Homosexual – @soy_tumusa

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-Niños, por favor, un poco de paciencia. Vuestra madre saldrá enseguida, ha de atar unos cuantos hilos rotos y desatar otros tantos nudos, antes de irnos a comer.

Mientras les hablo, miro el reloj con el rabillo del ojo, disimuladamente, para que ellos no me vean y no noten que yo también ando desesperada… Parece que tarda mucho. ¿Y si no ha encontrado el valor suficiente?, ¿y si ese maldito bastardo no da su brazo a torcer? Debería de haber entrado con ella, todavía no se siente fuerte y seguro que le tiemblan las piernas al caminar. A Diana no le pega nada el papel de mujer fatal, pero espero que el plan esté saliendo bien. No podría soportar verla de nuevo destruida, ahora que parece que sus pedazos se han ido soldando uno a uno. No me la imagino cogiendo la sartén por el mango, pero sonrío al pensar en la cara de esos individuos cuando ella les calle la boca. Hemos tardado, pero creo que ha sido la mejor decisión que podíamos haber tomado. Sonrío al verla segura de sí misma y saber que cuando todo haya acabado, seré yo quien la cuide, la abrace y la mime, el resto de sus días.

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Mi mano rozó su blusa entreabierta al intentar alcanzar el bote del azúcar aquella mañana de junio. Me ruboricé sin motivo alguno, porque tan sólo se le veía esa puntilla blanca que rodea el sujetador y sin querer me recorrió un hormigueo por los pies. “Qué raro” murmuré para mis adentros, me pareció sentir mariposas en mi estómago, pero eso es imposible. Yo, ¿Homosexual?… Será el cariño que nos tenemos, el día a día, la cotidianidad me repetía sin cesar mientras amasaba la harina y daba forma a las galletas; llevo ya demasiado tiempo trabajando aquí con ella, siendo parte de su familia, de su vida y estoy segura de que la quiero, pero como querría a mi madre o a mi hermana. Esta mujer es tan buena y dulce que es imposible no hacer un hueco en el corazón para poder llevarla dentro.

Sonrío recordando las tardes de sobremesa donde ella mustia y cansada, me contaba lo infeliz que su marido la hacía; llena de pena, cargaba con la casa, los niños, mientras el “señor” se ausentaba días o fines de semana enteros para retozar con la estirada de su secretaría. Nunca le dije nada, pero la noche que Pablo me invitó por su cumpleaños a ese restaurante tan caro a las afueras de la ciudad, me crucé con ellos al pasar por el reservado antes de llegar a los baños. Se les veía disfrutar de la velada entre risas y caricias, bebiendo champán caro; mientras yo pensé en ella, pobre Diana, sola en casa, sentada frente al televisor, tomando su taza de té favorito… y recuerdo que me invadió un profundo y enorme sentimiento de pena que me hizo entristecer. Unas cuantas copas de más, le bastaron a Pablo para sacar el tema de mis señores.

-Está jodídamente buena la señora esa, debe ser mayor, pero se conserva bien. ¿no, nena?. –balbuceaba entre sorbo y sorbo de vino.

-Es una autentica señora, no hables así de ella – le repliqué enfadada – Es demasiado buena para soportar, ella sola, la carga de la casa y al inútil de su marido.

-Nena, yo solo digo que está tremenda. Lo que necesita es un buen polvo y se le acababan las penas. Las personas así necesitan liberarse y pagar con la misma moneda. ¿No dices que su marido se la pega continuamente?.. Pues eso, eso es lo que ella debería de hacer. – Murmuraba mientras se ponía más vino y trinchaba un trozo de carne para llevársela a la boca. En realidad pensé que Pablo tenía cierta parte de razón, me apenaba tanto esa mujer, que en el fondo yo deseaba que fuera feliz.

–Entonces nena, ¿has pensado ya lo de mi regalo?, lo que te comenté. Joder, me haría tanta ilusión – cambió de conversación Pablo, insistiendo en su idea fija.

