Hotel Marion – @soy_tumusa + @mediofran

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Hacía semanas que el otoño se había instalado en el viejo hotel Marion dejando su impronta en las amplias zonas ajardinadas, esparciendo la hojarasca con ráfagas descontroladas de remolinos de viento y castigando la fachada con la lluvia kamikaze que se estrellaba contra los ventanales sin ni siquiera llegar a lastimarles.

El mobiliario de las terrazas, amontonado junto al cobertizo de madera que se elevaba a tan solo unos metros del riachuelo que discurría por el margen derecho del edificio principal, permanecía inmóvil contemplando la escena sin mayor preocupación que la de no sucumbir a la herrumbre antes de la llegada de la temporada estival.

Ajeno a la algarabía que se organizaba en el exterior el fuego de la chimenea que caldeaba el bar-salón amenizaba la estancia con el suave crepitar de la leña quebrada por las llamas, que interpretaban una incandescente y ancestral danza para quien quisiera admirarlas describiendo sinuosas curvas que por imprevisibles resultaban imposibles de imitar.

No era temporada de mucha afluencia pero el bar se encontraba más animado que de costumbre, debido a que en el gran salón de actos había tenido lugar una conferencia de esas que llevan a cabo una gira por todo el país como si de una afamada banda de rock se tratase pero a las que por norma no acudía mucho público más allá de un círculo cerrado de eruditos de andar por casa.

Entre los asistentes se encontraba una dama de mediana edad que aprovechando que su esposo se encontraba de viaje, a buen seguro alojado en un hotel no muy diferente de aquel en el que ella se encontraba, aprovechó para darse a sí misma el capricho tantas veces pospuesto de degustar uno de los famosos cócteles por los que era conocido en toda la región el joven y creativo barman del hotel Marion.

Sentada frente a una mesa de mármol blanco situada en un discreto y apartado rincón de la estancia hojeaba una manoseada revista con aire desinteresado mientras recorría con mirada prudente el ambiente que la rodeaba, escudriñando a cada uno de los parroquianos que alzaban la voz entremezclando diferentes conversaciones.

Apenas acertaba a descifrar las incoherencias que escuchaba, pues no eran aquellos hombres quienes hablaban sino el licor que con ridícula solemnidad ingerían.

No tardó en escandalizarse al llegar a sus oídos las bravuconadas de las que se jactaban los componentes del corrillo de hombres más cercano, que dejaban claro que para ellos una dama no merecía el mismo respeto que se le dispensaba a un caballero.

Azorada por tal comportamiento volvió a posar la mirada en las páginas de su revista sin poder centrarse en un párrafo seguido. Ojalá aquella manada de bestias se marchara antes que ella, pues la aterraba la idea de coincidir con ellos en el largo paseo de vuelta a casa.

Apenas pasaron unos minutos y la algarabía de la sala fue decreciendo, sumiendo el local en un placentero silencio como cuando se apagan los plañideros lamentos en el cementerio.

Levantó la vista del panfleto que sostenía en sus manos y echando un nuevo vistazo comprobó con agrado que aquellos groseros caballeros que en voz alta se jactaban de sus andanzas amorosas habían salido del hotel y ya no quedaba de ellos más que el hediondo rastro que había dejado el humo de sus puros habanos.

Pero no había quedado sola en la estancia.

Al otro extremo, apoyado en la barra, un varón que aparentaba una edad semejante a la suya la observaba detenidamente con un gesto en su semblante que rozaba el límite entre la curiosidad y el descaro. Cierto era que se trataba de un hombre bien parecido y a juzgar por su aspecto físico gozaba de una envidiable salud, la cual parecía adivinarse en el fulgor de aquella inquietante mirada, pero aquello no le disculpaba de intimidar así a una dama.

Ruborizada y por qué no también halagada retiró la mirada dibujando una media sonrisa y alargó su mano hasta alcanzar la copa. Al hacerlo un repentino estremecimiento recorrió su espalda en una vertiginosa carrera por llegar hasta el último de los poros de su piel, quizá provocado al entrar en contacto con sus labios el hielo que flotaba en licor y no por haber imaginado las manos de aquel apuesto caballero recorriendo su piel desnuda.

