Guerra y paz – @Macon_inMotion

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Una esbelta mujer de tez clara, cabello rubio y vestido granate se movía de un lado a otro de la tarima elevada dando fechas y detalles. Hablaba del siglo XIX. Frente a ella, una treintena de alumnos de entre catorce y quince años; a su espalda, un encerado con ese característico color verde oscuro lleno de datos y curiosidades sobre el Imperio ruso. Sus rasgos dulces pero bien definidos y su tono y manera de hablar con ese ligero acento del este, embelesaban a los alumnos. Estos absorbían todo lo que ella decía como si fuesen esponjas. La profesora, mientras hablaba con pasión sobre la aristocracia rusa y sobre como el invierno de la estepa había vencido al todopoderoso ejército napoleónico, miró por la ventana y vio como varios coches de color negro estacionaban en el aparcamiento de los profesores.
Apartándose el pelo de la cara y fingiendo serenidad, la joven profesora se volvió hacia su alumnado para continuar con la clase.

El reloj marcaba las once de la mañana y una inspectora enfilaba el pasillo del instituto, escoltada por dos agentes uniformados. El abrigo de fieltro beige volaba a los lados de su poderosa cadera y del cuello se balanceaba de un lado a otro con la cadencia de sus pasos una placa oficial que la acreditaba como miembro del cuerpo nacional de policía. Miraba un pedazo de papel con el número 137 escrito a lápiz. Alzando su mano derecha, la inspectora hizo que los agentes se detuvieran delante de una puerta. El aula cuyo número coincidía con el número del papel que llevaba en su mano..

La docente sacaba un voluminoso libro de su bolso y se disponía a hablar cuando la puerta de la clase se abrió y tanto la inspectora como los policías entraron. La mujer alzaba al frente su placa colgada del cuello y con voz rasgada pedía calma a los alumnos, que se habían quedado paralizados por la sorpresa. Sin quitarle la vista de encima a la profesora, la instó a quedarse quieta, a permanecer en silencio y la reclamó como detenida. Por su parte la profesora, levantó el libro que acababa de sacar del bolso y alzándolo e ignorando a la inspectora se dirigió al alumnado.
—Tolstói escribió esto hace ciento cincuenta años y resume todo lo que somos. Todo lo que ha sido y es la humanidad.—expuso la mujer—Somos este axioma.
—¡Basta!—dijo la inspectora, visiblemente contrariada. Los dos agentes se acercaron a la joven y la esposaron con las manos a la espalda. El director del centro escolar llegaba corriendo por el pasillo al tiempo que se llevaban detenida a su profesora. Se secaba infructuosamente el sudor de la frente con un pañuelo de tela y se excusaba ante la inspectora por no haber podido aparecer antes. Varias puertas de clases adyacentes se abrían al paso de los agentes y la detenida, que caminaba erguida y con dignidad. Todos cuchicheaban preguntándose el motivo de aquella detención de la exótica y atractiva profesora de filosofía.

Sobre la mesa del aula 137 yacía una primera edición de un libro impreso en 1869. En la portada, de un profundo azul de Prusia se leía con estampación dorada “Guerra y paz”.

 

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