Hartos de esperar – @dtrejoz

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La noche de nuevo ahí.
Cierra tus ojos y duerme.
O abre tus ojos…
—Y sueña.

Otra noche se deja caer sobre los techos de las casitas del mantel. Sobre esa mesa, la llama de una vela se deja llevar de un lado al otro como una lengua rojiza y asustada, a merced del viento, esclava de la brisa. A la izquierda de la vela la gotera de la pila en pleno gorgoreo, como imitando al grillo de la cornisa, pero en tono de violonchelo. Al lado de la mesa un taburete con la foto de una pareja sonriéndole al ocaso. Bonito paisaje y su doliente recuerdo, aquellos días tan recientes que se fueron, es tan crudo el silencio que los recuerdos parecen oírse.
Frente a la foto, Mariano García se lamenta de su suerte, de la forma como perdió a Larissa, ya hace tres días que no la ve en el cruce por el pueblo, cuando baja a arrear al ganado o a comprar el dulce pa’ el atol de cada noche, a ninguna hora Larissa aparece pa’ mirarla, ya no asoma sus pestañas encrespadas por el pozo, ya no trae las tortillas ni el tamal hasta el mercado.
En un pueblito tan rural como su nombre, a Santo Domingo de Upala me refiero, nada es tan bonito como la sonrisa de Larissa, nada tiene tanta luz como sus ojos, y Mariano ahora extraña su presencia. Las noches en Santo Domingo son noches de mil estrellas, no hay alumbrado público ni agua potable, el agua que beben la sacan de sus pozos y la luz para alumbrarse la consiguen de las velas, las canfineras o la lámpara Coleman del cantinero. En un lugar así, Larissa brilla como un cometa navideño, sonríe primaveras y florecen los desiertos, en un lugar así, besar su cuello es semejante a despertarse enredado a un cielo de azucenas, pero sentir su ausencia es como arrodillarse frente al mar y morir de sed. Bien raro.
En un lugar así, la nostalgia y la desdicha no son cosa de pasados, es lo malo de sentirse solo cuando extrañas unas manos. Mariano tiene tres días sin saber de Larissa, una discusión sin sentido los separó y los dos se abrazaron del orgullo, cada quien desde su miedo espera que el otro decida dar el paso. No hay celulares ni mensajes, ni llamadas por la mañana, ni audios pendejos de media noche, aquí no hay emojis de besos, ni de caritas tristes… ni de monitos o borregos.
Santo Domingo de Upala es el lugar perfecto para perderse, para olvidarse, para morirse. Ahí se puede ir huyendo de la justicia, de alguna deuda, de alguna muerte. Pero no es un buen lugar para dejarse vencer por el orgullo, no es un buen lugar para perder lo más bonito que un humano puede hallar sin andarlo buscando, como aquella tarde de hace dos meses, cuando llegó la feria al pueblo y en medio del estruendo de los tambores y los malabares de los payasos, se toparon Mariano y Larissa frente a la fuente de las malteadas y compartieron un batido a dos pajillas, una larga lista de coincidencias y aquella foto viendo al ocaso, sonriendo, Larissa era el paisaje de fondo para el mundo perfecto que había soñado. Era más que eso… ella por si sola ya era un universo.
En un lugar así, cada quien sobrevive a su manera, cada quien decide cuanto alejarse, y cada quien decide cuanto se acerca. Y así, esa noche de luciérnagas saltando del fogón, Mariano y Larissa se dieron cuenta de lo bello del amor y de lo amargo del olvido, descubrieron que el orgullo es una trampa despreciable y hartos de esperar a que el otro se acercara, abrieron cada quien su puerta, sin saberlo, se burlaron del orgullo, y salieron a buscarse.

La noche de nuevo ahí,
como una elocuente conclusión para el ocaso.
Oscuridad y luz es su dilema.
Cierra tus ojos, duerme.
O mira de frente el titilar de los cuerpos celestes,
como un tapete bordado de guiños incandescentes.
Y sueña.

 

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