sentía como él rozaba su cuerpo contra el suyo al entrar.

Lulú cerró la puerta, se giró, a sabiendas de que los ojos hambrientos de Lobo se dirigirían ahora a su magnífico culo y caminó lentamente delante de él hacia el comedor, dejándole disfrutar del vaivén de sus caderas.

-¿Te apetece tomar algo? – preguntó con una botella de whisky en la mano.

Lobo asintió, aún hipnotizado por los movimientos sinuosos de Lulú. A pesar de conocerla perfectamente y saber que utilizaba su magnífico cuerpo para engatusar a los hombres y sacar siempre de ellos todo lo que quería, esa noche podía notar algo distinto… Irradiaba lujuria y él no era inmune a los encantos de esa bomba sexual a punto de estallar. La sentía liberada, sin tabúes ni complejos, sin esa máscara de falsa seducción que usaba de vez en cuando. Esta noche Lobo podía notar como cada poro de la piel de Lulú, reclamaba su ración de pecado. Sólo habían pasado cinco minutos a solas y él se dio cuenta de que ya la tenía dura.

-Joder – masculló – Necesitaba pensar y cerca de ese cuerpo no iba a poder hacerlo. Intentó a duras penas mirar hacia otro lado y se bebió de un trago el whisky que esas manos de uñas rojas le habían ofrecido.

Esas uñas… no pudo evitar imaginarlas asiéndole la polla mientras sus labios carnosos se acercaban peligrosamente, con ganas de metérsela en la boca. Lobo cerró fuerte los ojos, esa noche necesitaba tener la mente despejada y estaba claro que esa mujer no le iba a dejar respirar.

Lulú sonrió maliciosamente. Sabía manejar a los hombres y Lobo no era una excepción. La pastilla que, disimuladamente, le había puesto en el whisky ayudaba y Lobo caería en sus brazos en cuestión de minutos. Esperaba no haberse pasado con la dosis, le quería bien despierto cuando se lo follara, quería disfrutar y que él disfrutara, tenía que darse prisa porque a Lobo le brillaban los ojos y el bulto entre sus piernas delataba su tremenda excitación, era el momento de sacar el armamento pesado. Despacio, casi a cámara lenta, Lulú rodeó la mesa deslizando mientras, suavemente, la yema del dedo por el borde del vaso, bailando los pocos hielos que quedaban al compás de sus caderas y se sentó en la mesa delante de Lobo, obligándole a pegarse al respaldo de la silla donde estaba sentado para encaramarse sensualmente a la mesa, justo enfrente de él, dejando que su falda subiera muy hasta arriba, dejando ver el encaje de sus medias.

-Lobo…- dijo Lulú, su voz convertida en un susurro, mientras se quitaba lentamente el zapato de tacón, dejando ver, durante la maniobra, el encaje de sus medias sujetas por un delicado liguero negro.

Él bufó. Estaba empezando a hacer mucho calor en aquella habitación…

-Querido… – repitió Lulú, apoyando el pie enfundado en la suave seda, sobre el muslo de Lobo y ascendiendo lentamente hacia su entrepierna.

Él no podía apartar sus ojos de las uñas rojas que, bajo la transparencia negra de la media, subían como pequeñas diablesas en dirección a su muy evidente erección.

-¿Sabes, Lobito?-Continuó Lulú, alzando un poco más la falda de su vestido, lo suficiente para alcanzar la cinta del liguero y soltarla con un hábil movimiento – No sabes lo cansado que es llevar estos zapatos taaaaan altos….

El pie de ella rodeó la entrepierna de Lobo, evitándola adrede y escalando por su vientre hasta apoyarse en su pecho. Él, desde su asiento apenas podía distinguir una tentadora oscuridad bajo la falda que se le ofrecía sin dejarse ver. Lulú le cogió la barbilla y le giró la cara para que pudiera seguir con la mirada sus manos que, ceremoniosamente, iban enrollando la media, descubriendo la sedosa y blanca piel, hasta descubrir los sonrosados deditos con su perversa pedicura roja. Lobo deslizaba su mirada a lo largo de esa pierna deseoso de tomarla en sus manos. Lulú alzó el otro pie, aún calzado, robre la rodilla de lobo, clavándole el tacón, pero él ni se percató, hipnotizado por el encaje recién descubierto entre los muslos abiertos de ella.

-Querido- ronroneó Lulú, inclinándose hacia Lobo para ofrecerle un primer plano de su precioso escote- Seguro que esas fuertes manos saben dar masajes. ¿Mimarías un poco mis cansados pies?

Lobo no podía ni hablar, pero si obedecer y tomó ese pequeño pie entre sus grandes manos, comenzado a acariciarlo y masajearlo. Lulú gimió. Los pies eran su debilidad y una de las pocas partes de su cuerpo que no tocaba cualquiera, las grandes manos de Lobo la excitaban y, gimiendo de placer, dejó caer su cabeza hacía detrás. La respuesta de ella le animó y se llevó el pie a la boca, comenzando a lamer y chupar uno a uno los deditos regordetes de Lulú, mordisqueando levemente las mollitas de todos ellos.

