Hazme falta – @LaBernhardt

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—Me siento fatal— siempre suena bien para empezar o para terminar algo.
Si quieres, si necesitas dejar a alguien puedes acudir, siempre, al mesientofatal. Nunca falla; siempre te salva.
Si te han dejado, también te sirve, sí.
A mí me ha pasado en los dos casos, en las dos vidas.
Hace mucho, tanto, todo yo salía con alguien que no sabía que existía; sí, en serio: yo estaba allí pero era invisible. Eso o que él se tapaba los ojos y no me veía. A veces yo lo miraba con cara de perrete abandonado y le preguntaba:
—»¿Es que no te hago falta?»

Él siempre me abrazaba fuerte, fuerte y me contestaba su «mi bonita, claro que me haces falta, es sólo que soy muy mío».

Tardé dos años en traducir ese «muy mío» en «no me importas una mierda», sí.
Con el tiempo y con las ganas de encontrar a alguien que de verdad sintiera esa sensación de te necesito, me haces falta… —llamadme ridícula, queridos, pero sé que todos, en algún momento, lo habréis necesitado— llegué a entender que no se busca lo que necesitas, no; es más, que si te quedas quietecito va y se tropieza contigo algo bien bonito.
Mi eso, mi todo, mi bonito llegó sin avisar y no tuve más que dejarme querer, cuidar, abrazar, follar, ¿he dicho follar?, follar, reír, vivir.
De esa magia mágica y maravillosa, de haber sido un cuento, sólo podría salir un final feliz pero, ay, amigos: esto es la vida y aquí no hay espacio para cuentos, no. No y casi nunca.
El amor, el masivo, el que invade y sepulta, acaba matando. A mí, por lo menos. Tanto me mató que decidí acabar con él y con el tipo que no dejaba de transpirar corazones: vaya, que lo mandé a la mierda, no sin antes hacer una performance digna de otras épocas, allá por los años de escenarios:
—»hazme falta», le dije, «hazme falta porque quiero enamorarme de ti».
Y ni loca ni nunca lo habría hecho pero sonó bien aquello de la necesidad de querer querer.
Y como la vida es una hijaputa, me puso, poco después, al dolor de mis dolores. Al indestronable, al que sigue siendo duelo y quebranto porque distingue una seguidilla de un romance. Yo ya lo conocía, claro. Y como pasa en las grandes historias, nadie conoce a nadie hasta que un día, sin más, todo es un ¿cómohepodidovivirsintihastaahora?
No quiero recordar el mundo que caminamos, las risas, las cervezas, las horas de teléfono y las semanas en blanco hasta el color del fin de semana. No quiero recordarlo porque, y ha pasado media vida, todo sigue recién pintado.
De vez en cuando, cuando paso por los pueblos de Extremadura —eso sí— no puedo evitar recordar que ese trozo de mi vida se dormía cada noche de cada viernes, de cada sábado, abrazado a mí y susurrando un «hazme falta, por favor, hada, hazme falta» que sigue helando el corazón de cualquier cama que visita esta titiritera que no ha encontrado, todavía, un cuento de tequieros llenos de mehacesfalta.

 

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