Horizonte cercano – @dtrejoz

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El pasillo parece extenderse hasta el olvido, casi eterno. El día es lento. En la pizarra acrílica donde asignan las cirugías del día está mi nombre… ¡al fin está mi nombre! Me asomo de nuevo a la pizarra para asegurarme de que no lo han borrado: “3 pm: Rafael Ocampo, sala 3/ Diego Trejos, sala 4”

De reojo alcanzo a mirar la moldura de madera de pino cubierta con un tinte caoba que separa la pared en dos colores, verde océano de la mitad para abajo, azul de cielo de la mitad para arriba, sé perfectamente que esos colores no los escogen al azar, tienen un efecto tranquilizante en la mente del paciente, y si eso no sirve, siempre tienen a mano un somnífero, pero nadie va a salirse de control, la regla es simple. Por alguna razón, siempre hay una sutileza que lo pone a uno a pensar en fatalismos. El enfermero que sostiene la camilla por la cabecera, vuelve a hacerle las mismas preguntas que le han hecho los últimos tres días:

don Rafael: ¿lo han operado anteriormente? ¿es alérgico a algún medicamento? ¿quiere hablar con el sacerdote del hospital?… Él solo responde negando la tercera pregunta, con un movimiento casi imperceptible de barbilla, mientras alcanza a tocar con su mano derecha la moldura de madera que divide la pared. En ese momento sabe con exactitud donde se encuentra, en el pasillo que divide el hospital de norte a sur, a cincuenta centímetros de la pared este y a metro con cincuenta de la pared oeste, es el pasillo que lleva a los ascensores internos, los del personal, deberán cruzar casi doscientos metros en línea recta, luego un breve giro al este, ahí a esperar a que llegue el ascensor, y después camino libre hasta el octavo piso, a las salas 3 y 4 de operaciones, a la soledad de saberse vivo y no poder probarlo, al terror de quedarse otra vez dormido y no saber si habrá otra vez un despertar. Lo veo alejarse hacia el sur, lo observo estirar su mano derecha, siempre intentando alcanzar con sus dedos el llavín de alguna puerta, girando su cabeza cada vez que pasan por la luz…es casi un juego…primero un llavín, luego dos cuadros oscuros, al tercero hay un foco incrustado en el cielo raso, otros dos cuadros a oscuras y otra vez llavín…la secuencia se repite por todo el pasillo, por todo el camino, por todo el hospital, y Rafael  ya conoce esos pasillos de memoria por sus constantes visitas al quirófano, ha “paseado” muchas veces por estos salones, no es su primera vez, y justo cuando lo veo girar en su camilla hacia el este, hacia los ascensores de servicio, escucho la voz de un enfermero que me pregunta de forma religiosa: ¿lo han operado alguna vez? ¿es alérgico a algún medicamento?…antes de que me haga otra pregunta lo interrumpo y le cuestiono: ¿por qué siguen preguntando lo mismo si ya lo tienen en el expediente? ¿entonces para qué un expediente si van a volver a preguntar lo mismo cada vez? El tipo me ve incrédulo y sorprendido y me responde con dos preguntas, la primera llena de ironía, y la segunda con aires de amenaza: ¿está nervioso señor? ¿quiere un tranquilizante? El silencio se hizo fuerte y necesario, lo suficiente para que el tipo olvidara su propuesta. Luego seguí la ruta de Rafael. Boca arriba en mi camilla pude apreciar la secuencia de las luces cada tres cuadros de cielo raso, era como un goteo de luz intermitente, una clave morse de puntos y rayitas que describían un camino, una entrada…o una salida, según lo vieras. Las voces se iban quedando encerradas en cada salón, el volumen subía al pasar frente a las puertas y luego desaparecía con la luz, luego volvía el ruido, las voces, y luego de ellas, otra vez llegaba la oscuridad.

– Ahí me pasó su vida frente a mis ojos–

Al salir del ascensor lo vi de frente. Buscaba en la oscuridad algún rastro de fe, giraba su cabeza hacia la luz del frente y hacia la luz que entraba hasta el pasillo por la ventana, se veía perdido, con miedo…pero también debo agregar que reconocí en su gesto una esperanza, la convicción de quien no sabe rendirse, la persistencia de quien conoce la fuerza con la que sueña.  Entonces lloré al verlo. De esos llantos que nadie oye, de esos que por fuera son dos lágrimas mientras que por dentro se desatan tempestades. Lloré con la emoción de quien anhela cumplir los sueños de alguien, aunque sea un sueño que no está al alcance, todo por el hecho de creer en los milagros, todo por el deseo de hacer un sueño despertar. Ya estando allí se abrieron las puertas de los quirófanos tres y cuatro. Ahí volví a quedar de frente a Rafael, quedé de frente a toda la esperanza que se le derramaba por la cara, le regalé una última mirada antes de cruzar la puerta en mi camilla, mientras alcanzaba a decirle: ¡hey Rafa…nos vemos! La respuesta fue una sonrisa de sorpresa y un “Dios primero”