Lulú dejó escapar un jadeo y se descalzó el otro pie, el cual fue mucho más intrépido que su compañero y se situó directamente sobre el paquete, ya muy marcado, de Lobo, comenzando a masajear al ritmo de sus chupetones, el duro tronco de su polla. Con una mano, Lobo se desabrochó el pantalón y alzándose levemente, de un tirón, los dejó caer al suelo. La seda acarició la delicada piel de su polla, arañándole un poco, pero los movimientos expertos de Lulú no le dejaron pensar en ello mucho rato. Miró a la mujer recostada sobre la mesa con su vestido casi enrollado en la cintura. Gemía suavemente con los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Gozando. El diminuto triangulo de su tanga mostraba una evidente mancha de humedad que evidenciaba la excitación de la mujer.

Con un movimiento rápido Lobo tiró de las piernas de Lulú, colocándolas sobre sus hombros y dejando al alcance de su boca el jugoso manjar que tantas ganas tenía de probar. Hundió la boca entre las piernas de ella, separando el pequeño triángulo de seda para facilitar los ataques de su lengua sobre el sexo empapado de Lulú. Los gemidos se convirtieron en pequeños gritos al sentir un par de dedos de Lobo invadiéndola sin permiso. Sería un animal cansado, pero desde luego que sabía dar placer a una mujer. Un espasmo y el cuerpo arqueado de Lulú, informaron a Lobo de que había logrado su primer objetivo. Pero Lobo no estaba dispuesto a darle tiempo a recuperarse. Levantándose, la giró sobre la mesa y alzándose detrás con la polla completamente enhiesta, la penetró sin preámbulo alguno. Hasta el fondo. Después de esa primera embestida animal, que dejó a Lulú sin aliento, se quedó quieto unos instantes dejando que ella se amoldase a su miembro, ciertamente más grande que el de la media. Instantes que aprovechó para acabar de quitarle el vestido y agarrarse como un náufrago a sus tetas masajeándolas con ansia y rudeza. Pellizcó los pezones con fuerza y Lulú quiso quejarse, pero Lobo le tapó la boca con su manaza, introduciendo el pulgar dentro casi hasta la garganta, robándole el aire y tirando con fuerza hacia detrás. Ella giró la cabeza y le miró asustada, parecía más un animal que un hombre, y en ese instante, confirmando su impresión Lobo comenzó a bombear sin piedad su coño.

Con una mano la sujetó del pelo, tirando hacia detrás en cada embestida. El pulgar abandonó la boca de Lulú, quién, con lágrimas en los ojos, pudo respirar de nuevo. Pero Lobo no estaba dispuesto a darle tregua, su manaza le azotó el culo; una, dos, tres veces, sin dejar de embestirla. Y luego paró un instante, acariciando la zona enrojecida con cierta delicadeza. Pero la tranquilidad duró poco. El pulgar humedecido se colocó a la entrada del estrecho ano de la mujer que miraba a Lobo reflejado en un espejo, con los ojos muy abiertos. Él la miró y sonrió maliciosamente, insertándole la falange entera de un golpe. Lulú gimió de dolor, pero Lobo comenzó a alternar sus embestidas en el coño con los de su dedo en el ano y el dolor fue dando paso a una extraña, intensa y profunda excitación.

Lulú estaba fuera de sí, ella que creía tener dominada la situación, la que pensaba que iba a hacerle un favor al pobre Lobo, se encontraba gozando, como nunca lo había hecho antes. En ese momento la mano libre de él agarró su cuello con fuerza, aunque sin resultar amenazante, y el bombeo, las embestidas a su coño, se intensificaron. Lulú comenzó a jadear fuerte. Se miraba en el espejo y podía ver como hilillos de baba le caían por la comisura de la boca mezclándose con el carmín. Pero estaba fuera de sí. Nunca nadie la había excitado de esa forma y en estos momentos nada le importaba. Lobo entraba y salía de ella a una velocidad casi imposible y cada golpe de su estómago contra el culo era un latigazo de excitación. De repente, sintió como un profundo escalofrío de placer empezaba a recorrer su espalda mientras escuchaba los gruñidos de Lobo… Ambos estallaron a la vez, en un orgasmo brutal que les dejó exhaustos, tirados encima de la mesa, resoplando, sudados, acoplados como animales en celo.

El resto de la tarde fue un ir y venir por todo el apartamento de Caperu disfrutando intensamente de sus cuerpos. Pero cuando se hizo de noche, Lulú se levantó de la cama, recogió lo que quedaba de su ropa en una bolsa, se puso un abrigo de Caperu, y besó tiernamente a Lobo antes de decirle adiós, silenciosamente, mientras él dormía.

Cuando Lobo despertó, buscó por todo el piso por si acaso ella le había dejado algún sobre o prueba. Cuando vio que no había nada, se duchó y salió en dirección al bar de Lou, sin saber que el destino ya había repartido las cartas, y a él no le había entregado una buena mano…

..

