Ira, rabia, gula, tú – @reinaamora

Reinamora @reinaamora, krakens y sirenas

[ Viene de «Te odio, pero poco» ]

Amar libremente, sin medida.
Y más aún sin miedo.
Amar por encima de todo y de todos.

Deseo 2: VIDA

Después de varias reuniones familiares, a cada cuál más aburrida, me quedaba la última en un domingo cualquiera. Parece que esperan a que acabe la semana para que no olvides que ni en tus días libres se puede descansar. Brindé en silencio por este asco de sociedad.

Aún así, todo estaba como tenía que estar: en su sitio, alejado… bajo control. No es difícil dar rodeos ante las preocupaciones. Es algo que siempre me ha servido, buscar soluciones a los problemas alejándome de ellos. Sí, sin duda un mundo perfecto.

Y así vivía en un mundo sin complicaciones hasta que todo se hundió. Y se hundió sin remedio en un tsunami de sensaciones y sentimientos contradictorios.

Mi taberna favorita, un libro y un café. Mis placeres mundanos en una isla bañada por los convencionalismos. Así me veo ahora después de lo que me arrastró aquella noche, en aquel momento imprevisto. Dicen que no se puede luchar contra las fuerzas de la naturaleza. Creo que contra lo que no se puede luchar es contra nuestra propia naturaleza, lo que somos o lo que nos descubren que somos. Cuando nos lo muestran se abre ante nosotros una grieta, un vacío al que no sabes si saltar o resistir entre tus rejas. Lo único más devastador que esa revelación es la persona que te lo revela.

Volvía a casa después de un día más en un trabajo gris y anodino, como todo en mi vida. Anochecía por minutos y ya empezaba a desaparecer el frío nocturno. Las calles pronto se poblarían de luces y de vida en las terrazas. Nada de eso era para mí, aislado en mi exilio afectivo. Veía las risas, la música, la gente a millones de kilómetros de distancia, como una luz que jamás me iluminaría. Tampoco me molestaba deambular en mis sombras, seguro y entero. Se está bien a oscuras. Y esa oscuridad se rompió en aquella parada de metro.

El vagón venía con retraso, tampoco era una novedad. A esas horas tampoco se acumulaba tanta gente en los andenes. Es lo que tiene dedicarse a una vida social . Me recliné en un asiento apartado resignado a la espera. Una voz me sacó de mi retiro. En el otro andén vi a una chica hablando por teléfono. No era una parada muy profunda y los móviles funcionaban bien. No entendía bien lo que decía pero, aún así, me llamó la atención. Hablaba, gesticulaba, se movía de un lado a otro. Llevaba un buen rato así. Me hizo gracia y traté de imaginarme su conversación.
—No. Esta noche no salgo
—¿Por qué? ¿No estarás todavía fastidiada por lo del fulanito?
—Para nada.
—Pues que sepas que tal me ha preguntado por ti.
—¿Ah sí? –sonreías.
—Deberías arreglarte.

Risas, muchas risas.

No tenía nada que ver, seguro, con lo que hablaba, pero era divertido verlo. El vagón del sentido opuesto llegó. Pasaban los diferentes compartimentos borrando mi visión de la chica. “Qué pena”, pensé sorprendido. Había sido divertido poder imaginar un poco más esa conversación. El corazón se me aceleró cuando partió el metro y seguía allí, de pie, hablando todavía.

¿Por qué no había subido? ¿Tan importante era esa llamada? Estaba claro que para ella sí. Fue entonces cuando me vi incapaz de sólo imaginarme esa conversación. Empecé, poco a poco, a reparar en detalles. Su pelo largo y oscuro, sus manos, sus brazos, la forma en que andaba y movía sus manos… y todo eso desaparecía cuando empezaba a reír. Parecía llenar los ecos de los túneles cuando reía. Apenas podía distinguir esa sonrisa, pero sabía que debía ser de esas que enamoran, estaba claro que lo era.

Lo más sorprendente fue cuando llegó mi vagón… y lo dejé pasar.

Me quedé sentado, mirándola, escuchándola. Apenas me llegaban palabras, retazos de frases. Saqué una libreta y apunté diferentes palabras: noche, cielo, luna, libro, café, sin embargo, vida, amor, labios, mirada, ira, rabia, gula, tú.
Sin ti… Sin ti.
Esa última frase marcaban el final de mis letras. Quería recordar la forma en que las pronunciaba, quería recordar esa voz, ese tono risueño y seguro a la vez. Y esas dos palabras resumían algo de lo que aún no era consciente. Lo mucho que me faltaba, lo mucho que carecía, lo mucho que debí hacer por mí mismo, lo que aún debía luchar. Lo vacío, perdido, absurdo, oscuro, solo que estaba… Sin ti.

