Hilos – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Amanece.
Los ruidos van ocupando poco a poco su lugar, ganándole el duelo al silencio de la noche. A lo lejos percibo el sonido de la cafetera antigua de Mario borboteando su amado, y necesario, café. Su olor llena la habitación como señal inequívoca de que un nuevo día empieza.

El día siempre transcurre tranquilo en un ir y venir de reparaciones. Mario es delicado con todas y cada una de sus obras, a las que considera su familia. Sus manos grandes acarician el trozo de madera sin vida sobre su mesa de trabajo. Silencioso, desliza sus dedos por cada una de sus vetas como si las memorizase, como si ellas le hablasen. Susurra melodías en un idioma que yo he descubierto por sus canciones. No sé qué dicen, pero su voz me ha enseñado a distinguir cuando una parte de la canción habla de amor, de añoranza, de sueños… y, sobre todo, a percibir cómo la voz rota de Mario se desgarra más aún cuando lo que canta duele.

Me gustan sus ojos. Las arrugas que los enmarcan son fruto de sus experiencias, no de los años, y protegen como un tesoro las vivencias que atesora su alma. Sí, las protegen, ya que Mario apenas habla de su vida, salvo cuando canta y sus ojos gritan por él todo cuanto calla.

Me gusta observar cómo prepara una a una las piezas de trabajo sobre su mesa. Siempre en orden. Verifica que todo está listo antes de remangar con precisión las mangas de su camisa. Uno, dos, tres pliegues y su antebrazo izquierdo descubre su blanquecina piel. Allí, sobre ese lienzo que cubre su cuerpo, unos números negros rompen lo virginal de su aspecto. Parecen antiguos, un tatuaje mal hecho con trazo poco definido que deja en evidencia la falta de respeto hacia el cuerpo de Mario que tuvo quien lo hizo. Da la impresión de ser hecho con prisa, sin aprecio. Con rudeza, alguien mancilló su piel con un «13939» que tengo claro que él no escogió, fue impuesto. Miro mis brazos, delgados y de un tono más oscuro que los suyos, y no encuentro nada marcado. Lo recordaría, imagino. Como el corazón de Mario lo recuerda. Seguro.

La vieja radio espera, impaciente, que Mario empiece el ritual de creación sintonizando en ella una emisora. Sin mirarla, por inercia, Mario la busca moviendo con decisión la rueda hasta dar con algo que le convence. Una voz de mujer canta en francés una bella canción que habla de amor. Él suspira y mira un instante hacia la ventana. Parece triste, nunca sonríe cuando no llueve.

La canción termina y el viejo encorvado ha debido tomarlo como una señal para iniciar su trabajo. Acaricia el trozo de madera por última vez, como si se despidiera de lo que ahora es, aunque sé que se disculpa con ella por robarle su actual forma para darle otra que su mente escoja. Me fascina la firmeza con la que Mario sujeta el formón y el mazo carpintero, mientras va separando piezas de madera que caen al suelo tras su vuelo frustrado en su recién estrenada libertad. Nunca levanta la mirada mientras crea, tiene un don para ignorar los ruidos de la calle o el sonido del teléfono. Todo desaparece cuando las lágrimas se abren paso por sus mejillas. Siempre llora cuando esculpe.

Me suena a música el roce de las herramientas deslizándose por la madera. Es curioso, pero cuando un sonido te acompaña desde que naces, para ti, jamás es ruido. Y así vivo, hechizada por la música que escucho e ilusionada por ver la creación que anunciará el silencio. Llega y Mario apoya su espalda sobre el respaldo de su silla. Respira profundo, tomándose una pausa merecida, antes de limpiar la mesa de restos y cambiar las herramientas por pinceles y botes de colores.

Desde donde estoy sentada, la nueva pieza me parece la de un niño. Sí, es un niño. Lo confirma la pintura que empieza a dar color a su cuerpo. Tiene los ojos marrones y una bonita nariz. No debe tener más de 10 años y me hacen sonreír las rodillas rasguñadas por alguna aventura disfrutada. Mario colorea con cariño cada detalle, siempre delicado, para conseguir que sus figuras trasmitan lo que él siente. No descansa hasta ver terminada su obra y, tras conseguirlo, sus manos agrietadas reciben un alivio reparador a base de rosa mosqueta que él mismo se aplica sin dejar de mirar, orgulloso, la pieza que se seca en la estantería.

