Imagina – @candid_albicans + @IAlterego84 + @GraceKlimt

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Abro los ojos y la misma sensación de vacío y derrota de cada día. El no tener qué hacer durante 24 horas es lo que tiene. Cada día es una copia del otro. Bostezo y me desperezo. Salgo de la cama y voy a la cocina. Café soluble y un cigarro. El desayuno perfecto. Mientras espero a que se enfríe, miro el móvil. Primero las ofertas de trabajo. Después, el saldo de mi cuenta corriente. El mismo nudo en el estómago de cada mañana y las películas que me monto sobre tarjetas duplicadas, piratas informáticos y demás historias. Doy un sorbo. La página tarda en cargar. Y entonces lo veo. Me cuesta creerlo. Pestañeo y me froto los ojos. Vuelvo a mirarlo y ahí sigue…

No puede ser. Cierro la página. Vuelvo a abrirla. Usuario y contraseña. Me tiemblan las manos. Pongo bien la contraseña de puto milagro. No puede ser. Saldo… 850.240 euros. ¿Qué broma es esta? Vale. Tranquila, piensa, piensa joder. Alguien se ha equivocado y te han hecho una transferencia por un pastizal. Ha sido un error, está claro. Me lo quitarán ya hoy o mañana a primera hora. No pone de dónde viene este dinero, no dice quién hace esta transferencia. Nada. Voy a llamar al banco ahora mismo. No. No. Espera. ¿Para qué? ¿Para que se lo queden esos hijos de puta? Con la falta que me hace a mí. Imagina todo lo que podría hacer con esa pasta. Irme de este puto zulo en el que vivo alquilada, por ejemplo. Irme de este pueblo. Dejar de trabajar los fines de semana para el cerdo que se frota contra mi culo cada vez que pasa por detrás de mí en el bar. Enciendo otro cigarro.

850.240 euros. 85.024.000 céntimos. 191.990.080 pesetas. Puedo sacarlo en 170.048 billetes de 5 euros. Todo es ponerse. Se me está yendo la olla, me doy cuenta cuando en mi cabeza se cuela la idea de pasar el dinero a rublos. Me echo a reír, ¿qué me importa a mí un rublo? Hace tanto que no reía en serio que me duele la tripa. Aunque igual sí debería importarme, ahora que parece que estoy bañada en pasta. Imagina qué locura. Comprarme aquellos zapatos. Dejar de viajar en metro cuando hay suerte y de volver andando a casa. Alquilar un coche con chófer, plantarme en el aeropuerto, viajar a Rusia, conseguir un kalashnikov, regresar al bar el viernes por la noche y volarle las pelotas a ese imbécil. Darme mechas en el pelo. Dejar de llorar cada puto día. Volver a dormir sin miedo por la noche.

Me estoy viniendo demasiado arriba. Necesito levantarme y moverme un poco. Me hormiguean los dedos. Joder. Y en mi cabeza sigue sonando esa vocecilla. Trato de no hacerle caso. Me enciendo un cigarro más. Quedan dos en el paquete, en un rato bajaré a comprar y a sacar un poco de dinero, por si las moscas. Pero la muy cabrona sigue a lo suyo. Imagina. Imagina. Imagina. Joder, parece el cuento de la lechera. Para evitar que el cántaro se vaya a tomar por el culo, vuelvo a mirar el saldo en el banco. Ahí sigue. Así que esta vez le dejo hablar sin censuras. Imagina lo que puede ser tirar de tarjeta a lo compradora compulsiva. Sin miramientos. Comprar lencería cara y no la mierda de bragas éstas del Primark que deshilachan con dos lavados. Gastar. Gastar. Gastar. Sin hacer cuentas a fin de mes teniendo que cuadrarlas al céntimo. Joder. Que son seis cifras en una cuenta que nunca pasaba de tres. Soñar es gratis, dicen. Imaginar con este pastizal en el banco no lo va a ser, pero sí que es un sueño hecho realidad. Y la muy puta, a lo suyo, con su imagina, imagina, imagina.

Basta. La cabeza me va a reventar. Necesito salir de aquí. No sé a dónde. A tomar el aire, o al cajero, o a reservar el fin de semana en la suite Coco Chanel del Ritz de París. Sí, eso es. París, luego Londres, y después Nueva York, y después Tokio. Voy a bajar a los chinos y me voy a comprar una campanita, como la que utilizaba Escarlata O’Hara para llamar a sus criados desde la cama. No puedo parar de reír. Dios, estoy eufórica, joder. Qué subidón. Me visto apresuradamente. Mierda, no puedo salir. ¿Qué pasa aquí? Hay demasiada gente en el portal. No quiero que nadie me pregunte a dónde voy ni por qué estoy tan contenta. Contenta yo. Eso sí que es rarísimo. Mejor salgo por la noche. Ahora levantaría demasiadas sospechas. Me investigarían. Entrarían en mi Facebook, en mi correo electrónico, registrarían mi móvil, e incluso hackearían mi cuenta bancaria. Invadirían mi vida privada. Y entonces verían mis 850.240 euros y ellos vendrán a por mí. A lo mejor ya lo saben. ¿Y si todo esto es una conspiración?

Oigo pasos. Estoy segura. Me asomo al descansillo y el portal sigue lleno. Y esas pisadas son inconfundibles. Son ellos, ahí vienen. Me han encontrado. Lo sabía. Lo sabía, lo sabía, lo sabía, lo sabía, lo sabía, lo sabía. Quieren llevarse mi dinero. Contengo la respiración, pero es tarde. Me han visto. Vienen a por mí y yo me giro para salir huyendo, pero no tengo a dónde ir. La casa abre sus fauces y quiere comerme. Las paredes se estrechan cada vez más. Echo a correr, o lo intento, no estoy segura. Grito. Seguro que si grito todo vuelve a la normalidad. —¡¡Dejadme en paz, quiero salir de aquí, no toquéis la pasta, es mía, largaos de aquí, hijos de puta!!—. Aúllo histérica, forcejeo con ellos, muerdo y araño y pataleo. Y de pronto paz. No siento nada. 850.240 euros que se mecen en el blanco infinito. Floto.

[—Puta loca, 3 años en este curro de mierda, y cada mañana la misma historia, no falla.
—A este ritmo vamos a agotar la reserva de todo el manicomio con ella, le has metido Librium para tumbar a un elefante.
—¿Y si nos la follamos? Ya sabes, por las molestias.
—Sí, y que nos cuente donde guarda la pasta…
—Joder tío, imagina que no está tan loca como creemos…]

 

Abro los ojos y la misma sensación de vacío y derrota de cada día. O no.

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