.

Siento el puñetazo impactando de lleno contra mi cara, sangre inundando la boca y un diente bailando a punto de soltarse. Mientras voy cayendo hacia el suelo, me fijo, como a cámara lenta, en los detalles del callejón; las luces y las sombras que tantas noches me han amparado y que hoy siento mucho más oscuras, sobre todo al golpearme contra el suelo mojado.

Cuatro eran demasiados hasta para mí, pero, aunque tres de ellos ya no lo contarán, el choque contra el asfalto me devuelve a la realidad. Sólo queda uno, pero me está apuntando con su pistola y yo estoy malherido, a su merced. Olvidé una de las leyes que rige mi trabajo: ser anónimo, invisible para los ojos de los demás… Y así había sido siempre, durante todos los años pasados en la calle, hasta que una noche, sentado al fondo del Bar de Lou, apareció ella en la puerta.

Recuerdo que estaba radiante con su vestido negro ajustado por encima de la rodilla, medias con raya detrás y zapatos de tacón que hacían resonar los viejos tablones del suelo. Conforme avanzaba ella hacia el fondo se hacía el silencio en el bar. Esa espesa ausencia de ruidos precediendo a su perfume, anunciaba el enorme riesgo de asomarse al abismo infinito del escote, que se adivinaba debajo de su abrigo. “Ten cuidado Lobo, esta mujer trae el peligro pintado en los labios”, me ha dicho Lou con la mirada, mientras disimulaba secando unos vasos. Peligro que he despreciado con un leve gesto de mi mano. Siempre he pensado que, si he de caer, al menos que sea por un cuerpo como el suyo. Llegó al final de la barra, preguntó qué estaba tomando, pidió lo mismo y se sentó a mi lado. Yo estaba tan ocupado midiendo las intenciones que se escondían debajo de su vestido, que no me di cuenta: detrás de ella, habían entrado todos sus problemas. Y luego supe que eran muchos…

Ahora que estoy pensando en ella me duelen menos las costillas y consigo girarme hasta ver la silueta del matón recortada contra los neones del Bar. Puedo ver como sonríe a pesar de llevar la nariz reventada por un puñetazo mío. O quizá sonríe por eso, porque sabe que ahora soy yo quien está indefenso, completamente a su merced. Miro hacia arriba, junto a tiempo de ver como se apaga la luz en la casa de Soledad. Enfrente, Decepción, su inseparable compañera, baja la persiana de su cuarto. Nada se mueve en este inmundo callejón sin que esas viejas putas lo sepan. Y si ellas se retiran, es que el espectáculo está a punto de terminar.

En ese instante, escucho el sonido metálico de la pistola y a la vez, una voz gutural que me habla:

– Esta vez Lobo, has querido dar un bocado demasiado grande, hasta para ti. Me temo que será el último. Nunca debiste meter el hocico en los asuntos de Bruno.

El cansancio me cierra los ojos un instante, mientras espero el disparo certero que siempre va a continuación. Es la ley de la calle: el que muere debe saber al menos el porqué, y debe hacerlo con los ojos abiertos. Justo cuando voy a abrirlos, esperando ver el último destello de la pistola, escuchó la detonación. Bang!

Y no siento nada. ¿Será así la muerte? – me pregunto. – No es la primera vez que me disparan, pero esta vez no he sentido el picotazo caliente de la bala entrando en mi cuerpo… Plof!

Un golpe sordo a mi lado y una leve vibración me hace abrir, por fin los ojos. A menos de un palmo de mi cara un hilo de sangre cuelga de la sonrisa congelada del sicario de Bruno, mientras un tercer ojo humeante adorna ahora su frente.

Detrás de mi escucho unos tacones avanzar lentamente hacia donde estoy, pero no puedo girarme. Las dos o tres costillas rotas están empezando a dolerme demasiado. Alguien se ha parado justo detrás de mí y su presencia me resulta vagamente familiar. Todavía tengo algún sentido que funciona y ese olor a violetas…

– No te nuevas Lobo, he avisado a la policía y llegarán enseguida – me ordena suavemente su voz, mientras noto como me pone una pistola en la mano y mete un sobre en el bolsillo de mi gabardina – En el sobre están las pruebas que necesitas para alejar a Bruno de Lulú. Este trabajo no podías hacerlo tú sólo y lo sabías – me dice acercándose un poco más y dejándome disfrutar de ese aroma a violetas… Su dulce voz me alivia el dolor, pero a lo lejos ya se escuchan las primeras sirenas de la policía – nadie puede permanecer siempre en la sombra, ni puede ser eternamente anónimo en esta ciudad, Lobo. Por cierto, Lulú, te envía recuerdos y te da las gracias, por eliminar su rastro. Aprende esta lección querido, volveremos a vernos. Ahora tengo que desaparecer un tiempo, Lou se ocupará de que nadie te moleste ni en el hospital, ni en la cárcel, pero ten en cuenta que me debes un juego de cama y volveré a cobrar la deuda…

Netbookk & Korai

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