Había una vez – @mediofran

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No lo puedo evitar. Siento una pequeña decepción cada vez que alguien trata de venderme una historia pretendiendo captar mi atención con un impreciso “Había una vez”.

Puede que sea otra de mis rarezas, pero un relato entrecomillado dentro de un pretérito imperfecto me deja paladeando el sabor amargo de la duda acerca de su autenticidad.

No es que quiera tildar de embustero al narrador, ni mucho menos. Es solo que hay historias que, por inverosímiles que parezcan, merecen todo el crédito que se las pueda otorgar, aunque solo sea por mantener viva la ilusión de que algún día pudieran volverse a repetir.

Es por ello que dejando de lado esa recurrida introducción de cuento de hadas comenzaré mi relato de la siguiente manera:

Existe una remota región en el olvidado patio de atrás de la vieja Europa en cuya tierra contaminada por el invasivo germen del odio racial aún cabe la esperanza de encontrar la simiente de la bondad cultivada por algunos hombres honestos.

Ha pasado más de una década desde que estuve desplegado en los Balcanes, integrado dentro de un contingente de la OTAN para el mantenimiento de la paz en la antigua Yugoslavia.

Dado que las heridas de la guerra aún sangraban meses después del cese de las acciones beligerantes era habitual que el conflicto subyacente aflorase con el mínimo roce entre individuos de las diferentes etnias, involucradas en una absurda disputa territorial cuyo origen se remontaba a los lejanos tiempos de los otomanos.

Por suerte los incidentes registrados no eran más que conatos aislados de violencia residual que apenas tenían repercusión, pues la mayor parte de la población estaba tan cansada que incluso nuestra presencia allí se convirtió en algo tan cotidiano que pronto dejó de despertar su curiosidad. Salvo para los niños, que sabían que allí donde hubiese un soldado de la coalición les esperaba un puñado de caramelos y nos recibían alegremente con el entusiasmado grito de “Hola caramela”.

En el transcurso de una patrulla rutinaria de reconocimiento recalamos en un humilde poblado que ni siquiera aparecía cartografiado en nuestros mapas. No eran más que media docena de casas mal construidas que albergaban a otras tantas familias, las cuales se apresuraban a cerrar las contraventanas a nuestro paso.

Cuando detuvimos nuestro vehículo y se disipó la polvareda que nos acompañaba descendimos del mismo para estirar las piernas, encontrándonos con un grupo de niños que nos observaban curiosos a unos metros de distancia sin saber muy bien qué hacer. A su lado una mujer nos miraba con recelo y frotaba nerviosa sus manos, sin poder disimular ese temor imbuido de quien no se fia de un uniforme.

Aún a sabiendas de que no éramos bien recibidos lancé mi fusil dentro del blindado y me acerqué con cautela, extendiendo hacia ellos mis manos llenas de caramelos con la esperanza de que no salieran corriendo despavoridos, pues algo me decía que para los habitantes de aquel apartado lugar no era habitual recibir la visita de forasteros y mucho menos la de unos soldados armados.

A fin de evitar una situación embarazosa y para ganarnos su confianza le pedimos a la intérprete que nos acompañaba que intercediera por nosotros, consiguiendo contra todo pronóstico que la fortuna se pusiera de nuestro lado.

En breve, casi sin darnos cuenta, nos encontramos departiendo con ellos de forma amistosa entre tímidas sonrisas y miradas curiosas. Y no tardó en unirse a nosotros un hombre de mediana edad, enfundado en un raído mono de trabajo y calzando unas no menos aviejadas botas de goma, que resultó ser el padre de los muchachos.

Nos explicó que el mayor de ellos no tenía más de ocho años y que la mujer que les acompañaba era su tía.

Como tantos otros lugareños con los que nos habíamos topado a lo largo de nuestra estancia en el país, pronto se mostró deseoso de compartir su historia con nosotros.

