Inhumano – @LaBernhardt

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Conozco a una chica de papel pero hace años fue humana. Tenía la sonrisa más bonita del mundo y regalaba vida; donante de médula lo llaman en el mundo de los vivos… Me fijé en ella porque ella me eligió a mí. Y, aunque realmente no tenía intención de quitarle su humanidad, me lo puso tan fácil…
Yo, que acababa de secarle el alma a la última luciérnaga que pasó por mi lado, que no tenía hambre ni ganas de tenerla, me enganché entre sus piernas largas y su pelo corto y me puse manos a la obra, de nuevo, para conseguir dormir un rato en otra alma bonita. Una nueva. Una sin demasiadas cicatrices.
Era preciso volverla loca, vital para un muerto como yo, que se volviera loca por mí, “ven a verme”, le
decía y ella llegaba con todas las sonrisas del mundo y me contaba cuentos y “qué bonito eres, ojos tristes” me escribía en la espalda, y en dos días, yo me olvidé de tejer la tela de araña, de cazar y de buscar más luciérnagas.
Pero no me escapé del miedo. Miedo humano, sí. Miedo a perder lo que has ganado. A sufrir. A ser abandonado como un perro.
Otra vez.
Una vez más.
Siempre.
La historia de mi vida, sin ánimo de dar pena, pero sí: tan abandonado y tantas veces, que hasta la humanidad te da una patada. No recuerdo cuándo la perdí, cuándo me soltó de la mano, no recuerdo cuándo dejé de ser humano. Tampoco sé cuánto tuve que llorar hasta secarme, sólo sé que sucedió y dejé de latir, sí. Y me convertí en lo que ya no he dejado de ser: un inhumano, dicen.
Pero a ella, esa insensibilidad no le dio nunca miedo, no. Me besaba y me decía: “no me muevo de ti, por si acaso te vuelves humano, otra vez”. Loca del coño que casi me convence y me convierte.
En un arranque de bondad sin precedentes, intenté explicarme que no podía querer, que yo soy así, inhumano sin intención de cambio. Que nosotros sólo subimos al mundo de los que laten cuando necesitamos sentirnos vivos. Se lo dije sin hablar: mal, ya lo sé, porque si no lo dices, no existe, y porque ,a partir de ese ese momento, me dediqué a estar sin estar. A ser encantador y a ser humo. Me dediqué a despedirme de mi humana sin decirle Adiós.
Un día, cometió el error de decirme Te quiero y yo me morí, de nuevo o incluso un poco más. Y para evitar males mayores, me lié con la primera luciérnaga que pasó una noche, poco después de aquella pesadilla, por mi oscuridad.
Maté de pena a mi humana. La dejé, la eché de menos, volví y me perdonó; increíble la capacidad de amar de los que tienen corazón, de los que no tienen miedo.
Humana e inhumano se volvían a ver, se besaban, reían, viajaban…casi se podía oler la felicidad. Casi, porque volví a dolerle tanto, mucho, todo que empezó a escribir cuentos; lo hacía para escapar de mí y yo me veía en todos ellos. Escribía sobre mí y se alejaba: en cada letra, su pena. En cada cuento, mi corazón miserable.
Un día, la llamé: “qué duro lo que escribes. No soy así. No quiero salir en tus cuentos”, le dije.
Sonreía al otro lado del mundo y me sonó tan lejano, tan hueco su corazón, “ya no estás en ellos, ojos tristes: para salir en un cuento, se ha de tener corazón”.

Se me fue. Rompió mi tela de araña. Esta vez, no la busqué ni volvió. Me rompió, y aunque yo no sintiera el dolor, escuché el “crash” del corazón roto, humano.
Ahora es una chica de papel,pero hace años, fue humana. Sólo la toco en letras, qué remedio, y leo que no tiene corazón, que es inhumana.

Miente.

 

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