Acaricié esas letras tratando de que me dieran un nombre, el nombre de mi ausencia recién encontrada, de la nostalgia que acababa de sentir. No fui consciente del vagón que llegaba a su andén. Levanté la vista de nuevo. ¿Cuántos había dejado pasar? Tal vez cuatro, los mismos que yo. Cuando este último vagón arrancó, sólo quedaba un andén vacío, como la sensación que, poco a poco inundaba mi pecho.

Me levanté de un salto pero no vi a nadie, la estación quedó en un silencio trémulo. No fui consciente de nada que hice hasta que oí el portazo de mi casa. Aquella tarde, dejé mi ánimo y consciencia en una estación de metro, a punto de salir hacia una melancolía que ya no me abandonaría.

A la tarde siguiente fui a la misma hora a la estación, donde estuve esperando casi una hora, deseando volver a escuchar esa voz. Me cambié varias veces de andén, esperando verla aparecer por las escaleras con su voz dulce. Me costó reconocer que quería confirmar lo que ya sabía, quería ver unos ojos profundos, una mirada intensa y unos labios dignos de hacer un pacto con el diablo. ¿Tan raro era? Yo, un hombre que quiere ver a una mujer guapa. Sí, era raro porque nunca me complicaba la vida.

Pero no la vi aquella tarde, ni a la siguiente y en las dos semanas que siguieron. ¡Qué idiota había sido! ¿Qué esperaba? ¿Volver a verla? Y en ese caso ¿qué habría hecho? ¿Qué esperaba conseguir? Reí ante mi propia estupidez. Sólo había sido un momento de confusión, algo que había irrumpido en mi vida gris y se había marchado llevándose los colores. No necesitaba teñir nada. Bajé las escaleras del metro aliviado, sabiendo que ya había terminado todo. El metro del otro andén entraba en la estación y la vi esperando a que parara.

Me quedé petrificado, sin habla, incapaz de reaccionar. Su pelo flotaba con el viento levantado por el vagón. Su mirada parecía dirigida al infinito, tan distinta y tan similar a la primera y única vez que la había visto.

—Muévete —me repetí—. Muévete…

Y no pude. Sólo era capaz de observarla desde las escaleras, tratando de memorizar sus líneas, mientras el resto del mundo se desenfocaba a su alrededor. No podía haber mejor ejemplo de una diosa del bosque en el siglo XXI.

Pero faltaba algo, no sabía qué, pero faltaba. Cuando entró en el vagón me di cuenta. Su bolso. Su bolso oscuro con flecos estaba olvidado en el banco. Salí disparado escaleras arriba tratando de llegar al otro andén. Corría como nunca lo había hecho y notaba los pulmones incapaces de procesar el oxígeno y el corazón a punto de estallar. No fue por el esfuerzo físico que estaba haciendo.

Bajé a toda prisa por las escaleras del otro andén cuando oía al tren alejarse. Apenas tuve tiempo de verlo alejarse y su espalda cubierta por un manto tiznado en un cristal traslúcido y borroso.

Tratando de recuperarme fui a por su bolso. Una carrera inútil. La sangre volvía a mis venas poco a poco, tratando de razonar. El cerebro empezaba a arrancar de nuevo, buscando una cordura que se iba con el último tren. Levanté el bolso, increíblemente ligero. Lo agité apenas emitiendo sonido alguno. Me quedé en una de esas situaciones en que no sabes qué debes hacer, pero que, al mismo tiempo, eres consciente de lo que vas a acabar haciendo. Lo abrí con manos temblorosas.

Un cofre del tesoro no me habría atraído tanto como el bolso que dejó abandonado. Y aún, así, estaba vacío, casi tanto como mi recipiente de sentimientos. Rebusqué en el interior negándome a creerlo. Noté un pequeño golpe. El puñetazo de un boxeador alcoholizado no me habría hecho tanto daño. Removí los dedos inquietos hasta que noté un objeto alargado. Saqué un mechero de plástico, me parecía más atractivo que el Santo Grial. Habría hecho cualquier cosa por mantener ese objeto, pero nada en comparación con lo siguiente que encontré.

Seguía rebuscando sin suerte, hasta que noté un ligero roce en la palma, como un folio. Supe lo que era. Era una foto.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Una foto suya. El aliento se me congeló en la garganta ante la perspectiva de tenerla en frente. Cerré mis dedos con delicadeza en los bordes y saqué la foto con lentitud. Toda ceremonia es poca al ver el rostro de una diosa. El roce de la foto con el bolso rasgó el silencio de la estación. La levanté envuelto en pánico y emoción hasta mis ojos… quería verla.

La foto estaba difuminada, tal vez en las tiendas ya no tienen prácticas en imprimirlas, pero el caso es que estaba parcialmente borrosa, o tal vez era una de esos posados artísticos. No entiendo de eso.

