¡Joder, basta! – @EvaLopez_M

Eva López @EvaLopez_M, krakens y sirenas, Perspectivas

Todo empezó el mismo día en el que creía que había acabado mi vida tal y como la conocía.

Andrés y yo, después de diez años casados y casi terminando nuestro último verano juntos, habíamos decidido de mutuo acuerdo dar el paso de divorciarnos legalmente. Hacía tiempo que la pasión y el deseo entre nosotros se había extinguido por completo. Nuestro matrimonio estaba muerto y sepultado. Y una tediosa e insufrible indiferencia se había instalado en nuestra cama, calándose en ella despacio para al final dejarla fría como el mármol.
Yo era aún muy joven, pero a su lado me sentía como una anciana.

Aún así firmar el divorcio con Andrés se convirtió en un trámite un poco más duro y doloroso de lo me hubiera gustado admitir.
Sabía que era lo que necesitaba, pero de alguna manera aún lo quería, aunque fuera como a un amigo. Aunque fuera por todos los buenos ratos que también habíamos compartido juntos.

Qué poco sabía ni imaginaba entonces, de cómo después de esa ruptura me iba a cambiar todo.

Salí del despacho de mi abogado con una mezcla en el pecho entre opresión, alivio e incertidumbre, y lo único que me apetecía era ahogar lo que me quedaba de corazón dentro de una botella, y después lanzarla al mar para que se hundiera.

Cogí el coche y conduje durante un par de horas hacia ninguna parte. Quería perderme y alejarme de todo. Como si así también pudiera dejar atrás todo aquel tiempo que se había perdido conmigo por el camino.

Comenzó a llover tan copiosamente que los limpiaparabrisas no daban a basto, y decidí parar en una zona de carretera en la que habían varios bares abiertos. Salí sin ninguna prisa del coche, dejando que la lluvia me mojara entera, como si el agua fuera capaz de limpiar de mi alma todas sus huellas.

Aunque seguía diluviando, caminé un buen rato y al final me decidí a entrar en la cafetería de un motel poco señalizado y oscuro, lejos de cualquier lugar en el que pudiera reconocerme alguien.

Me senté directamente en la barra y esperé a que me atendiera un camarero que estaba de espaldas, limpiando unos vasos, y que parecía que no se hubiera percatado ni le importara mi presencia.

Cuando estaba a punto de levantarme para ir al baño, giré la cabeza hacia mi derecha, y me topé con la mirada de un desconocido clavada en mis ojos, como quien encuentra la salida de emergencia en un incendio que empezaba a arder descontrolado dentro de mi cuerpo.
Jamás me hubiera imaginado que alguien pudiera ejercer, de esa manera tan improvisada, ese inmenso e inmediato poder de seducción sobre mí.

De repente dejó de importarme todo alrededor; que mi ropa siguiera empapada y pegada a la piel. Tampoco me importó que se transparentaran a través del suave tejido del sujetador mis pechos, que habían reaccionado al frío de la humedad y estaban duros y altivos, mostrándose desafiantes.

Me quedé paralizada, pero al mismo tiempo deseaba con todas mis ganas dirigirme a ese hombre de facciones delgadas y marcadas, que no me quitaba en ningún momento los ojos de encima.

Entonces fue él quien se levantó y se acercó hasta mí deteniéndose a mi lado.
Me cogió de la mano y sin mediar palabra me besó en los labios. Primero presentándose, dejando que nuestras bocas pudieran reconocerse despacio. Luego aquel beso interminable fue haciéndose cada vez más profundo, cada vez más desesperado.
Nuestras lenguas luchaban por hacerse un hueco permanente en la boca del otro, en ese momento tan efímero y a la misma vez eterno.

Noté como sus manos subían abriéndose paso entre mi espalda y la camiseta, excitándome cada vez más.

Habría follado con él allí mismo, lo juro.

De repente se separó de mí y me invitó con un susurro al oído a subir a su habitación. Tenía una voz que erizó hasta el último poro de mi cuerpo.

No entendía el por qué, pero es que no me hacía sentir ningún miedo.

Entramos, y lo seguí como una autómata hasta el cuarto de baño. Allí encendió el agua de la ducha y hábilmente, sin dejar de mirarme a los ojos, fue desnudándome entera. Nos metimos los dos debajo del agua caliente, él aún con su ropa puesta. Me cogió en brazos y me elevó sobre sus caderas. Me aferré con las piernas a su cintura y me apretó fuerte contra la pared, dejando que notara su miembro duro y erguido, que parecía que iba a romperle los vaqueros y traspasarme entera.

Sentí que iba a estallar de deseo cuando sus manos me empezaron a enjabonar el pelo, mientras me besaba por la cara y el cuello.
Me dejé llevar embriagada por el vapor del agua y el calor que emanaba de nuestros cuerpos.

No recuerdo cómo salimos de allí ni cómo acabé tumbada y atada a los cuatro puntos cardinales de la cama.

Comenzó a lamerme desde los pies hacia arriba paseando su jugosa boca por mis piernas, rodeando mis ingles, mi abdomen, mis tetas, recorriendo cada centímetro de piel y arrancándome gemidos cada vez menos discretos.

—Joder, ¡basta! —Le supliqué entre jadeos.
Me estaba haciendo sufrir porque deseaba con todas mis fuerzas tenerlo dentro de mí y que me hiciera olvidar con sus embestidas toda la maldita calma en la que se había convertido el sexo en mi vida.

Entonces noté cómo rasgaba el envoltorio de un condón, se lo
colocaba y me penetraba hasta el fondo de un empujón certero, arrancándome un orgasmo desde lo más profundo de mis entrañas.

Después me soltó y fue como desatarle las riendas a una fiera que había estado encerrada mucho tiempo en una maldita jaula de cristal.

Amanecí sola, rodeada de sábanas revueltas y almohadas tiradas. No había ni rastro de él ni jamás supe su nombre.

Tampoco volvería a regresar nunca a aquel motel de carretera.

Pero no pude evitar salir de allí con una enorme sonrisa puesta e imborrable en la cara. La mirada de aquel misterioso hombre me hizo resucitar entre sus brazos, devolviéndome una fuerza que ya creía marchitada.

Y es que a veces en los caminos más inesperados, es donde te encuentras.

 

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