El ritual de sus días sigue ahora con la comida. Mario apenas come y siempre parece que lo hace con miedo a no volver a repetirlo. Mastica despacio sus pequeñas raciones de alimento y llena su vaso de agua poco a poco, como si temiese despreciarla. La pieza de fruta diaria la termina de camino a su cama. Es la hora de su merecida siesta, como cada día. La camisa que llevaba puesta ocupa su lugar sobre la silla, bajo la que coloca en perfecto orden sus zapatos, y se tumba en la cama, siempre de espaldas a la ventana. Apenas dormirá, quizá solo descansa, pero durante una hora Mario sueña con otros mundos y otras vidas que tal vez fueron la suya propia.

Al despertar, Mario siempre comprueba que cada marioneta esté en perfecto estado. Revisa ropas y pintura, cuerdas y escenarios. Mario es un artesano titiritero que desde hace años arrastra su carro al centro de la plaza del pueblo donde le han llevado sus agotados huesos. Allí, en ese carro que transforma en escenario, nos coloca una a una a las marionetas que formaremos parte, hoy, de su espectáculo.

Sus manos me colocan con delicadeza en mi sitio, asegurándose de que mi vestido rojo no se arrugue. Frente a mí ha situado a Judith, la mujer que siempre tiene la cara triste y la sonrisa perdida. Junto a ella Jacob, Ethan y Noah, cuyas ropas lucen descuidadas gracias al amor por los detalles de Mario. A mi izquierda, llenando todo de luz, veo a Josué, el niñito que tan familiar me resulta y que apenas hace unas horas era tan solo un trozo de madera sin vida. El lado derecho lo ocupa el soldado nazi de mirada fría, no me atrevo a mirarle. Me da miedo la firmeza con la que sujeta su pistola. La misma firmeza con la que la sujetan los otros tres soldados que lucen galones en sus ropas, ocupando el mismo lugar en el que nosotros lucimos una estrella de David amarilla. En el pecho, pegado al corazón, brillan sus medallas por sus actos de deshonor.

Son las ocho y la plaza se ha llenado de niños acompañados de sus padres. Todo se llena de risas, de los nervios y las ansias de los pequeños esperando ver sobre el escenario representado un mundo de cuentos. Mario ocupa su lugar tras el carro y antes de empezar el espectáculo mira al cielo y sonríe. Ajusta su gorro marrón en su cabeza y se asegura que su corbata esta recta antes de dirigirse al público:

Buenas tardes, pequeños soñadores. A los adultos, gracias por venir siendo aún unos niños. A vosotros, pequeñas maravillas llenas de vida, os doy la bienvenida a mi espectáculo. Hoy, estreno un nuevo cuento que espero os guste. No hay princesas ni príncipes, dragones ni unicornios. Es la historia de un odio que nadie entiende, de una derrota para el ser humano. Hoy os traigo mi vida, la de mi mujer y mi hijo. La de tantas personas que perdieron su vida por el holocausto nazi. Diría que espero que disfruten, pero solo deseo que aprendan para que jamás se repita la historia.

Y así, moviendo nuestros hilos, Mario vuelve a revivir el día en que el soldado de mirada fría lo separó de los dos amores de su vida dejando, esta vez sin reprimirlas, que las lágrimas se deslicen por sus mejillas.

Una hora después, el espectáculo de su vida termina. Nadie se mueve, el silencio todo lo domina, y Mario no articula palabra alguna mientras nos vuelve a colocar uno a uno en su carro. Unos pasos pequeñitos rompen el silencio acercándose a él y Mario nota cómo unas manos pequeñitas intentan captar su atención tirando suavemente de su pantalón. Se gira y una voz tímida le pregunta:

– Señor, ¿puedo abrazarle?

Y Mario se arrodilla para recibir el regalo que le ofrece esa dulce niña.

Mario cierra los ojos y el tiempo parece detenerse en la calidez que desprende el gesto de la pequeña. Al abrirlos, sus ojos se sorprenden al encontrar en fila india a todos los asistentes al espectáculo. Uno a uno, pequeños y grandes, le abrazan dándole las gracias por la lección hoy aprendida.

 

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