-No Pablo, no creo que lo que a ti te apetece, sea conveniente para nuestra relación. Pero si es lo que deseas, después de darle mil vueltas, creo que aceptaré. Haré un trío contigo, pero con una sola condición – le dije, sorprendiéndolo y sorprendiéndome a mí misma.

-Nena, ¡lo que sea! –Exclamó con los ojos abiertos como platos, atónito por mi contestación.

-Yo seré quién elija a la otra persona. Y tú aceptarás sin más. – le dije decidida.

-Por supuesto nena…mientras sea una mujer. Por supuesto. Yo no soy Homosexual – contestó medio ofendido.

Después de esa cena, mi cabeza repasaba candidatas al trío, pero ninguna me satisfacía; tetas muy pequeñas, boca muy grande, demasiado gorda, demasiado delgada… Todo eran pegas. Una noche, después de acostar a los niños, Diana estaba preparando la cena para Juan, afanada en la cocina, guisando entre las sartenes, se movía como pez en el agua, yo la observaba desde el salón. Menuda pero siempre radiante, hasta para estar en casa. De repente el móvil, un mensaje. Por su cara de decepción, ya sabía que Juan no vendría.

-Una reunión. No llega a cenar – me explicó, tristona.

-Vaya Diana, lo lamento – le contesté, poniendo una mano en su hombro – Llevas toda la tarde metida en la cocina, el asado tiene una pinta estupenda y qué decir de cómo huele el pastel de chocolate.

-No pasa nada, estoy acostumbrada. Sólo que esta noche era la cena de aniversario, por eso me esmeré un poquito más – me contestó – Se me ocurre una idea, quédate y cenamos las dos. Hay comida de sobra. –Sus palabras fueron interrumpidas por el timbre de la puerta. Pablo venía a por mí, aquella noche queríamos ir al cine…

-Ese debe ser Pablo – le comenté -, habíamos quedado para salir, pero gracias por la invitación. Te lo agradezco. – Su cara de pena y decepción al escuchar mi respuesta me partió el alma. No podía irme sin más y dejarla sola en ese día tan especial. Así que abrí la puerta de la calle e hice pasar a Pablo. Delicadamente le murmuré al oído. “cambio de planes, hoy cenamos con Diana, ella nos invita”. Él encantado, todo lo que fuera gratis nunca le hacía ascos, era tan vulgar y previsible a veces.

Aceptamos gustosamente cenar en su compañía, ella se alegró muchísimo. Hacía mucho tiempo que no la había visto de esa manera entre copas de vino y risas, nos contaba historias de cuando vivía en el extranjero. Ella estudió en París, conocía a mucha gente y cada historia era mejor que la anterior. Pablo hacía el payaso y me saca los colores, fue una velada de lo más divertida. Pasado el postre, pero seguimos con el vino, yo me levanté a poner música del viejo equipo del salón, algo lento y suave que no despertara a los niños.

Cada vez el vino iba cayendo, 4, 5, no sé las botellas que dejamos vacías por la mesa, pero aquel licor granate hacía que nuestros cuerpos se liberaran más y más, que bailáramos lento al son de  Sarah Vaughan y su “Embraceable You”. Mientras nuestros cuerpos se rozaban. Pablo me susurró al oído, «hagamos el trío esta noche» y yo acepté extasiada. Sus palabras en mi oído cayeron como flujo en mis bragas al pensar en Diana como compañera de placer.

No sé si fue la música, el vino, las decepciones… pero Diana aceptó el juego. Pablo acariciaba su cuello y besaba su nuca, mientras ella se dejaba llevar. Yo abrazaba la espalda de Pablo mientras le despojaba de la camisa y Diana, simplemente se dejaba hacer. Agarró de un brazo a Pablo y mientras lo guiaba hacia la habitación principal yo me servía la última copa de vino y les miraba diluirse entre las sombras del pasillo manoseándose. Me excitaba tanto la situación que quería saborear hasta el último recodo de aquella escena y grabarla en mi mente para siempre. No entendía esa sensación de deseo, mezclada con nervios y sazón. Yo, ¿homosexual? Me repetía sin cesar, será el vino que me turba la mente y me hace arder de deseo por esa mujer. Caminé lenta hacia la habitación mientras apoyada en la puerta veía como mi sexo se excitaba al ver a Pablo desvestir a Diana. Ella parecía una marioneta, complacida y sonriente le mordía el pecho y acariciaba su pene por encima del pantalón.