Apenas se veía un pelo ondulante y un rostro ondulante. Unos labios rosas destacaban en la traslucidez del plástico. Y uno de sus ojos, uno de ellos no estaba oculto por un pelo sedoso y oscuro. Una mirada por que la me habría vendido a todos los diablos de cualquier religión existente. Por esa foto mal impresa habría declarado una Guerra Santa.

Durante todo el viaje a mi casa fui incapaz de soltar la foto. Incapaz de dejar de mirarla. ¿Por qué notaba el suelo hundirse a mis pies? Sencillo, porque no tenía lo que más deseaba en el mundo. Mejor dicho, no tenía lo único que necesitaba tener. Distraído, como estaba no fui consciente de que, en la parte de atrás de la foto, había una dirección.

Esa dirección quedó desconocida para mí durante los tres días en que dejé esa foto en la mesilla, mirándola en cualquier momento que tenía libre. Buscando que esa mirada me dijera un nombre, un motivo para seguir buscándola. ¿Qué me ocurría? Mi mundo se hacía trizas por momentos. Me distraía, no pensaba con claridad, la veía aparecer por las esquinas, en las mujeres que me cruzaba por la calle. Estaba en todas partes, rodeándome, buscándome, deseando que la encontrara. ¿Por qué era una sensación tan desconocida y familiar a la vez?

Una mañana golpeé la mesilla y cayó la foto. Pude ver una dirección en el reverso. Me maldije por no caer en algo tan obvio. Cogí mi cartera deseando verla al final de ese trayecto. Media hora después estaba delante de una tienda de electrónica que también era un estudio de fotografía. Otra vez esperaba algo diferente y otra vez quedaba como un imbécil. ¿Qué le podía decir al dueño? “Disculpe, puede decirme quién es esta chica? Es que encontré su bolso por ahí”. Sí, un buen billete de ida a un calabozo.

Pasé casi una hora en el bar de enfrente buscando excusas para entrar y preguntarle. De los nervios que sentía el café actuaba como somnífero. Dejé la taza de golpe y me levanté sin un plan claro. Aguanté el aire en la puerta decidido a saltar, a salir del hundimiento en el que estaba o a terminar de hundirme.

Entré.

No estaba preparado para lo que vi.

Allí estaba ella, en una gigantesca foto en una pared, mostrando las habilidades del fotógrafo. Su mirada te llegaba al interior, transportándote a un lugar cálido y profundo. Sus labios llenaban todo con una sonrisa alegre y juguetona. El pelo caía hacia los lados mientras una de sus manos jugaba con él. No sé qué me retuvo para no arrancar el retrato de la pared.

—¿Le gusta? —dijo una voz a mi espalda
—Sí —dije sin girarme—, el fotógrafo ha… ha…
—¿Captado la belleza?
—Sí, exacto.
—Gracias, es un halago.
—¿Es usted quien…?

Sus ojos de cobre me miraban divertidos. Y más se divirtieron cuando notaron que me ponía rojo de vergüenza.

—Has tardado un poco ¿no?
—Yo… ¿cómo?
—No te acuerdas ¿verdad?

Esa sonrisa me anulaba la voluntad. Ya la había visto, y no fue en el andén.

—Lo siento, yo… balbuceé

Rió, con suavidad. Y lo recordé.

Recordé a aquella niña de mi juventud. Los ojos cobrizos y juguetones en la adolescencia. Todo ese sentimiento furtivo. ¿Dónde lo había dejado? ¿por qué lo había dejado?

—Tú…
—Sí. Yo. Cuando me fui dije que algún día volvería ¿verdad?
—Lo dijiste.
—Y te vi un día tras otro en la estación. No sabía como decirte nada, porque creo que te habías perdido por el camino. No parecías tú.

Sentí imágenes de locuras de juventud, de ladronzuelos, de risas, de sinsentidos, del placer por el placer. ¿En qué momento crecí?

—Me seguías, ¿verdad?
—Sí. Pero lo que quería era recuperarte, traerte de vuelta. Que volvieras a ser tú. El chico que recordaba.

Y lo había vuelto a ser. El chico pasional y apasionado, el romántico empedernido, amante de los juegos y los misterios.

—Querías que te buscara —dije.
—No. Quería que te encontraras… y me encontraras.

Mis ojos empezaron a llenarse de vidrio, casi al mismo tiempo que los suyos. Los de la única mujer que amé de verdad y que había venido para sacarme de mi verdadero hundimiento. Un foso en el que quería estar por no encontrar a nadie.

-—No había nadie a quién buscar —dije.
—¿Y ahora? —dijo con una caricia que hirió mi cara.
—Ahora hay alguien a quien no dejar de encontrar.

 

«…y desde entonces soy porque tú eresy desde entonces eressoy y somosy por amor seréserásseremos»

 

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