Inhumano – @Sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

A veces tus primeros pasos en esta vida no son fáciles. A lo mejor no tienes suerte con la familia en la que naces, con el camino que tomas, o con quienes se cruzan en él. Hay personas que hacen daño sin motivo, que disfrutan del sufrimiento ajeno, que son malvadas por elección…. Y yo tuve la mala fortuna de cruzarme con algunas de ellas.

A base de palos me fui convirtiendo en un alma atormentada. Sentía que estaba pasando mis días vagando sin rumbo. Me sentía sola. Acabé encerrada en un infierno del que no podía salir. Limitándome a sobrevivir. Mendigando amor.

Hasta que de repente un día apareció él. Recuerdo cuando nos conocimos. ¿No creéis en el amor a primera vista? Pues yo lo sentí. De verdad que lo sentí. No puedo olvidar su imagen ahí quieto, mirándome con unos ojos que brillaban con luz propia. Era más alto que yo, tenía una pose que permitía intuir que era un hombre con mucho carácter, fuerte, pero parecía amable. Me sonrió y sólo con esa sonrisa, en ese preciso instante, supe que era el amor de mi vida y, al cabo de un rato, me sorprendí a mí misma yéndome con él a su casa.

Al principio todo eran caricias, besos, juegos en la cama, risas… Por primera vez en mucho tiempo me sentí feliz, sentí que él me había liberado, que había aparecido en mi vida para apartarme de esa tristeza que me mantenía prisionera, y a su lado me sentí libre. Y de repente, sin yo haberlo ni siquiera soñado, me encontré viviendo con un hombre maravilloso, disfrutando de cada día, de cada minuto, y viajando a lugares en los que jamás había estado. Él y yo. Solos. Siempre. Me enseñó a no temer, a ser valiente, a confiar, a volver a creer que podía ser feliz. Y yo me sentía tan agradecida que necesitaba demostrarle constantemente que era lo más importante para mí. Éramos tan felices…

Pero si algo he aprendido de la vida, es que lo bueno no dura eternamente, o por lo menos no a mí.

Recuerdo el primer día que llegó a casa de mal humor. Yo le estaba esperando, como siempre, para recibirle con cariño, pero él pasó de largo sin ni siquiera mirarme. Seguí sus pasos hasta la habitación y, cuando me acerqué, me apartó de un empujón. Estaba llorando. No me gusta verle llorar, odio no saber qué le pasa y no poder hacer algo por evitarle ese sufrimiento. Volví a acercarme para intentar calmarle, pero esta vez en lugar de un empujón recibí una patada. Ahora también era yo la que lloraba. Pero no pareció importarle. El resto del día me mantuve alejada de él. Atemorizada. No sabía qué le pasaba pero intuía que mi sola presencia le enfurecía más. Esa noche no dormimos juntos. Intenté acostarme con él, pero me echó de la cama y me tuve que ir, lamentándome, a dormir al sofá. No pude pegar ojo, estaba tan desconcertada, tan triste…

En los siguientes días su talante no mejoró y, en consecuencia, el mío tampoco. En esos ojos donde antes veía un brillo especial, ahora sólo veía oscuridad. Ya casi nunca me dedicaba palabras de cariño, sólo gritos, y las caricias habían cedido su lugar a los desprecios. Cuando le oía entrar en casa ya no me acercaba a saludarle, esperaba a que lo hiciera él y si no lo hacía procuraba no cruzarme en su camino, me daba miedo. Estuve días casi sin comer, no tenía apetito, notaba como si se me hubiese cerrado el estómago. Prácticamente tampoco salí a la calle, me pasé el tiempo encerrada, tirada en la cama, recordando cuando éramos felices juntos y deseando que él volviera a ser como cuando le conocí. Pero él no cambiaba y yo, de nuevo, me volví a dejar consumir por la tristeza.

Hoy ha llegado a casa prácticamente de noche. Me ha extrañado que llegara tan tarde y, cuando se ha sentado en el sofá, me he acercado a él, con cuidado, y le he rozado la pierna con delicadeza, para ver si todo estaba bien… Su olor era distinto al habitual, más fuerte. Al verme ha subido la cabeza y su mirada de odio se ha clavado en la mía. ¿Quién es esa persona que me mira? No le reconozco… De repente se ha levantado y me ha agarrado del cuello arrancándome el collar que llevaba puesto. Lo he visto cómo caía al suelo mientras su otra mano depositaba sobre mi cara toda su fuerza. He gritado, pero eso no le ha detenido, todo lo contrario. Uno tras otro se han ido sucediendo los golpes. En mi espalda, en mi estómago, en mis rodillas… No he sido capaz de escapar, mis articulaciones no respondían, estaba bloqueada. Me he mantenido inmóvil, esperando que se diera cuenta de lo que me estaba haciendo y parara de lastimarme; pero no lo ha hecho hasta que una patada en las costillas me ha dejado sin respiración, casi inconsciente y, en ese momento, le he visto alejarse dejándome ahí, moribunda.

Y aquí sigo, tirada en el suelo, sin poder moverme, sin querer hacerlo, triste, malherida, aterrorizada… La boca me sabe a sangre y un río de lágrimas recorre mis mejillas. ¿Qué he hecho para merecer este castigo? ¿Por qué me hace tanto daño con todo lo que yo le he dado? Si es lo que más quiero en la vida… No puedo parar de llorar. Lloro por el dolor de los golpes, pero sobre todo lloro por el daño que siento por dentro. Porque otra vez me ha vuelto a pasar. Porque yo sólo quería que me cuidasen. Sólo quería demostrar que soy capaz de querer y que merezco que me quieran. Y ahora sólo quiero escapar. Gritar. Desaparecer. Pero no puedo hacer nada. Porque nadie me ve. Nadie me escucha. Nadie me puede ayudar. Porque ni tan siquiera puedo hablar. Porque tan sólo soy un perro… Un pobre animal en manos de un inhumano.

 

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