-Te voy a follar viva, como jamás nadie lo ha hecho, voy a romper tu culo y te vas a morir de placer.- Murmuraba entre sus labios Pablo.

Qué palabras tan brutas pensé para lo delicada que es Diana. Una vez tumbada le besaba los pechos y acariciaba su piel y casi me corro de ver lo complacida que ella estaba, en ese momento no podía aguantar más y me quité el vestido. Estaba deseando que mi piel rozara la suya, besarla y acariciarla como nunca nadie lo había hecho, yo quería darle autentico amor, me sorprendí pensando. Lamía cada pezón delicadamente, jamás lo había hecho, pero que sensación más indescriptible, su sabor en mi boca, me hacía agua, mientras Pablo le pedía una felación, yo me dedicaba a sus senos bajando hacia su ombligo, su cuerpo era perfecto y su piel tan suave. En aquellos momentos no pensaba en mi novio, su presencia me era indiferente, estaba disfrutando tanto de su sexo que me olvidé de todo.

Él, mientras tanto, obcecado en follarle su trasero la intentaba montar por detrás una y otra vez, pero el muy inútil no lo conseguía. Sin embargo yo la acariciaba intentando relajarla para que su descoordinada polla entrara suavemente sin hacerla gritar. Bajé a su sexo y como una inexperta becaria, acaricié y lamí todo su ser demostrándole como mi alma la deseaba, la llené de orgasmos tras orgasmo, comí de sus fluidos que tanto deseaba y la corrí mil veces con mis dedos haciéndola gritar como nunca había gritado, Pablo miraba atónito lo bien que encajaban nuestros cuerpos y nada nos importó que se levantara y saliera pitando de aquella cama que fue nuestra a partir de ese día.

Parece que tarda demasiado, pienso inquieta y se me ocurre entrar, pero pronto quito de mi cabeza ese pensamiento. Diana se molestaría, ella quería zanjar sola esta situación, poner en su lugar al canalla de Pablo que fue con el cuento al marido, despechado porque lo cambié por ella,  y mil veces lo haría, la amo sin condiciones, es luz. Ella despierta en mis, más cosas de las que Pablo nunca ha despertado en todos estos años de novios. Lamento que fuera un palo muy gordo que te abandonen por una “tía”, sobre todo para su orgullo de “macho”, pero no puedo controlar lo que siento y me mentiría a mí misma, si no reconozco que me engrandece su corazón y me estremezco con cada beso suyo, ni ella ni yo lo planeamos, pero surgió del cariño. Y el amor que le profeso es tan inmenso que a día de hoy deseo con todas mis fuerzas estas a su lado y cuidarla, el resto de mis días. No digo que me gusten sólo las mujeres, sólo digo que me gusta ella: Diana. Su personalidad y su bondad han calado tanto en mí que no me imagino los días sin su presencia, sin contemplar su mirada o su sonrisa mientras se mete los rizos por detrás de sus diminutas orejas. La amo, sí, como jamás la amó otro hombre, ni si quiera el ruín de Juan, que la hizo tan desgraciada que la apagó. Ojalá ahora mismo esté recibiendo de su propia medicina y ojalá tenga el valor de darle en la cara por tantos años de abandono e infidelidades. Me alegro de haberla encontrado rota, porque ahora sé que la recompongo cada día y cada noche, cuando la abrazo y se estremece, de nuevo, entre mis manos.

Una historia de 4 contada por 2.. @netbookk + @soy_tumusa

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