Igualdad de condiciones – @Macon_inMotion

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El vaho que salía con cada expiración de todos los presentes dejaba claro el frío que aquella noche de noviembre reinaba en uno de los polígonos industriales más antiguos de la ciudad. Varias decenas de personas rodeaban expectantes dos coches arrancados. Ambos motores rugían nerviosos. En uno de los coches, una mujer de melena rubia y mirada penetrante y decidida. En el de al lado, otra mujer; esta con un enorme ave fénix tatuado a lo largo de todo el brazo derecho y cuya cabellera pelirroja parecía dotar al fénix de un halo de fuego. La rivalidad venía de lejos y había desembocado en un par de peleas entre ellas y sus respectivas bandas.

El reggaetón sonaba a través de los altavoces de un potente equipo de música de un coche cercano. La gente bebía y bailaba. Un hombre con sombrero de ala estrecha y unas enormes rastas asomándose por debajo, se movía entre los grupetos de gente contabilizando apuestas.

Ambas mujeres empezaban a pisar el acelerador sin moverse del sitio para revolucionar los motores, haciendo que la gente las jalease.

Un tipo enorme se dirigió a la calzada, situándose con una litrona en la mano entre ambos coches pero un par de metros por delante. Después de unos instantes en silencio, levantó la botella a modo de saludo triunfal enfervoreciendo aún más a la gente congregada. Entonces empezó a beber.

Ambas mujeres, desde sus respectivos coches, se miraban. A los pocos segundos, la montaña de músculos que bebía la cerveza separó la botella de su boca y la reventó contra el suelo. Ese fue el momento en que ambos vehículos aceleraron a fondo, dejando una larga marca de goma quemada en el suelo. La gente se volvió loca con la salida y estallaron en gritos de ánimo, dando rienda suelta a toda la adrenalina contenida.

Doscientos metros más adelante y con ambos vehículos en paralelo y a gran velocidad, se dispusieron a tomar la primera curva. Una de las mujeres frenó mucho antes de lo necesario, saboreando con anticipación lo que sabía que iba a ocurrir. La otra, frenó donde correspondía pero sin embargo nada sucedió. La velocidad del coche no decreció y después de pisar frenéticamente y a fondo el pedal del freno, entendió lo que había pasado. La palabra sabotaje fue la última en la que pensó de forma consciente antes de dar un volantazo y llevarse por delante cinco contenedores de basura para finalmente estrellarse violentamente contra el lateral de un almacén de fruta.

La gente empezó a correr hacia el lugar del accidente. El coche que se había quedado por detrás de forma premeditada frenó lentamente. La piloto bajó entonces del vehículo y después de escupir al suelo en señal de desprecio, dijo mirando hacia el siniestro: “¿Pensabas que íbamos a competir en igualdad de condiciones? Pues pensaste mal, puta.”

 

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