Happy Hour – @IAlterego84

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Para S. por lo que ya sabe
y por lo que callo

Media tarde. Un bar irlandés medio vacío. Una mesa. Una pinta de Guinness a medias. Un platillo con aceitunas que no he tocado. Tu recuerdo fresco en mi memoria. Imposible de olvidar. Aquella noche. En aquel lugar. Horas sin dormir. Fatiga. Vapores de ensueño. Polvos en la mesa. Un maletín. Y tú dispuesta a darme todo. A hacerme un cabrón afortunado, sólo con pensar que contigo a mi lado el límite era el cielo.

Doy un trago. La cerveza está bien tirada. La espuma es densa, con cuerpo. Mataría por un cigarrillo, pero la ley es tajante con eso, y ya sabes que siempre he sido respetuoso con según qué cosas. He venido hasta aquí para reencontrarme con el cabrón que te arrancó de mí para convertirte en una muñeca rota que nadie quiere, y no me apetece que por dármerlas de macarra fumando a escondidas en el baño me echen de aquí y todo se vaya a la mierda antes de tiempo.

Pienso en él. En su pose de narco de parque. En sus aires de perdonavidas. En lo que te hizo. En la manera en que mató ese sabor tan tuyo que me dormía las encías cada vez que acercaba mi lengua a ti, y cómo destruyó ese olor que hacía de mí un insomne voluntario con sólo oler tu perfume en el asiento trasero de mi coche. Es pensar en ello y me hierve la sangre, aunque el punzón que llevo en la americana del traje se va encargar de hacer que la suya deje serle útil para seguir viviendo. El que avisa no es traidor. Eras mía. Él te separó de mí. Te secuestró contra tu voluntad, y lo único que pude hacer fue decirte adiós con lágrimas en los ojos. Pero la hora de ajustar cuentas ha llegado…

La puerta del local se abre. Miro, llevando una mano al bolsillo. No es él. Un tipo de aspecto cansado entra. Fuera llueve y está empapado. Se quita un abrigo que chorrea agua en plan diluvio universal y toma asiento. El camarero deja de secar las copas al otro lado de la barra y se acerca a él. Les miro. Hablan. Se queda sólo y saca un cuaderno. Tiene aires de poeta en horas bajas. Se remanga la camisa, dejando a la vista un par de tatuajes. En uno de ellos se intuye la silueta de una mujer. En el otro un texto que no llego a ver. Tampoco es que me importe, pero a juzgar por los aires lánguidos, de derrota, que tiene cuando le llevan una jarra de cerveza, no me extrañaría que fuera un puedo escribir los versos más tristes esta noche o alguna ñoñería al uso. Suspiro y dejo al recién llegado que siga jugando al ratón y el gato con las musas. Sigo a lo mío.

Otro trago de cerveza y miro el reloj. Es el Omega que me compré contigo a mi lado, enfundada en tu vestido de cuero negro. Es precioso. Como lo eras tú por aquel entonces. Pura… Inocente… Limpia… No la mierda en la que el que está apunto de morir te convirtió. Carne de polígono y de niñatos que para disfrutar de ti, tenían que pedir la paga a sus padres o ir de visita a sus abuelas un viernes antes de salir.

El tiempo avanza. El reloj sigue desgranándolo como una trituradora de carne. La parroquia con la que comparto la espera va cambiando de cuando en cuando. El poeta sigue a lo suyo. Le veo emborronar páginas, hacer tachones, fruncir el ceño y asentir cuando logra casar un par de líneas con lo que quiere decir. Y de la mano de este avance llega la última gilipollez que se le ha ocurrido a los empresarios. La hora feliz. 2×1. Como si el alcohol a media tarde, con la atmósfera de derrota que trae la lluvia y la penumbra del local, fuera la compatible con la felicidad.

Doy otro trago. Hace rato que más que cerveza parece que bebo orina, pero no quiero levantarme. Y menos ahora que esto parece una caja de sardinas o una fosa común. Me limito a dar sorbos cortos. Esperando. Ya sabes lo paciente que puedo llegar a ser, como aquella primera vez en la que estuve horas contigo, a solas, haciendo que poco a poco fueras soltando toda la esencia que tenías en tu interior. Es pensarlo y siento un nudo en la garganta. Otro trago me ayuda a pasarlo. Más aún cuando la puerta se abre y le veo entrar. Siento cómo se me acelera el pulso. Ahí está. Inconfundible entre la muchedumbre. Esa sonrisa… Esa mirada vigilante a su alrededor… No me ves. Pero sé que estás con él. Mataría (voy a hacerlo) por recuperarte. Eres mía. Estamos predestinados para estar juntos y pagaré cualquier precio por ello…

Se sienta un par de mesas a mi derecha. Sigue sin verme. Yo a él sí. No hay ni rastro de ti, pero sé que antes o después te veré. Bebe como un hooligan antes de un partido. Lleva dos pintas y media desde que ha entrado. Mejor así. Eso me facilitará las cosas. Es cuestión de tiempo, y éste llega tan pronto como lo pienso. Se incorpora y se acerca al cuarto de baño con paso inseguro. Apuro la cerveza, me limpio la comisura de la boca con el dorso de la mano, y voy tras él.

El baño apesta a meados. Siento náuseas. Él está de espaldas a mí. Dudo entre darle pasaporte así, o permitirme el lujo de ver el miedo en sus ojos. Opto por lo último. Ahora sí que me enciendo un cigarro. Con lo que está por pasar, que me multen por fumar en este antro ya no me preocupa.

Termina de mear y pulsa el botón de la cisterna. Se gira y me ve. Le cuesta reconocerme, y cuando lo hace se pone blanco como tú antes de que la maltodextrina y demás cortes te deformaran. El cártel nunca juega y esto es un negocio. Dos kilos de cocaína son muchos kilos y adulterarla, un crimen. Eras mía y voy a recuperarte. No quiero que nadie más siga asociando la mierda en la que este hijo de puta te convirtió con mi nombre. Doy un paso, imaginando que acabo de esnifarte con fuerza y ganas, como aquella primera vez. Eso me da ánimo. Él retrocede. Mis zapatos resuenan en el suelo. Él emite un gemido lastimero. Fuera, alguien anuncia que la happy hour está acabándose y que en cinco minutos lo del 2×1 será historia. Como él. Sonrío. La punta del punzón centellea bajo los fluorescentes del techo antes de hundirse en sus pulmones. Cae de rodillas. Me tomo la licencia de romperle los dientes contra el inodoro. Sangre y dientes. Ojos llorosos. Una vida que se va sin haberse percatado de ello hasta que era demasiado tarde. Podría ponerme en plan Michael Corleone y decir que son negocios, nada personal. Pero seria mentir. Esto era personal. Lo que hizo con el último cargamento era un crimen, y ésta es la manera que tengo de hacerle pagarlo. Hay mucho dinero en juego y por encima de todo está mi nombre y el de los míos.

Le veo agonizar un poco. Apuro el cigarro. Le tiro la colilla a la cara y salgo de allí como si nada. La gente apura las consumiciones. Me abro paso entre ellos. El poeta me mira con una mueca triste, al parecer no hay melodía de sirenas cerca para susurrarle al oído sus secretos. Le dedico una sonrisa cansada y abro la puerta. Las suyas no sé si acudirán a la cita, pero hay otras sirenas que sé que van a aparecer de un momento a otro y cuando eso pase, quiero estar lejos.

 

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