Iniciando un nuevo viaje – @EvaLopez_M

Eva López krakens y sirenas 0 Comments

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”.

Pablo Neruda

 

Mi nombre es  Paula, tengo veinte años y nací con una cardiopatía congénita.

Los tres primeros años de mi vida los pasé aferrada a la mano de mis padres oscilando entre la vida y la muerte de hospital en hospital, buscando respuestas y sometiéndome a tratamientos y cirugías que tratasen mis continuos episodios de taquicardias mezcladas con otras épocas, éstas las que más, en las que mis latidos eran tan lentos que casi se detenían en el intento de hacerme seguir viviendo.

En una ocasión llegaron a ir tan sumamente despacio que a punto estuve de sufrir un bloqueo; así que con cuatro años, los cardiólogos pediatras especialistas decidieron implantarme un DAI, (desfribilador automático implantado), para regular mi ritmo cardiaco.

Gracias a este pequeño artilugio bajo mi piel, me convertí en una niña “casi” normal, dentro de las atenciones constantes y medicación que mi enfermedad requería.

Empecé a ir al colegio y a relacionarme con aparente normalidad, y aunque me fuera casi imposible llevar el mismo ritmo de juegos ni clases físicas que mis compañeros, intentaba por todos los medios que mi situación no supusiera un obstáculo que hiciera más lento aún mi desarrollo.

En clase conocí a Juan, un niño risueño y pecoso, que rápidamente se convirtió en mi mejor amigo. Me ayudaba siempre con la mochila y me evitaba esfuerzos a cada paso que daba. En el patio hacíamos carreras en las que sé que siempre me dejaba ganar y compartíamos risas y miradas cómplices que nos hicieron inseparables. Era, es, como el hermano que no había llegado a tener.

Pasó el tiempo, que irremediablemente todo lo arrasa, y cuando estábamos a punto de cumplir los doce, una fatídica mañana de un frío martes de enero, a Juan, al cruzar la calle para subir al autobús que lo debería de haber llevado al colegio, un conductor ebrio que no vio ni el paso de cebra ni a él cruzándolo, lo atropelló lanzándolo a dos metros del coche, truncando su vida y las nuestras para siempre.

Quedó tirado en el oscuro suelo de asfalto, con un fuerte golpe en la cabeza.

Cuando esa tarde al regresar del colegio mis padres me contaron lo sucedido con Juan, mi corazón se terminó de romper y dejó de latir, deteniendo con él los sueños e ilusiones de aquella niña que nunca había llegado a ser. El desfribilador logró hacerlo funcionar a duras penas hasta llegar al hospital, pero el daño que se había producido fue irreversible.

Me desperté en cuidados intensivos de la unidad de trasplantes, rodeada de monitores y enganchada a tubos que me sujetaban fuerte a la esperanza.

Dicen que solo naces una vez, pero yo creo que naces cada día en el que se te permite abrir los ojos y despertar a la vida.

El infinito corazón de Juan nos permitió a los dos nacer de nuevo.
Y a mí, seguir latiendo.

Siempre estaremos juntos.

 

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