Inconcluso – @Patryms

Patryms @Patryms, krakens y sirenas, Perspectivas

El parpadeo de la raya sobre el folio en blanco mide el tiempo que pasa y lo suma a su pulso, para ir restando el tiempo que ya no le queda.
– Vamos… – se dice. – Así no. ¡Si ni si quiera has empezado! –
Inconcluso, sa.
1.adj. inacabado.
Qué sutil y poco espacio da la RAE a la imaginación a veces.
– Si no te inspiras; recuerda – le repite su voz en off haciéndose pasar por otro en su cabeza. – Puedes empezar por aquellos maravillosos planes que tenías a principios de los noventa y divagar sobre ello. Eso de comprarte una moto y volver al lugar donde naciste, o la ocurrencia aquella de comprar y retirarte a esa casa señorial que todavía te saca la sonrisa cuando la ves y que nunca estará a tu alcance. Podrías usar el tema como excusa para dejar ya a aquel chico que con once años te mandó una carta para pedirte salir, del que hace más de veinte años que no sabes nada y con el que aún no has roto.
Al final, si te fijas, la vida se te ha ido meneando agitada por la mezcla entre lo que no empezaste, lo que dejaste, lo que olvidaste y de donde te echaron. Y eso que, según las estadísticas, no vas ni por la mitad.
La oportunidad del camino al desastre, eso es pararse a pensar.
Podrías regodearte en aquel vuestro final que fue su final y tu debacle. Esa maraña en la que se convirtió aquella zanja desde la que se veían sólo las sombras de algún caos y demasiado lejos un principio difuminado e inalcanzable.
Puedes hablar de todos esos “él” que no han sido más que unos. En minúsculas, emborronados, tachados o retintados y recogidos de folios antiguos para volver a apartarlos no sin antes doblarle la esquina al papel.
Podrías, haciendo un ejercicio de sinceridad, separar lo inacabado de lo abandonado y de lo que pudo contigo. Divide las chispas que queman de las que iluminan, habla del miedo. Puedes ahondar en la reinvención que supone volver atrás para rehacerse tamizando lo que ya está hecho. De los cascotes de la ruina al encuentro de la pieza clave del puzzle.
Puedes fijar el punto en el que empezarías. Desde ahí, recordarle a la que eras que el Lobo hizo más cosas que disfrazarse de Abuelita y que Caperucita se salvó con más suerte que destreza. Puedes ceñirte al punto en el que te levantaste de la vera de ese camino empinado y que dijiste “esta vez, voy a recorrerlo”. Incluso podrías admitir, que al principio, lo dijiste con más miedo a quien te pudiese escuchar que con convencimiento.
Podrías, en tercera persona para que no se sepa que hablas de ti, escribir de los anhelos y los deseos; aunque es terreno farragoso, y pensar en ponerles un final quizás te lleve a dejarlos en el estante ese al que ni de puntillas llegas.
Puedes hablar de las cosas que uno se dedica a perder. De las guerras, las salpicaduras, los tropezones, los pasos de página, las huidas, los pretéritos perfectos, los imperfectos y las medidas.
Las distancias. ¿Habrá cosa más a medias?
O de la Muerte, puedes hablar de eso. A ver quién te quita la razón de que, venga la señora cuando venga, siempre nos deja con algo que decir, que confesar, que aprender, que dejar o que echarse al bolsillo de irnos con lo puesto.
Puedes barrer los pedazos de los espejos rotos y fijarte en que cada añico sigue reflejando las ojeras, devolviendo la sonrisa, manteniendo la mirada y guardando la memoria.
O puedes dejarlo todo como está, así, inconcluso… Y contarlo mañana.

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