Incertidumbre – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

Había buscado tantas veces mi nombre en tu recuerdo, que aquello me pareció un universo nuevo. Un lugar donde no me extrañas, donde tú y yo no somos tiempo esperando a colapsar. Un lugar donde nuestras miradas no yacen enredadas en fulminantes espasmos de fuego y de dolor. Un lugar donde nuestras manos no son historia, y el resto de los habitantes no nos miran sabiendo, adivinando nuestra complicidad de las eras. Todo allí era extraño y sonaba absurdo.

Alguna vez supimos, sin saber, que estábamos condenados a buscarnos a través de las eras, en distintas vidas. Que nuestros encuentros, trágicos y esporádicos, nos tatuarían el amor hasta hacer imposible la respiración, y de allí, sólo nos perderíamos para encontrarnos y perdernos una y otra vez. Distintas vidas, mismas almas en pena.  Supimos alguna vez, – desde la primera vez que nuestras miradas se encontraron-, que no habría mucha más realidad para nosotros que nuestros sueños, y lo que es peor: nuestras propias pesadillas.

Es muy fácil reconocer el momento cuando dejas de pertenecerte. Aceptarlo es una historia distinta.  Eso nos pasó a los dos, fulminante como un rayo ¿Qué más da si vives del otro lado del planeta y tu historia ya es cansada y está entrelazada a otras historias? ¿Qué más da si jamás te atreverías a llamarme “mía” aunque cada célula de todas tus vidas, ya han puesto su bandera en mi piel? Esa certeza del amor absoluto, lejano y sanguinario era el único infierno imaginable para los dos. Nos condenamos al sabernos por primera vez. Y no hubo más. ¿Cuántas vidas pasaron? ¿Eras? Nunca creí posible llegar a un lugar como éste. Donde ya no. NO tú y yo, ya no, antes y después no. Sin historia, ni reencuentros de fuegos calcinantes, ni paraísos intermitentes. Otro lugar. A donde nunca podríamos haber llegado juntos.

¿Y ahora? ¿Qué seguía de esto? En este lugar no solo no existías, sino que ni siquiera me quedaba tu recuerdo inconsciente. Aquí no estábamos condenados a encontrarnos y perdernos trágicamente una y otra vez, en cuantas reencarnaciones y planetas decidiéramos vivir. Esto era distinto. Por primera vez, desde que te amé, fui libre de ti. No de ti como mío. De ti, como parte de mí.  La primera sensación fue de desnudez y escalofrío. Sin tu mirada asediando mi piel, toda yo resultaba imaginaria. ¿Y si yo ya no era, como podría entonces, soltarte? Si nunca fuiste, ¿cómo podría tomarte de la mano? Esa certeza absoluta de que éramos no existía aquí. No era como si nunca nos hubiéramos encontrado, o como si no estuviera escrita nuestra historia recurrente donde una tras otra, los dos debíamos aprender a lastimarnos, doler y amar, una y otra vez. No… Esto era como si finalmente hubiéramos pagado el último beso de la deuda que estábamos cargando. Como si nuestras almas finalmente hubieran comprendido y  ¡por fin! llegaran a un lugar donde ya no necesitaban el encuentro.

Había escuchado de eso. Dicen que es el primer paso para la evolución. Dejarte de torturar a través de distintas vidas encontrando un amor avasallador que nunca podrá ser.  Aquí nuestro infierno no existe, tampoco el paraíso imaginario. No estás.

Y reconozco que la desolación de saber que ya no seremos jamás, deja una curiosa calma que  hace que esta incertidumbre de vida sea hasta un poco encantadora.

 

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