Insomnio – @Candid_Albicans + @_soloB

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Día 6. 144 horas sin dormir. Creo. Ya no sé contar ni descontar. La Tierra  gira y mi cabeza con ella. Con Ana. Con la Tierra. Con su boca llena de espuma. Con la sangre en los orificios de su nariz. No consigo borrar la imagen. Lo intento, pero no puedo. No sé si esto es conciencia o que estoy condenado a morir. Por asesino. Por hijo de puta. Por haberte querido y destruido. Me odio. Te odio. Te echo de menos. Me siento perdido. Mi pecho tiene una losa de más de 21 gramos de alma. Deben ser 42 gramos, la tuya y la mía. O no sé. He muerto contigo, creo.
Pobre infeliz. Mírate. Estás más muerto que yo. Te condenaste a una muerte en vida en el momento en el que mi tráquea cedió entre tus dedos.  

Día 5.  Me paso las horas del día y la noche acariciando tu imagen en la pantalla del móvil. Eres preciosa. De nuevo me golpean esos latidos en las sienes. Retumban como tambores de alguna danza tribal arcaica que invocan el agua purificadora de la lluvia. El agua, la vida, el mar. Levanto los ojos y el espejo me muestra el rostro descompuesto de un asesino insomne torturado por la angustia. Lanzo el móvil contra el espejo y observo como rompe en cien pedazos. Recojo el más afilado, apunto a mi muñeca. Tiemblo.
Vamos, adelante. Ven conmigo. No, claro que no lo harás. No tienes cojones.

Día 4. Pedazos. La motosierra crepita en mi cabeza. He conseguido por unas horas que Ana no me hable. Su cuerpo lánguido en posición fetal dentro de la bolsa de plástico transparente y sus ojos abiertos ya no me miraban. Bien podría haberse descongelado con el sudor de mi frente, el calor de mi cuerpo, y las horas que he tardado en descuartizarla. Pero no, todo ha salido tal y como no había planeado.
Eh cariño, vamos a solucionar esto juntos. El dolor es compartido. Lo sé. No me culpes, por favor. No quiero ser una carga. Hazlo. Descansemos los dos.

Día 3. Estoy cansado, no puedo pensar ni respirar. El suelo da vueltas, las paredes se cierran y el techo se me viene encima. No quiero perderte. Quédate conmigo. Quédate ahora que no sufres, Ana. Grito, lloro, me maldigo. Maldigo a Dios mil veces. Reto al Diablo, le ofrezco mi alma a cambio de tu vida. ¿Qué te he hecho, amor mío? Pero tú no contestas. Tu mirada agradecida atraviesa mi alma desde la bañera llena de hielo. Alma… qué es eso… ya ni sé si tengo. Me arrodillo. Acaricio tu piel por última vez. Te beso. Me despido.
Deja  de llorar, no te arrepientas jamás, es lo que tenías que hacer.

Día 2. Blasfemo. Llevo toda la noche llamando hijo de puta al tiempo. Las horas pasan tan despacio como tus últimos días a mi lado. Como cuando ya no soportaba verte así. Como tus frágiles manos intentando arañar mi cara mientras yo hundía tu rostro en el agua. Como los segundos eternos en los que tu corazón no dejaba de latir. No consigo escapar de la playa donde puse fin a esa mierda de enfermedad. Mis pies aún tienen arena, mis manos huelen a salitre y espuma. Es tu playa, mi amor. Donde conseguías aliviar algo la realidad de nuestro, tu dolor.
Vamos cielo, no temas. Es lo mejor para ambos.

Día 1. Sus pies trastabillean a cada paso en la arena. Es frágil como el cristal. Me abraza, me sonríe. Me dice que ojalá pudiera convertirse en espuma de mar para volver a sentirse libre y fuerte. La llevo a la orilla, donde rompen las olas, como tantas otras veces. Antes solía abstraerse y su expresión se relajaba. Parecía que el dolor la abandonaba temporalmente. Ahora ya sólo la morfina puede con él. Sin pensarlo, nos adentramos en el mar dejando que las olas rompan en nuestras rodillas. La sujeto firmemente. Me mira divertida al principio, luego interrogante, y finalmente con aceptación. Un te quiero apenas perceptible brota de sus labios agrietados. En un segundo, mis manos están sujetando su cuello bajo el agua. El amor que sentía por la vida hizo su aparición durante los segundos que intentó sobrevivir. Dejó de moverse mirándome a los ojos. Su dolor desapareció. Lloré como un niño, abrazado a ella en la arena, empapándome de los restos de su vida, de la sangre que emanaba de su nariz y de la espuma de su boca. He cambiado tu descanso por mi insomnio, tu sufrimiento por mi conciencia, tus gritos de dolor por mi pena. Perdóname, Ana. Te he matado yo, y no tu enfermedad terminal.
Gracias.

 

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