Ante tal ocurrencia el infierno se instaló en sus mejillas, acentuando el color encarnado de sus coloretes, que ahora parecían competir con el fuego que agonizaba en la chimenea.

Disimuladamente entornó la mirada buscando al galán descarado y comprobó perpleja y con cierta decepción que ya no se hallaba en la sala. En su lugar se encontró con el camarero parado frente a su mesa, levemente inclinado hacia ella y ofreciéndole un nuevo cóctel, según dijo, por gentileza del hombre que acababa de retirarse.

Con gesto agradecido aceptó la inesperada invitación.

Al colocar la copa sobre el posavasos que el joven la había dispensado se percató de que en una esquina del mismo había un número de tres cifras escrito con tinta negra y trazo muy cuidado y cuyo significado no tardó en interpretar.

Sentado al borde de la cama y con las sudorosas palmas de las manos descansando sobre el edredón, el inquilino de la habitación 214 alcanzó a oír cómo el renqueante mecanismo del ascensor y las pesadas puertas del mismo que se abrían con sincronizada pereza avisaban de que se había detenido en aquella planta.

Nervioso como un colegial se levantó del camastro acercándose hasta la puerta, apoyando con sigilo la oreja contra la madera de la puerta mientras deslizaba su mano hasta asir el pomo, tratando por todos los medios de no hacer el más mínimo ruido, desconocedor de que al otro lado la dama que minutos antes coqueteaba con él en el bar del hotel imitaba su gesto, quedando así sus mejillas separadas por la frontera escasos centímetros que delimitaba el grosor de la puerta.

Por segunda vez el ascensor comenzó a moverse y ante la idea de que volviese a detenerse en aquella planta trayendo consigo a algún curioso inesperado giró apresuradamente el pomo y abrió sin previo aviso la puerta.

 

“214 latidos por minuto son los que bombea en éste instante mi corazón. 214 pensamientos me abordan entre dudas, deseos y miedos. 214 maneras de amarte se me ocurren delante de esta puerta”.

 

Tanto había apretado el pomo de la puerta que sentía el calor de su mano recorrer todo su cuerpo, quizás fuera el fuego del momento que se mezclaba con el sudor y la inquietud de su indecisión de abrir la puerta o largarse. Su cabeza decía “Vete, huye”, su cuerpo se aferraba a ese pasillo pidiendo a gritos “¡Quédate!”. El silencio de la planta se rompía por el timbre del ascensor cada vez que subía y bajaba y el murmullo de la televisión de alguna habitación contigua. “A la de tres” suspiraba en silencio, pero su mano estaba petrificada a esa maldita manivela, apenas se apreciaba el temblor que recorría sus delicadas piernas por la sensación del “Qué pasará” si traspasa esa puerta y la sensación de duda y arrepentimiento eran las que dominaban su movilidad.

“Sé valiente”. De un portazo y sin pensar abrió la puerta que la separaba del bien y del mal. La cara de perplejidad de aquél individuo tropezó con la de ella, que permanecía llena de desazón y dudas, pero rápidamente su amable sonrisa templó su inquietud al instante. Sus mejillas, que aún seguían sonrojadas desde el comienzo de la noche aumentaban su color a cada paso que él daba para acercarse a ella. Sentía que se iba a desvanecer al respirar su olor, ese perfume intenso que casi la incitaba a pecar y que hacía que se humedeciera sin querer su ropa interior al imaginarse por una décima de segundo sus bocas rozándose. Dulcemente deslizaba su mano desde su hombro hasta los dedos de su mano para conseguir adentrarla en su abismo y la hizo caminar, pero sin tocar el suelo y ella le siguió sin apenas mediar palabra, porque su dedo ya silenciaba sus labios. La condujo sonriendo hasta la ventana, allí el fulgor de los faroles de la fachada reflejaban ambos rostros y los hacían arder al compás de su diminuta llama. Con una delicadeza pasmosa le quitó la camisa de seda blanca mientras sus ojos no dejaban de mirarla. Debió notar el temblor de sus pupilas que titubeaban al mismo ritmo que el de su cuerpo semidesnudo. “Me está tocando” meditaba hacia sus adentros mientras saboreaba esa sensación tan vibrante y loca que jamás había experimentado. “Déjate llevar Sofía”, repetía su inconsciente muy consciente de lo que allí iba a ocurrir y disfruta, que el cuerpo lo merece y la vida es demasiado corta”