Además de con sus cuatro hijos, vivía en una pequeña cabaña de unos cincuenta metros cuadrados junto a su esposa, su padre y su hermana. Sobrevivían gracias a lo poco que cultivaban en un pequeño huerto, a un mermado rebaño de cabras y a la ínfima pensión de veinte euros que percibía su anciano padre.

Nos habló de la sinrazón de la guerra, dedicando una triste mirada a sus hijos que, ajenos a la conversación, se afanaban en abrir los coloridos envoltorios de los caramelos.

Narró demoledoras historias de pueblos arrasados y de vecinos ejecutados de forma aleatoria en las plazas de los pueblos, de casas reducidas a escombros y cenizas, de mujeres y de niños que cayeron bajo el silencioso cuchillo del voraz ejército que una noche descendió de las colinas que ahora nos rodeaban.

Rodeando con un instintivo abrazo protector a su hermana nos habló de cómo ésta enloqueció a causa de las palizas y de las sistemáticas violaciones en grupo a las que fue sometida durante los largos días que duró el asedio.

Aquellos humildes aldeanos aún no alcanzaban a comprender por qué hubo un tiempo en que la compasión se ausentó de aquel valle, mirando para otro lado, abandonándoles a su suerte.

Nunca olvidaré cómo aquel hombre trataba de disimular las lágrimas para que los pequeños no fueran testigos de su dolor, como tampoco olvidaré el abrazo sincero que nos brindó cuando hubimos de despedirnos acuciados por el tiempo que se nos agotaba.

Tras una despedida que se antojó eterna, no por incómoda sino porque realmente sentíamos tener que marchar, volvimos a montar en nuestro vehículo y nos alejamos de allí.

Atrás dejamos la aldea, en silencio, reflexionando sobre la historia que acabábamos de escuchar y nos retiramos al punto de encuentro donde el grueso del escuadrón desplegado en la zona nos esperaba para continuar con la misión durante la noche.

 

Al amanecer, una vez concluida la incursión y de regreso a la base, solicitamos permiso para abandonar la columna y efectuar una última pasada por el pequeño poblado.

Tan solo queríamos comprobar que todo estaba en orden antes de alejarnos definitivamente del lugar, pero el rugir de nuestro blindado inevitablemente despertó a los vecinos.

El padre de los pequeños apareció de repente haciéndonos señas para que nos detuviésemos y nos pidió que esperásemos un momento.

Corrió hacia la casa y al cabo de unos minutos apareció junto a su esposa y su padre, apoyado éste en unas rudimentarias muletas de madera.

Nos abrazaron, nos besaron, lloraron, rieron… Había algo mágico en aquella escena que aún hoy me pone la carne de gallina al recordarlo.

La mujer regresó a la casa suplicando que aguardásemos tan solo un minuto más y fue eso lo que tardó en regresar con varias bolsas de plástico.

Ante nuestra atónita mirada dispuso a nuestros pies con gesto agradecido unos cuantos paquetes de legumbres, hortalizas, leche embotellada y queso manufacturado de forma artesanal.

Habría sido un insulto para ellos rechazar semejante presente, por lo que tuvimos que deshacernos en disculpas por no poder aceptarlo, alegando que para nosotros era más valiosa su amistad que aquel suculento regalo.

De pronto estábamos ante una humilde familia que, aún habiéndolo perdido todo en la guerra y que a duras penas trataba de sanar las heridas emocionales que se resistían a cicatrizar, no encontraron otra forma de mostrarse agradecidos que ofrecer lo poco que tenían para subsistir.

¡Y todo por un puñado de caramelos!

Aquella fue la mayor lección de generosidad que me han dado en la vida. Tanto es así que, a día de hoy, ya no me siento legitimado para lamentarme por trivialidades y mucho menos para contar esta historia haciendo partícipe de ella a quien quiera que la lea con un ambiguo “Había una vez…”

 

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