Hazme falta – @igriega_eme

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Esa mañana ni los pájaros ni las nubes me dieron aviso, tropecé con la misma piedra pero de forma distinta.
No eras tú, era una piedra que dejaron los albañiles que trabajan en la edificación de una torre de departamentos en la calle donde vivo.

Las rodillas, las llevo llenas de cicatrices de tantas piedras que se me han a atravesado mientras salgo a correr en el parque Hundido. Me he caído no se cuántas veces, ya ni las recuerdo. A veces pienso que las caídas se deben a que camino chueco, como bailarina, primero la punta y luego el talón. Nunca he sabido la forma correcta para correr, así que corro en puntas, porque así no me duele tu recuerdo.

A veces pienso que todo se debe a que no sé elegir bien, y mi hambre de afecto y abrazos me hacen tropezar con aquello que brilla, como los charcos o las envolturas plateadas de los cigarrillos. ¿Sí te he dicho que dejé de fumar hace quince años?  Lo que más extraño de hacerlo, son las perfectas rosquillas que solía fabricarme en el aire, redondas, efímeras, flotantes.

“O”, no lo sabe, pero es de las mejores piedras que se me han cruzado en el camino, tropezaría mil y un veces con él.   Pero me distraje, algo pasó y no supe luchar por su amor y, porque justo esta mañana que intentaba prepararme una bebida caliente, encontré una fila de diminutos seres, que cruzaba en perfecto orden del este al oeste de la cocina. Parecían dirigidas por algún sargento, sabían mejor que yo hacía donde se iban.  Me puse las gafas y vi un mundo de hormigas.

Sin titubeos y con prisa, avanzaban de la parte baja del refrigerador a la parte alta de la alacena, y es que te fuiste y la miel de tus palabras se quedó en el frasco de la segunda repisa.
Los diminutos seres conocen bien de dulzura, por tanto, sin dudarlo, emprendieron su camino con toda certeza y dirección.
La misma que me faltó a mí para escuchar las voces de mi corazón y no la de esa vecina que cada que perdía al gato, le gritaba con un altavoz por todo el vecindario. El gato se refugiaba en una de las tiendas de abarrotes, donde un militar le llevaba una lata de atún, los días 12 y 24 de cada mes. No lo habría notado de no ser porque los días veinticuatro te repetía —hazme falta— y en seguida encendías el iPod y escuchábamos boleros que cantábamos a dueto hasta que el sol nos ponía los ojos chiquitos de no dormir.

Tantos veinticuatros me hiciste falta y apenas hace dos domingos te vi rodando con una piedra en tacones, con rizos color del sol como el que hoy se oculta tras la tormenta que se avecina porque he dejado la llave abierta de la bañera y un mar de burbujas se vislumbra en el pasillo.

Entonces le digo al futuro que me espere, a la vuelta de la esquina, de cualquier libro o cualquier orilla. Que ahí estaré.

 

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