Ya en la sala, solo recuerdo que habían cinco personas, me pasaron a la camilla de operaciones, una luz muy blanca que tenía de frente me hizo pensar en el túnel y las indicaciones de mis amigos respecto a que no me acercara por ningún motivo hacia la luz, luego alguien me preguntó si ya me habían operado alguna vez o si era alérgico a algún medicamento, mientras introducía un líquido transparente por una manguerita que estaba conectada a mi antebrazo, lo demás fue oscuridad.

Mi operación tardó dos horas, y me dejaron dormir otras tres, luego me despertaron para enviarme de regreso al piso cuatro, a la camilla 506, a esperar las doce horas de rigor post-operación para enviarme de regreso a casa, a terminar la recuperación. Y abandoné el hospital sin saber nada de Rafael, ese hombre que siempre estaba en su camilla boca arriba o en su silla frente a la ventana, buscando su horizonte en las luces del cielo raso o en la claridad que entra por el cristal, porque el verdadero horizonte, el que se viste de luz al amanecer, el que se rinde herido de color en el ocaso, el que junta al cielo con el mar, ese le quedaba lejos, había perdido la visión de su ojo izquierdo desde los cinco años, y luego el desprendimiento de retina lo dejó completamente ciego desde los diez, lo de él era asunto de resplandor y oscuridad, solo eso.  Pero éste relato no conoce de finales tristes, hoy vine a contarles un milagro. Luego de cuatro meses lo vi, en una cita de control de las que me dejaron en el hospital. Entré al recinto donde me atenderían a eso de las seis de la mañana y ahí estaba Rafael, de pie frente a la ventana. Toda clase de emociones me recorrieron la piel, sentí un latido más allá del corazón, fue como un grito desde el alma, luego el ahogo en el pecho, el nudo en la garganta. Caminé hacia él, quería ponerme de pie a su lado y también frente a la ventana, quería ver lo que él veía, quería perderme en el milagro de observar su sueño desde mis ojos, quería entregarme a la maravilla de un amanecer frente a la misma ventana que Rafael veía, emocionarme con la luz de la mañana, el destello del alba besando las montañas, el arrullo de un horizonte cercano cayéndose del cielo a cuenta gotas, a pasos lentos, a flor de labios, quería llegar y quedarme de pie a su lado sin necesidad de decirle nada, sin la intención de interrumpir su viaje, porque ¿quién soy yo, para atreverme a callar la melodía de un amanecer que se hace imagen en unos ojos olvidados, quién soy yo para interferir en el milagro de un amanecer que se hace sonrisa desde unas retinas que vieron luz después de cuarenta años de ver vacío, quién soy yo para insistir en arruinar el silencio de un paisaje de acuarelas que el cielo derrama en forma de promesa y de verano?

Encontré a Rafael llorando, compungido por la belleza del paisaje, agradeciéndole al cielo la maravilla de volver a verlo, por la victoria de abrazar al firmamento desde el enfoque renovado de sus ojos viejos, lo encontré aferrado al marco de la ventana, como intentando sostener la sombra que el alba empezaba a arrastrar hacia afuera de la cortina, lo encontré soñando a colores, lo encontré sonriendo, lo encontré con un “gracias Dios” entre los labios y con un río de lágrimas convertido en alabanza, con un universo de tonos azules de cielo entrando de golpe hasta su alma, ya no más resplandores…ya nunca más oscuridad.

Esta vez lloré con él. Juntos le sostuvimos la palabra al cielo desde el silencio de la ventana, mientras él se emocionaba con el amanecer del cielo, yo me emocionaba viendo el amanecer en el brillo de su mirada, yo miraba su alegría reflejarse en el cristal, yo me ahogaba en la expresión de gratitud que se le salía por el rostro, no era más que la traducción que hacía su cara del sentir de su corazón, no hubo necesidad de articular palabras, ni de cruzarnos la mirada, hay milagros que son así, suceden desde el silencio, en completo anonimato, ante la indiferencia del mundo, porque para todos los demás, solo fuimos dos extraños de pie frente a la ventana, observando el horizonte, en eso radica su belleza y plenitud.

Luego de eso me alejé despidiéndome con una palmadita sobre su hombro, porque las ganas de decirle: “Nos  vemos, Rafael” se me ahogaron en el nudo de la garganta.

 

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