Hay que ser muy valiente para rendirse – @reinaamora

Reinamora @reinaamora, krakens y sirenas, Perspectivas

Caminaba por otra calle, por otra ciudad, pero todo le parecía siempre lo mismo. No había forma de arreglarlo ni de llegar a nada. Se alejaba, lo alejaba. Se marchaba, volvía. Lo echaba de su mente, lo llamaba en silencio. Se encerraba en casa, se presentaba en la de él… y se lo follaba como si no hubiera un mañana…

Se perdía en su mirada cuando lo tenía delante. Su perfume, su olor, la mezcla de hombre maduro y niño a la vez. La eterna contradicción que lo caracterizaba, los contrastes que llenaban los lienzos en un museo de esencias y retratos. Todo lo que era y no sabía que era.

Culto, ignorante, seguro, indeciso, fuerte, asustadizo. Era él quien le hablaba de estrellas mientras lloraba, el hombro en el que se refugiaba, el sexo que la pervertía y la empujaba a caer en cualquier tentación que pudiera imaginarse.
Durante mucho tiempo él fue el cuerpo desnudo pegado al suyo. Fue la pasión entre paredes en cualquier esquina de la ciudad. Fue los gemidos y el riesgo cuando estaban juntos en un restaurante y se encerraban en los baños. Y fue la tentación al verse rodeados de desconocidos y se comportaban con naturalidad mientras jugaban.

Aquel día notó su pasión ardiendo, consumiéndola por dentro. No era morbo, era algo más, y él lo notó igual. En el escaso tiempo que compartieron, apartados, mirándose fijamente, comprendieron que no sólo se trataba de follar. ¿Cómo alejarse de la persona que arranca sentimientos y hace que el alma vomite todo lo que lleva dentro? Todo aquello que le era extraño y él le daba nombre. Un nombre que empezaba incitando y terminaba al otro lado de su tentación.

Ella acabó por ir más allá de todo, por crear un mundo aparte, sin recorrido alguno más allá de sus palabras y cuanto más caía en su boca, más caía él dentro de la de ella. Superó el deseo que quería impregnarle, levantando su egoísmo mientras asediaba sus ansias de placer. Quiso dejar en él un recuerdo, un encuentro de sensaciones e instantes que le impidiera cerrar los ojos. Porque si lo hacía, aparecería frente a él. Dentro de él.

Con el tiempo, se rindieron y acabaron mintiéndose, haciéndose daño al negar lo que sus cuerpos gritaban. Una sola piel y el tiempo, expectante, sin atreverse a ir por delante del sexo que se prometían cada vez que se separaban diciendo que no volverían a verse, conscientes de que quedaba menos para la próxima vez que les consumiera el deseo.

Intercambiaron sus ansias, sus metas, sus debilidades. Ella sabía cómo debía tratarlo porque sabía lo que sentía. Sentía lo que llevaba dentro, lo que dejaba en su alma y él arrancaba de la suya. Sabía cómo reaccionaba al verla y al tenerla lejos. Estar a cientos de kilómetros y notarlo al lado cada noche que la oscuridad la envolvía y acogía en sus brazos cuando cerraba los ojos, era inevitable.

¿Qué le quedaba por decirle? ¿Qué podía hacer sino gritar a un espejo con la esperanza de que apareciera frente a ella ? Notar su rabia, su furia por decirle lo que no quería oír y lo que, con toda su alma, deseaba que le dijera: que desnudara sus acentos para él.

«Olvídate de todo, como yo hago cuando huelo tu pelo». Recordaba la forma en que olvidaba el mundo cuando él estaba y la forma en que debía aprender a vivir cuando se alejaba o se marchaba. No soportaba respirar un aire en el que él no estuviera.
Fue un pulso sin descanso que prometió llevar mientras existiera; una vida en que cada segundo al que pertenecía se convertía en hora sagrada con frases inoportunas que vacunaban la enfermedad de su ausencia, extendiéndose a cada paso que él le regalaba.

Con su permiso o sin él, no había momento adecuado, por su impaciencia, para decir, o escuchar, que no esperaba otra vida ni otra forma de amar: «no dejes nada para nadie, que sólo tú me consumes. ¿No lo ves? Entonces ¿a qué esperas? Hay que ser muy valiente para rendirse al amor de una vida, para dejar marchar lo que te hace vibrar, lo que te hace sentir y desear. Hay que ser muy valiente para vivir en un mundo sin deseo… Sin su deseo».

Él no se dejaba querer en un mañana, sino en un ahora, en el momento en que la escuchaba y la sentía. Sin futuro, sólo en el presente. Ella decidió sufrir por él, entre amargos llantos. Él presentaba menos de lo que quería y más de lo que debía. Renunciaba a ella tanto como ella no quería renunciar a él.

Él no sabía, no podía. No quería.

Si la espera mata, ella era un cadáver andante, tanto como lo era él.
“Que no renuncie a nada salvo a mí, o que renuncie a todo menos a mí… estúpida contradicción. Yo he renunciado a todo por su boca, pensaba, y no me arrepiento salvo de no habérselo dicho antes.

Que no me haga esperar antes de ver sus ojos de nuevo. Ninguno imaginamos que este sueño demandaría tanto del otro bajo un cielo que ha quedado demasiado bajo.
Sí, soy idiota por esperarte, pero seré tu idiota, sólo tuya, en mi pulso sin descanso en el que, por fin, escucharás lo que tengo que decirte.»

Sabía que le llegaría dentro y que le dolería, pero no sabía si era por habérselo dicho, o por haber tardado demasiado en hacerlo.

 

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