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Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

¿Quién se iba a imaginar que alguien como nosotros se quisiera casar? Pero ahí estábamos, él de rodillas y yo secándome las lágrimas mientras le decía el típico “sí, quiero”.

Dos personas que no creían en el amor, ni en el romanticismo, ni en los “para siempre”… En fin, unos cínicos que nos tuvimos que tragar nuestras palabras.

¿Cómo iba a querer casarme yo, teniendo como referente a mis padres, dos pobres infelices prisioneros en un matrimonio que hacía aguas? O más que aguas, hacía whiskies y mi padre se los bebía todos. Y mi madre dejaba pasar su vida intentando que su marido dejase de desperdiciar la suya. Y, aunque al final lo consiguió y él dejó de beber, si es que eso se deja alguna vez, sus sonrisas ya nunca volvieron a ser lo que eran.

O mi novio a los suyos. Con un padre más implicado con su trabajo que con su propia familia. Todo el día fuera de casa, de reuniones, de viajes de negocios… y de comidas con clientes que casi siempre acababan en puticlubs. Miguel y yo ya estábamos juntos cuando una prostituta se presentó en su casa pidiéndole responsabilidades a su padre sobre una hija que aseguraba que era suya… Una movida monumental. Y aun así su madre, como buena señora chapada a la antigua, siguió con él.

Pero al final, la vida te da sorpresas y te pone a prueba, y ahí estábamos nosotros, desafiando a todos nuestros antecedentes familiares y gritándole al destino ¡que se joda! ¡que esta vez no iba a salirse con la suya!

Así que invitamos a comer a nuestros padres a casa, para darles la sorpresa de la buena nueva y, cuando ya íbamos por los postres, Miguel se levantó, fue a la cocina, y le vi aparecer con una botella de cava y una sonrisa de oreja a oreja. “Hoy tenemos algo que celebrar”, dijo. Y la descorchó mientras su padre se desabrochaba un botón de la chaqueta y su madre me lanzaba sonrisas cómplices. Fue llenando las copas, una a una. Yo miré a mi padre, que sujetaba la suya con la mano temblorosa, y a mi madre, que tenía cara de resignación y, cuando ya estaban todas llenas, levanté la mía y pedí la palabra.

“Como os estaréis imaginando, esta comida no es más que una excusa para deciros que, aunque os parezca tan sorprendente como a nosotros, hemos decidido casarnos. Así que –miré a mis futuros suegros- espero poder ser para vosotros como la hija que nunca tuvisteis… juntos”.

Pero solo bebí yo.

Y nada, lo que me imaginaba, que al final va a ser verdad que no me caso.

 

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