Juntó sus manos y mientras la miraba a los ojos, ató sus delicadas muñecas con la corbata de seda marrón que acababa de quitarle. La sentó sobre la mesa que había al lado de la ventana y comenzó a recorrer su cuerpo. La saliva se desprendía por la aureola de su pezón a medida que su lengua lo rodeaba haciendo círculos y jugueteando con ellos, entre caricias, un leve mordisco la hizo estremecer entera en un sobresalto de placer. Cada mano palpaba cualquier centímetro de  sus pechos y los hacía suyos mientras sujeta a la mesa Sofía arqueaba la espalda y se preparaba para  vibrar en lo más profundo de su ser. Le apartó los muslos con suavidad mientras sus dedos mimaban las medias buscando la línea que separa la lycra de su ardiente piel. Subía adentrándose entre la lencería y sonrientes se miraban porque ambos sabían que la humedad la recorría entera provocada por el ardiente deseo y esa extraña situación. Levantó su falda con el afán de admirar sus piernas y a bocajarro, rompió la diminuta braga dejando al aire su zona más  íntima para poder saborearla mucho mejor, el calor y el flujo, se hacía más evidentes y junto a la de su boca se resbalaba por su piel provocando que la respiración fuera más rápida y desembocara en jadeo. “Creo que moriré de placer” suspiró ella, mientras notaba su lengua y sus labios unidos a los suyos entre los dos muslos, “más rápido” se sorprendió diciéndole, hasta que su boca bruscamente bebió de manera intensa, lamió y recorrió cada recodo de su sexo. Ella aferrada a su cabello con las manos atadas, empujaba su cabeza queriendo introducirla más dentro de sí. Un alarido quebró la respiración, el flujo comenzó a estallar cual manantial desbordado entre sus largas piernas y su boca.

Temblando aún por el éxtasis del orgasmo, del placer y de las ganas acumuladas durante tanto tiempo, acarició sus fervientes mejillas y se fundieron en un mojado beso que la hizo de nuevo estremecer. La agarró de las manos que volvió a atar más fuerte si cabía esta vez a los pies de la cama. Admiraba absorto la silueta de Sofía atada, abierta esperándole mientras en su cara se mezclaba el rubor de la vergüenza con el deseo lascivo de la situación. Su mano golpeo su trasero varias veces dejando marcada la nalga, Sofía soltó un grito de dolor y placer que provocó aún más su deseo de ser penetrada. Él le abrió las piernas, tocó su humedad y sin pensarlo introdujo fuerte su virilidad llenándola de placer, empujando cada vez más y más fuerte, a cada empujón ella gritaba “si”, se retorcía a los pies de aquella cama, él sabía qué punto tocar para que Sofía alcanzara el éxtasis, no paró de penetrarla hasta que ambos explotaron de placer, dos cuerpos mezclados en uno, el sudor recorría la espalda de ella mientras él sujetaba su pelo y acariciaba su piel. Exhaustos y complacidos, se rindieron en el suelo mirándose a los ojos cual cómplices de lo que había sucedido y preparados para rendirse aún más a la lujuria de una larga noche.

Al amanecer, turbada aún por la situación y con el corazón desbocado pidiendo a gritos ser liberado de la cárcel de su pecho recostó su cabeza sobre el duro abdomen del hombre que durante toda la noche la sostuvo entre sus brazos, y alargando la mano en busca de él entrelazó los dedos con los suyos arrancando un leve sonido metálico allí donde sus alianzas entrechocaron.

Mirándose a los ojos sonrieron y él tiró de ella con delicadeza hasta alcanzar sus labios y parándose a escasos milímetros, justo antes de fraguar un beso susurró:

—Deberíamos regresar a casa mi amor. Los chicos estarán a punto de regresar.

Ella, besando cuidadosamente su boca y apoyando una mano en su pecho respondió:

—Feliz aniversario cariño. Feliz aniversario…

 

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