Historias breves de personas infinitas – @DonCorleoneLaws

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“En cualquier dirección que recorras el alma nunca tropezarás con sus límites”
(Sócrates)

 

A menudo, cuando pensamos en el infinito, lo hacemos imaginando grandes escenarios que escapan de nuestro limitado campo de visión o entendimiento: cielos inmensos, océanos inabarcables y vastas extensiones sólo acotadas por horizontes que se renuevan y suceden con el movimiento. Infinito es, también, el amor de Dios para los creyentes.

Sin embargo, el infinito también existe en la minimización de las cosas, y en lo concerniente al ser humano, saber admirar la infinita belleza en lo pequeño es -precisamente- lo que suele distinguir a los grandes corazones y las grandes almas de aquellas que vagan en pena por este mundo sobreviviendo de cualquier manera pero sin disfrutar de la vida.

Cuando le preguntas a los niños por el infinito, desde esa feliz inocencia sin grandes problemas reales en la que viven, siempre tienden a imaginar la enormidad del espacio, lleno de un sinfín de estrellas tan lejanas que parecen purpurina decorando el negro telón de las noches. Pero según vamos alcanzando la madurez y sentimos en los huesos el peso del plomo recibido y la cercanía de un final en el que años atrás ni siquiera pensábamos, nuestros infinitos se concentran cuánticamente en lo ínfimo, en los detalles que nos hacen sentir la vida con una mayor intensidad y en las pequeñas notas que le dan música a nuestra rutina diaria.

Hoy en día, tan acostumbrados que estamos a fotografiarlo todo para después compartirlo como demostración ostentoria de que poseemos “vida social”, lo que hacemos sin darnos cuenta es intentar atrapar pequeños momentos infinitos que nos han llenado de contenido la inmediatez: quizás un atardecer hermoso, quizás un sonido que nos retrotrajo a la infancia, quizás un buen vino compartido con amistades, quizás una esquina arquitectónicamente bella o quizás una reunión en la que la risa fue el principal protagonista invitado.

Pero lo importante, lo más importante y, a la vez, lo más infinito, es todo eso que nos solemos callar por prudencia, discreción o necesidad: eso realmente pequeño nos llena el alma ilimitada de cosas que nos transforman por dentro, nos ablandan en medio de la dura realidad y nos conmueven rescatando la humanidad que –casi todos- llevamos escondida.

Eso que no mostramos; eso que no contamos; eso que es solamente nuestro:

  • El inconfundible calor de la piel de tus hijos cuando duermen a tu lado.
  • La mirada cargada de años de tus padres cuando te hablan.
  • El abrazo fuerte, lento y sin prisa de tu amigo cuando os necesitáis.
  • La lágrima que te desborda por la mejilla cuando sientes una injusticia.
  • La respiración cadenciosa de tu amante cuando compartes lecho y ritmo.
  • El aroma que te hace cerrar los ojos recordando a quien amas.
  • La sonrisa recibiendo regalos que estimas inmerecidos.
  • Los dedos entrelazados con esa otra mano que no te deja estar solo.
  • La empatía maravillosa con quien es capaz de pegarte las risas y los bostezos.
  • El buen trato recibido cuando menos lo esperabas.
  • Ese sabor único de los guisos de tu casa.
  • El mensaje que rebaja las pretensiones ajenas durante una disputa.
  • Lo que le decimos silenciosamente a una imagen cuando tenemos nuestra fe depositada en aquello que representa.
  • La valía de que llegue la palabra adecuada en el momento preciso.
  • La sabiduría de perdonar las equivocaciones.
  • La paz que te hace sentir diminuto durante los crepúsculos.
  • Esa melodía que silbas mientras conduces.
  • El confort de vestirte con ropa limpia o nueva.
  • La valentía de hacer esa llamada telefónica tan necesaria.
  • La mirada inquieta en el patio del colegio recogiendo a la alegría de “tu sangre”.
  • La caricia a esos animales que te dan cuanto son y que comparten tu vida.
  • El crepitar de la leña ardiendo para ti.
  • Los brotes de color en aquellas flores que sembraste, regaste y abonaste.
  • El llanto contagioso de aquella anciana pidiendo salud a su Virgen.
  • El aire fresco en el rostro cuando hemos tenido un día viciado.
  • Un beso largo, lento, intenso, húmedo, sincero y exclusivo.
  • El cambio de color en la luz de las estaciones del año.
  • La despedida inevitable que te desgarra el alma en los aeropuertos.
  • La certidumbre intuitiva que se esconde detrás de un “lo sabía” confirmado.
  • Ese caldo calentito cuando tenías el cuerpo cortado.
  • El primer baño en el mar de la temporada veraniega.
  • Conducir sin rumbo, sin reloj y sin tener que dar explicaciones.
  • Dejarse querer sin cortapisas.
  • La satisfacción de sacar adelante algo que te costó mucho acometer.
  • El miedo a la enfermedad de los tuyos.
  • Unos versos que te hacen erizar la piel.
  • La frustración de no poder hacer más de lo que se hace.
  • El cariño que le pones a los detalles que preparas para los demás…

No hace falta buscar infinitos inabarcables para encontrar la belleza de lo desconocido, porque en nuestros veintiún gramos de alma tenemos cientos, miles de ellos que la completan para hacernos mejores ante lo imprevisible. Seguro que se reconocerán en algunas porque, siendo comunes, mis letras de hoy tratan de un simple compendio de historias breves de personas infinitas.

 

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