Ira, rabia y mantita – @IAlterego84

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A la tercera hostia el esternón se parte. Suena como una rama seca al pisarla. Crack. El resto ya está escrito. Te espera un poco de agonía. Órganos que se encharcan, hemorragias internas… Aunque no me hagas mucho caso, no entiendo mucho de estas cosas, pero lo que te puedo asegurar es que vas a morir despacito, con mucho tiempo para pensar por qué has acabado así. Muriendo solo, en mitad de la nada, como un perro apaleado sin que tu mujer tenga una tumba a la que ir a dejar flores de vez en cuando. Flores a tu alrededor van a crecer, y las vas a ver crecer desde abajo. Pero no es lo mismo, ya me entiendes.

 

Me alejo unos pasos de ti y enciendo un cigarro. Hace un par de días que ha llovido y dejo huellas a mi alrededor. No me gusta la idea. Ya sabes, CSI y esas gilipolleces de las series americanas vuelven paranoico a cualquiera. Doy un par de caladas, tratando de calmarme y dejar que las cosas sigan su curso. Pero no se puede. Las imágenes pasan fugaces por mi retina. Los gritos, las lágrimas, la sangre… Todo está ahí, fresco aún. Suspiro. Te comes otra hostia, es la única manera que tengo para desestresarme y tampoco creo que te importe mucho. Tus ojos se abren como platos, brillando de miedo y dolor. Casi siento la tentación de sacar el 38 y ahorrarte un poco de sufrimiento. Aunque ya sabes, me pagan por hacer mi trabajo y quien paga es quien tiene la razón. A veces me siento como una puta de motel de carretera, pero es lo que hay. Sigo paseando a tu alrededor como un buitre sobre carroña fresca, dejando que el tiempo pase. No sé exactamente cuándo vas a morir, pero calculo que te queda un ratito. A malas, siempre puedo coger la pala del maletero y enterrarte vivo. Qué más da. Lo que te ha pasado en las últimas horas perfectamente podría pasar por una tragicomedia de serie B y que tu final sea de una manera u otra no le importa a nadie. Créeme. Sé de lo que hablo.

 

Joder, tanto moverme me ha dado ganas de mear. Unos matorrales cercanos sirven de urinario improvisado. Me la sacudo un par de veces y me giro hacia ti. La imagen es casi tierna. Nueva tentación. La idea es como un déjà vu de mierda. Las cachas del 38 una vez más llamando a mis manos. Olor a pólvora. Un relámpago. Un trueno. Y tú dejando de sufrir. En este mundo en el que nos movemos, si existe el karma mejor llevarse bien con él. A veces me despierto entre sudores pensando que pueda pasarme a mí lo mismo que llevo haciendo años a hijos de puta como tú. Pero se me pasa rápido. Soy un profesional, lo sé.

 

Apuro el cigarro y lo tiro a un charco cercano. La brasa sisea como un pulmón perforado. ¿Nunca lo has oído? Es algo a mitad de camino de entre lo poético y lo cruel. Una especie de BDSM pero sin palabra de seguridad. Aunque déjalo, no merece la pena. Me agacho junto a ti. Me miras con ojos suplicantes. Te devuelvo la mirada con un gesto apático. A mí también me jode estar aquí contigo cuando podía estar haciendo cualquier cosa mejor. No sé por qué, pero la ira y la rabia vuelven a hacer acto de presencia. Te abofeteo. Plas, plas. Tus mejillas se ponen rojas. Un tono de vida en mitad de una piel que empieza a ser la de un cadáver. La verdad es que hoy me he levantado inspirado, pienso mientras me incorporo. Mis rodillas crujen. Ya estoy algo mayor para estos trotes.

 

Camino a tu alrededor con calma. La vida va de esto, esperar. Ponerse nervioso no sirve de nada. Hasta que veo cómo me estás mirando. Parece que no entiendes nada. Por momentos temo haberme equivocado de objetivo, eso sería una mancha imperdonable en mi expediente. Lo que se traduciría en problemas. Menos honorarios. Mi ex denunciándome por no pasarle la manutención del hijo de puta que tengo por hijo. Y vuelta a los juzgados otra vez…

 

Pero no. Te veo y trato de imaginarte sin la cara hecha un cromo. Eres tú. El único con los huevos necesarios para hacer desaparecer un cargamento procedente de Bolivia. Calidad óptima, ¿qué te voy a decir que no sepas? Sí. Eres tú. El único gilipollas capaz de hacer eso y en lugar de poner tierra de por medio dársela de gánster de tres al cuarto alardeando de sus proezas. Ya sabes: el que presume de tener los kilos es el que se come el trullo o los tiros. Y no eres una excepción.

 

Joder, otra vez. Vuelves a mirarme como lo llevas haciendo desde hace unos minutos. Como si acabaran de contarte un chiste que yo no hubiera escuchado. Me tienes un poco hasta la polla. Y tardas bastante más de lo que esperaba en morir. Todo son pegas contigo. Desde el pollo que montaste cuando te saqué de la habitación de hotel con esas tres putas coreanas (creo que una aún debe respirar si la herida de bala no tocó ningún órgano vital) hasta este momento. Estoy por pedir un plus. La mala hostia empieza a hacer que apriete los puños y los dientes con fuerza. Me doy la vuelta para no estallarte la cabeza y dejar que sigas agonizando. Lo mismo la de la guadaña tiene el pulso tembloroso y en lugar de rebanarte el pescuezo te está haciendo cosquillas.

 

Y entonces aparecen de la nada. No les he oído venir. Hijos de puta, salen de todas partes. Placas y fusiles de asalto. Escucho el chisporroteo de un walkie pidiendo un par de coches y una manta fúnebre. No opongo resistencia. Tiro el 38 al barro con gesto cansado. Sonrío meneando la cabeza. Después de todo he cumplido con mi trabajo, pienso mientras me ponen los grilletes. Antes te he dicho que tu vida ha parecido una puta película de serie B, y acaba de ocurrírseme un nombre cojonudo para describir tus últimos momentos a mi lado: ira, rabia y mantita. Tiene gancho, aunque claro, a estas alturas no creo que te haga mucha gracia…

 

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